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Reportaje:EN PORTADA

40 años dando mal rollo

Tras su estreno en 1971, La naranja mecánica se alzó como un icono pop y político pocas veces equiparado después. La edición aniversario restaurada que se edita ahora prueba que su influjo está más vivo que nunca. Su protagonista, Malcolm McDowell, nos cuenta por qué.

Un rostro desafiante mirando a cámara, unas pestañas postizas acentuando un solo ojo y un bombín negro. Ese es Malcolm McDowell y lo será siempre. Porque da igual que este año se cumpla el 40º aniversario de su ópera magna, La naranja mecánica; solo el genio de Stanley Kubrick supo encontrar en este actor británico ahora arrugado, aunque igual de arrogante, el talento maligno que marcó a todas las generaciones por venir. Kylie Minogue copió su estilo (para su Fever Tour de 2002), como antes o después lo han hecho David Bowie, Led Zeppelin, Bart Simpson, Blur, Usher, Lady Gaga o Madonna, por citar unos pocos iconos de la cultura pop. Y a McDowell lo dejaron seco a juzgar por una carrera con más tumbos y malos de cliché que trabajos de alcurnia.

"Sabía que hacíamos algo bueno, pero nunca imaginé que marcaría un hito"

Pero ¿cómo superar el peso de una obra maestra tan influyente? Las generaciones venideras se apropiaron del look transgresor del filme, pero domesticaron su contenido. A la hora de la verdad, solo la bravuco-

nería de McDowell y el ojo de Kubrick fueron capaces de hacer de La naranja mecánica ese clásico que el propio director retiró de cartelera en Inglaterra, su país de residencia, por miedo a las represalias por su excesiva violencia. Su protagonista ahora disfruta de su merecida vuelta al ruedo con su nueva edición restaurada que fue estrenada en Cannes, y llega también en Blu-ray para que sigamos ante el televisor con los párpados despegados. Cuatro décadas más tarde, el círculo se ha cerrado.

ep3. ¿Le gustan los cumpleaños?

Malcolm McDowell. A veces, pero este es de los gordos. ¡Cuarenta tacos! Espero seguir por aquí cuando lleguemos a los 50. A estas alturas, vivo la película como ese miembro de la familia al que solo ves en estas grandes celebraciones.

ep3. ¿Y qué siente al volverla a ver?

M. M. Algo muy diferente a lo que sentí durante el rodaje. Sabía que hacíamos algo bueno, pero nunca me imaginé que marcaría un hito. La novela de Anthony Burgess era genial, una obra maestra, pero Kubrick fue quien hizo de ella una película increíble. El libro era tan denso que se necesitaba una mente como la de Stan para diseccionarlo y contarte de qué va.

ep3. ¿Y de qué va La naranja mecánica?

M. M. Yo siempre la vi como una comedia negra, tan maravillosa como hilarante. Pero cuando se estrenó, me sorprendió y me tocó las narices que nadie le pillara la sátira. Solo ahora el público es capaz de reírse con la cinta. Hicimos algo revolucionario que ha sido copiado hasta el infinito. Desde David Bowie hasta Madonna, no falta quien se ponga el bombín y la cojonera y emule sus imágenes.

ep3. ¿No cree que en esos homenajes nos venden una versión domesticada?

M. M. Las cosas son como son. Si nos copian toda la imaginería futurista de la película glorificando estas imágenes y vaciándolas de su contenido, qué le vamos a hacer. El mensaje está ahí. La naranja mecánica es un filme controvertido políticamente hablando y adelantado para su época. Todo lo que dice sobre las pandillas, las drogas y la violencia se ha hecho realidad. En la película, en cuanto llega la noche, todos están metidos en sus casas viendo la televisión. Sal una noche cualquiera en EE UU a la hora de American idol y dime qué ves. ¡No hay ni un alma en las calles!

ep3. ¿Cuánto de este mensaje estaba en la mente de Kubrick y cuánto en esa década prodigiosa que fueron los setenta?

M. M. Supuestamente, la idea del tratamiento Ludovico nace de los experimentos en las prisiones californianas en los cincuenta y los sesenta. Claro que en Inglaterra siempre que veíamos algo raro decíamos que venía de California [risas].

ep3. Pero Kubrick, ¿cómo era?

M. M. En otras cosas era muy meticuloso, pero no era un director demasiado bueno dando explicaciones. Si le preguntaba algo, decía: "Malcolm, ¡yo no soy la escuela de arte dramático!", a lo que yo le respondía guión en mano: "¿Ves lo que pone aquí? 'Director, S. Kubrick".

ep3. En el Blu-ray se explaya recordando las rarezas de Kubrick.

M. M. Y eso que rodó La naranja mecánica antes de caer en la locura del número inacabable de tomas. Fue en Barry Lyndon cuando perdió el tornillo. Uno de los electricistas me dijo que Stanley estaba intentando matarme. Y creo que iba en serio. Stanley pensaba que los actores estaban ahí para trabajar y no para quejarse.

ep3. Y después de La naranja mecánica vino... ¿la nada?

M. M. No habría podido interpretar este papel en otro momento de mi vida, pero superé rápido las trampas que acompañaron a su éxito. A Stanley nunca le interesó el ser humano. Era brillante en sus sátiras y un genio de la innovación. Pero como persona, en mi inocencia de primerizo, pensé que mantendría con él una relación como la que me unió para siempre con el director Lindsay Anderson. No fue así. Acabada La naranja mecánica, no sé si llegó a media docena el número de veces que nos volvimos a ver.

El libro que a nadie gustó

El origen de la película es una polémica novela firmada por el autor británico Anthony Burgess.

EL AUTOR. John Anthony Burgess Wilson nació en 1917 cerca de Manchester. Publicó su primera novela, Time for a tiger, con 39 años. En 1960, cuando era profesor del British Colonial Service en Malasia, le diagnosticaron de forma errónea un tumor cerebral y los médicos le dieron un año de vida. Es entonces cuando empieza a escribir profesionalmente. Acuciado por la pronosticada falta de tiempo, escribe ocho novelas en dos años, un ritmo que ya no abandonaría hasta su muerte en 1993 de cáncer de pulmón. A clockwork orange se edita en 1962.

ULTRAVIOLENCIA

En algunas biografías se dice que la violenta banda de Alex y sus Drugos fue inspirada por la violación que sufrió su primera mujer durante un bombardeo nazi en la Segunda Guerra Mundial a manos de cuatro soldados estadounidenses acantonados en Londres. En su autobiografía remite a la impresión que le causaron las primeras bandas de teddy boys, rockers británicos vestidos con trajes que él describe como eduardianos, y a las peleas de estos con los mods en 1960. "Esos jóvenes parecían amar la violencia en sí misma", escribe tras presenciar una trifulca.

NADSAT. Decide ambientar el libro en un futuro cercano, alrededor de 1970. El narrador es Alex, un joven gamberro que debe hablar su propio argot. Durante unas vacaciones en un crucero ruso, descubre que las palabras en ese idioma encajan mejor con las construcciones inglesas que las francesas o alemanas, y así surge el nadsat (sufijo ruso para adolescente), la jerga de Alex. El nadsat lo componen alrededor de 200 términos cuya traducción se incluye en un glosario al final de la novela. Algo a lo que se negó, pero que asegura que fue una imposición del editor.

LA PELÍCULAA Burgess le preocupaba que la visión de su libro por Kubrick fuera fallida como, a su parecer, lo había sido la de Lolita, de Nabokov. En 1971 acude a un pase privado en Londres con su segunda mujer y su agente. Tras 10 minutos de proyección, tiene que convencerlas para que no se vayan, asustadas por la violencia. Pero la sorpresa llega al ver que el final de la película corresponde a la versión estadounidense del libro, a la que se le había suprimido un capítulo contra la voluntad del autor, lo que cambiaba el mensaje por completo. Supuso que le causaría problemas. Así fue.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 27 de mayo de 2011

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