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Bestiario estival

La fiebre del tiburón

Historias de los temidos escualos en Barcelona, desde el XIX hasta la actualidad

Hace unos años, en estas mismas páginas escribí una crónica sobre los avistamientos de tiburones frente a las costas de la Barceloneta. La reacción fue un correo encolerizado de un submarinista que, entre otras cosas, me llamaba alarmista y me hacía prácticamente responsable de la extinción de tan honorables escualos. Especulaciones aparte, hoy quisiera reincidir en el tema.

No crean que no entiendo el punto de vista de tan amable lector. El hermano mayor de mi abuela paterna era buzo del puerto de Barcelona y siempre contaba sus encuentros con las tintoreras -el tiburón azul-, cuando estas entraban en los muelles siguiendo el rastro de basura de algún barco. Entonces la prensa aún les llamaba hienas del océano, aunque eran unos peces muy poco conocidos por el público en general. A mediados del siglo XIX, cuando un buque pesquero realizaba una captura de estos grandes depredadores la noticia salía en los periódicos. Las mamás llevaban hasta la lonja -con ánimo pedagógico- a sus niños pequeños, que en una mezcla de miedo y curiosidad se acercaban con cautela a las fauces del monstruo.

Las mamás llevaban hasta la lonja a sus niños, que se acercaban con cautela al monstruo

La última exhibición de un ejemplar disecado tuvo lugar en 1926, en la plaza Real

Todo cambió con motivo de la Exposición Universal de 1888. En abril de ese año se anunciaba la llegada de un tiburón peregrino, que requeriría un vagón entero de mercancías para su transporte, y que sería instalado en un pabellón. Lo traía un avispado taxidermista de Elche -don Vicente Baños Román- que montó una exhibición de fauna marina entre cuyas piezas destacaba este gran escualo. Poco después, el empresario Pedro Milà llegaba a la ciudad con un enorme ejemplar disecado -capturado en Castellón-, de cuatro metros y medio de longitud, que fue instalado en una tienda del paseo de Colom. La entrada costaba 15 céntimos y fue un éxito total. Aunque sus 5 hileras de dientes y sus 45 arrobas de peso no dispersaron a los graciosos, que hicieron correr la voz de que se trataba de un muñeco de cartón. Tuvo que acudir la prensa y algunos zoólogos para certificar su autenticidad.

Ese mismo año comienza la sugestión por los tiburones. La prensa da noticia del paso de muchos de estos animales desde el Índico al Mediterráneo, con motivo de la apertura del canal de Suez. Según escribían las crónicas, en muchos puertos del Adriático ya resultaba peligroso bañarse. En 1890 se pescaba un pez enorme en Reus, de cuyo estómago sacaron una gran tortuga. Y un año después se pescaban en Garraf dos marrajos de dos metros de longitud. Aprovechando el tirón, en 1894 se exhibía un nuevo tiburón disecado en la Rambla de Catalunya, frente al teatro Eldorado. Este ejemplar medía seis metros y presentaba cuatro hileras de afilados dientes. Como sus anteriores homólogos, también concitó un gran interés en la ciudad y congregó largas colas de espectadores.

En 1897, muchas poblaciones del Maresme registraban un verano caliente, con tintoreras que asustaban a los pocos bañistas de la época. En Badalona abría la casa de baños El Tiburón. Y al siguiente año eran vendidos por 60 pesetas siete tiburones de distintos tamaños, pescados junto a la farola del Llobregat. Para entonces, estos peces se habían convertido en noticia habitual, sobre todo al conocerse detalles escabrosos sobre los marineros norteamericanos que habían perecido en la explosión del USS Maine, en La Habana. Se contaba que la inmensa mayoría de los cuerpos rescatados presentaban grandes desgarros producidos por mordeduras de escualos. Con este estallido comenzaba la famosa guerra de Cuba, cuyas desastrosas consecuencias harían olvidar aquella repentina fiebre por estas bestias.

Todavía en 1918 se estrenaría en el Salón Cataluña la primera película documental rodada bajo el agua -El ojo submarino-, donde se mostraba el trabajo de unos buzos rodeados de tiburones. La última exhibición de un ejemplar disecado tuvo lugar en 1926, en una famosa taxidermia de la plaza Real. Este había sido capturado a garrotazos por Sebastián Llopis, vecino de Castelldefels, tras resultar atacado en el borde mismo de la playa. Desde entonces, los únicos escualos famosos de Barcelona son los buenazos del Aquàrium, y el que dibujó en una pared el artista italiano Blu, en la calle del Santuari esquina con la Carretera del Carmel, aunque este gigante hecho de billetes de 100 euros no tiene la ferocidad que debían de tener aquellas fieras marinas para nuestros abuelos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de agosto de 2011