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domingo, 12 de junio de 2011
COLUMNA

Miguel Ángel en Gran Vía

No vamos a quitarle mérito a Miguel Ángel por haber pintado la Capilla Sixtina. Pero, para chulo, un madrileño de pro como Enrique Herreros. Hubo un tiempo en que él solito decoraba la Gran Vía.

Lo suyo también fueron los ángeles y los demonios de carne, curva, mirada incitante y dimensiones de dioses griegos. Aquellos que se escondían tras la pantalla en blanco y negro muchas veces y que él luego transfiguraba en tecnicolor al viento con carteles tamaño fachada para adornar los cines.

A este artista de la calle y las revistas se le debe mucho y se le recuerda poco. Javier Rioyo le ha dedicado un documental evocador de sueños, humo y vida alegre titulado Cuando Hollywood estaba en la Gran Vía, al tiempo que la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Alcalá de Henares han editado su Summa Cervantina (Edaf).

Porque este artista montañero, de los primeros en coronar el Naranjo de Bulnes en 1933, ha sido el único generoso talento que ha ilustrado tres veces el Quijote. Lo hizo con aires de TBO pero también iluminado por las sombras de Goya o impulsado por las huellas de Picasso en una memorable lectura cubista. Con igual mérito, profundidad y conocimiento que otros ejemplares históricos como el de Doré.

Herreros fue un tipo inclasificable. Por su astucia y su inquietud. Por su habilidad y su coraje. Abierto y enigmático, nadie pudo jamás encuadrarle dentro de los estrechos esquemas de una ideología precisa. Comprometido con la República se las apañó para buscarse los garbanzos en la España de la colmena franquista. Un rápido vistazo a su biografía da idea de que se trataba de un personaje insólito: pintor, escritor, actor, alpinista y promotor de artistas como Sara Montiel o Nati Mistral, su hijo siguió sus pasos hacia Hollywood, donde trabajó y urdió las estrategias necesarias para que el cine español lograra algún que otro oscar en los años ochenta.

Este seguidor acérrimo de Di Estefano -si algún carné lució a conciencia fue el del madridismo- perteneció a la generación enjaulada en la trampa de la historia. La que desarrolló su talento en la posguerra desde dentro regateando a la censura y alimentando de humor negro los sueños torcidos por el hambre y la impotencia de la gente común. Igual lo hacían desde las páginas de La Codorniz que inventando películas y obras de teatro en las que se mantenía una conexión con la vanguardia europea y americana. La estirpe a la que Herreros se unió llevaba en sus filas a Miguel Mihura, Edgar Neville, Gómez de la Serna, Rafael Azcona, Berlanga, Wenceslao Fernández Flórez...

Raro y excéntrico, vivaracho y locuaz, bebió de fuentes tan diversas como Buñuel, Dalí, Picasso, Toulouse-Lautrec, el expresionismo alemán y el Kamasutra. Pero influyó tanto en lo que vino después que es difícil entender a los grandes dibujantes del presente, desde Forges a El Roto o Máximo, sin su maestría.

Ilustró el glamour de las épocas más doradas del cine. Con sus legendarios carteles pobló de sueños palpables las aceras de Madrid al tiempo que esbozaba sus estampas eróticas japonesas y renovaba las pinturas negras y los caprichos de Goya con un aire insobornablemente moderno. Pero también daba cuenta de la miseria y el desamparo que rodeaban los barrios marginales, los pueblos de callejuela estrecha, vertedero, harapo y lumbre en plena madrugada.

Dominaba tanto los altares de la buena vida en el Madrid que atraía a Ava Gardner, a Hemingway y a Orson Welles como los territorios perdidos del oso y los lobos en Picos de Europa. Allí acudía a perderse y encontrarse. Entre sus montes lo mismo miraba de frente a un jabalí que trababa amistad con maquis como Juanín y Bedoya. Por el valle de Liébana, en Potes, ese lugar ajeno al tiempo pero anclado en el espacio común del paraíso, está enterrado.

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