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sábado, 27 de agosto de 2011
Reportaje:24 HORAS EN... KALININGRADO

Una isla para Kant

La rusa Kaliningrado fue antes la alemana Königsberg en la que nació el filósofo. La ciudad recuerda su esplendor pasado en un submarino soviético y en su histórica industria del ámbar

Una visita a la ciudad de Kaliningrado tiene algo de proustiano: se la recorre en busca del tiempo perdido. Cuando esta urbe, otrora una de las más poderosas del centro de Europa, se llamaba todavía Königsberg (www.konigsberg.ru). Cuando era el lugar de residencia del gran maestre de la Orden Teutónica, que la fundó en el siglo XIII. Cuando era la capital opulenta donde se coronaban los reyes de Prusia: fue alemana durante siete siglos antes de pasar a manos soviéticas tras la II Guerra Mundial. ¿Qué queda del esplendor pasado en esta ciudad que, al llegar, empieza por decepcionar con su aspecto gris de pueblucho provinciano ruso (por no decir soviético)? Intentemos revivir los fastos de ayer en este sitio que hoy tiene una particularidad curiosa: es, con sus alrededores, el último gran enclave de Europa. A orillas del Báltico, 15.000 kilómetros cuadrados de tierra rusa cercada por territorios comunitarios (Polonia y Lituania). Una ciudad a la que se puede volar con una escala, desde Madrid o Barcelona, con la compañía letona low cost Air Baltic o con la polaca Lot. Se necesita para ello el visado ruso (www.centraldevisadosrusos.com).

10.00 Vuelta al pasado

Empecemos por un salto al pasado. Instalado en la Puerta de Friedland, uno de los sitios mejor conservados de la muralla que antaño protegía la ciudad, el Museo Municipal (1) es un buen lugar para retroceder en el tiempo: un montaje digital a base de fotos y viejas películas revive la Königsberg boyante y bulliciosa de hace un siglo, con sus comercios prósperos, el ir y venir de sus barcos y de sus primeros coches.

11.00 Homenaje al hijo ilustre

Ya es hora de rendir homenaje al más famoso de los hijos de la ciudad: Emmanuel Kant, que aquí nació, estudió y enseñó antes de convertirse en rector de la Universidad. Al ilustre filósofo alemán, la ciudad tiene dedicada en su centro una isla, pequeño remanso de paz sin tráfico, lleno de praderas y flores, entre dos brazos del río Pregolya. La isla de Kant está dominada por la imponente silueta de la catedral (2), del siglo XIV, hoy patrimonio mundial de la Unesco. Construida enteramente con ladrillos rojos, es tal vez -aunque haya sido totalmente rehabilitada en los años noventa- el reflejo más fiel del pasado germánico de la ciudad. En el interior, un museo reproduce pinturas antiguas que muestran una Königsberg con aspecto opulento de ciudad hanseática. Más que a Cristo, la catedral parece consagrada a Kant, con un amplio muestrario centrado en el filósofo: retratos, pequeñas estatuas, ediciones históricas de sus libros en múltiples idiomas, máscara mortuoria... Fuera del edificio, su tumba parece una romería laica y es costumbre que los recién casados vengan a depositar flores.

Desde la isla se puede también contemplar, a cada lado del río, dos construcciones que, con un siglo de distancia, simbolizan las dos etapas más dispares de la ciudad: de un lado, la antigua Bolsa - C, un elegante edificio renacentista de 1870, con sus 2.000 pilares de madera traída de Siberia. Y del otro lado, una enorme y horrorosa mole de cemento: construida sobre el sitio de un antiguo castillo, estaba destinada a convertirse en sede de los Sóviets. Empezada en 1970, fue abandonada tras 15 años de construcción por problemas de cimentación.

12.30 A bordo de un submarino

El pasado de la ciudad como centro portuario lo refleja el Museo del Mundo del Océano (4), concentrado en su mayor parte en cuatro embarcaciones ancladas en el puerto. Entre ellas, un submarino que ofrece la poco habitual oportunidad de pasear por sus claustrofóbicos pasillos, en medio del denso enredo de cables, manecillas, indicadores y brújulas que tapizan sus paredes. Incluso se puede observar la orilla desde su periscopio.

14.00 En territorio teutón

Tras esta escapada fluvial, el viajero merece un descanso nutritivo. Por ejemplo, en el restaurante Solnechny Kamen (5) (Vasilievskogo, 3), que tiene la doble ventaja de mantenernos en el ambiente marítimo, ya que está especializado en marisco, y de situarse justo al lado de nuestra próxima etapa. Aquí, lo visual se añade a lo gustativo: a la barroca decoración de inspiración teutona de su comedor principal se unen los atuendos de época de su personal.

15.00 La magia del ámbar

Desde la terraza del restaurante se puede contemplar la cercana torre Dohna (6), antiguo bastión de la muralla de la ciudad que alberga hoy el museo dedicado a lo que fue una de las grandes fuentes históricas de ingresos de Königsberg: el ámbar, el "oro alemán", como se llegó a llamar en la época germana de la ciudad (aunque con los rusos, Kaliningrado sigue siendo hoy un gran productor mundial). Recuerda la historia de la State Amber Manufactory, creada aquí en 1926 y que daba empleo a 2.650 trabajadores, con representaciones en París, Nueva York o Viena, donde sus joyas adornaban el cuello o el brazo de las más elegantes.

17.00 Presente de contrastes

Volvamos ahora al presente paseando por el siempre atestado centro neurálgico de la Kaliningrado de hoy: la céntrica plaza Pobedy (7), que parece resumir todos los contrastes de la ciudad. Aquí, una iglesia ortodoxa coexiste con un monumento soviético a los muertos de la II Guerra Mundial, un hotel de lujo con un centro comercial donde Zara se anuncia con un gran letrero. Tranvías y trolebuses vetustos ralentizan para dejar pasar los coches de lujo de los nuevos ricos rusos.

18.30 Los ricos de siempre

Bajar precisamente desde la plaza Pobedy por la Mira Prospekt, con una incursión en el adyacente parque Kalinin, el mayor espacio verde del centro, nos lleva a los barrios residenciales del oeste de la ciudad, en torno a la calle Kutuzova (8). Aquí parece que nada ha cambiado. Es la parte chic de Kaliningrado, con sus apacibles y arboladas avenidas bordeadas de amplios chalés de estilo modernista, donde abundan los Mercedes y los BMW. Más allá de las grandes convulsiones que ha vivido la ciudad, esta zona simboliza una peculiar continuidad: a los ricos alemanes les sucedieron los mandamases soviéticos, y después, los millonarios rusos.

De vuelta hacia el centro, el visitante podrá terminar su periplo con una cena en el Universal (9) (Prospekt Mira, 43), restaurante y cafetería donde se cita lo más granado de los jóvenes modernos de la ciudad. Por fin, al hotel: el Dona (10) (www.hoteldona.ru) y el nuevo Radisson (11) (www.radisson.ru/hotel-kaliningrad) son recomendables. Algo menos lujoso, pero muy bien situado, es el Moskva (12) (www.hotelmoskva.info), en un bonito edificio de 1930.

La iglesia de Cristo El Salvador, en la plaza Pobedy; un autobús de Kaliningrado y el museo sobre Emmanuel Kant ubicado en la catedral de la ciudad. / GAVIN HELLIER / MARTIN ROEMERS / AFP

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