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sábado, 14 de mayo de 2011
Reportaje:EN PORTADA | ENTREVISTA

Las esquirlas del miedo

Juan Gabriel Vásquez creció con el narcoterrorismo en Colombia. Ha tenido que pasar muchos años viviendo fuera de su país para atreverse como narrador a hurgar en esa herida. Su novela El ruido de las cosas al caer obtuvo el Premio Alfaguara.

El olor parco del té verde usurpa esta mañana el aroma del café colombiano en casa de Juan Gabriel Vásquez, por culpa de la cafetera estropeada. En cualquier caso, a ese reinado foráneo le quedan hoy unos 70 minutos, porque unas nubes grises se avecinan sobre Barcelona. Un preámbulo profético para un escritor que hablará sobre imposturas, sobre el espejismo del control de nuestras vidas y sobre las esquirlas de la onda expansiva del miedo. En este caso de la generación de los años ochenta en Colombia, la del propio Vásquez, que vio germinar y crecer el narcotráfico y padecer el estallido de su florescencia convertida en narcoterrorismo.

Todo eso anida en El ruido de las cosas al caer, la tercera novela de este abogado reconvertido en escritor, traductor y columnista bogotano nacido en 1973. Un libro con el cual Vásquez ha obtenido el Premio Alfaguara que confirma una trayectoria en la que cada una de sus obras ha gozado del aplauso de la crítica: los cuentos de Los amantes de Todos los Santos, las novelas Los informantes e Historia secreta de Costaguana; la biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte, y el ensayo literario El arte de la distorsión. ¡Ah! y de su primer premio con ocho años, el cuento Jugando con papel, "como el verso de Stevenson que tanto le gusta a Marías", sobre un perro que se va a Londres. Quince años después, ya con 23, él mismo vendría a vivir a Europa, y su país se convertiría en su obsesión. Tanto que en este libro el protagonista, Antonio Yammara, "es un trasunto de Colombia como Artemio Cruz lo es de México".

"Nunca como hoy nos hemos sentido los seres humanos tan vulnerables y sujetos a los azares de la violencia gratuita"

Bajo una luz cálida que cae del techo, Vásquez entra al salón de su casa escoltando a regañadientes la taza de té verde. Sonríe con su cara de profesor enrollado y aspecto atlético que hoy viste una camisa color aguacero, jeans azules y zapatillas negras. Deja la taza sobre la mesa de centro y se sienta en la punta del sofá gris en forma de ele que va hasta la biblioteca.

Nada eclipsa su voz serena y redonda que empieza buscando la respuesta a la aparente vocación fratricida de sus compatriotas. "Las novelas son la única manera que he encontrado de responder a esa pregunta que yo también me formulo de la única manera que sé hacerla. Explorando en los destinos de los personajes y siguiendo esa especie de ética del novelista que inventó Cervantes que es la neutralidad. Mis novelas nunca han sido capaces de juzgar, de dividir la realidad colombiana entre víctimas y victimarios, eso no puede existir en las ficciones. Lo que sucede es que la historia colombiana es una historia marcada por la violencia".

Una especie de sino abordado en la literatura y que el escritor colombiano R. H. Moreno Durán describió así: "Sin la muerte Colombia no daría señales de vida. Una frase fuerte pero que se refleja en la literatura porque desde su primera novela, El carnero, en 1638, no hay obra importante que no gire en torno a la muerte". Una afirmación que Vásquez amplía: "La literatura, la novela en particular, siempre ha respondido a los lugares oscuros de nuestra experiencia. La novela es una respuesta a las preguntas que la vida nos tira a la cara. Es nuestro intento por comprender lo que sucede. Las mejores novelas del siglo XIX exploran momentos de tensión y de violencia muy marcados. Todo el modernismo responde a esa especie de desorientación general de Europa y Estados Unidos después de la I Guerra Mundial, que obliga a Occidente a un examen profundo de lo que somos. Echa por tierra todas las certidumbres que tenía Occidente y es de ahí que salen Ulises, En busca del tiempo perdido, El hombre sin atributos. Colombia no es distinta en ese sentido. Nuestra violencia endémica y multiforme, que se las arregla para reinventarse, sigue siendo incomprensiva. En esa medida los autores siguen explorándola porque las novelas son aparatos para hacer preguntas sofisticadas y para tratar de adivinar lo que no entendemos".

Y calla como si meditara lo que acaba de decir... Mira la taza de té con su vapor debilitándose y toma un sorbo que acto seguido le trae esto a la boca: "La gran sorpresa con esta novela fue encontrar que ya podía hablar de esos temas. A mí me costó mucho trabajo llegar a escribir sobre Colombia. Sentía que no entendía al país, que me había alejado demasiado y había perdido la autoridad para escribir sobre él puesto que me resultaba un lugar lleno de zonas oscuras y difícil de entender. Tuve que pasar muchos años viviendo fuera, llegar a España y conocer ciertos libros y tal vez, incluso, madurar un poco para entender que precisamente esa ignorancia, ese desconocimiento, era la mejor razón para escribir sobre Colombia. Pero el tema del narcotráfico siempre se me resistió. Estos días entendí que mi resistencia durante los primeros libros que escribí sobre mi país se debía a que había salido en 1996 de una Bogotá que era hostil y sentía amenazante. Incluso el padre de un amigo murió en el avión de Avianca que hizo estallar Pablo Escobar en 1989, y hay dos grados de separación entre un muerto por la bomba de un centro comercial y yo. Haber crecido en esa ciudad me bloqueó esos temas. Pero hace dos años, cuando mataron a ese hipopótamo que estaba en el zoológico de Escobar de la hacienda Nápoles, y con el cual abro la novela, pasó algo que me sirvió para cerrar, por fin, mis tiempos adolescentes en Bogotá con una vida acostumbrada al miedo, a los toques de queda y asesinatos de políticos. Mi generación está marcada por la impotencia. En mi novela hay una lectura metafórica sobre el destino de Colombia a través del protagonista".

Ante la evocación de aquel sinvivir aprieta los labios. Y apoya los codos sobre sus rodillas mientras sus manos siguen estas palabras que lo autorretratan y dan con el origen de su novela. "Llevaba un año trabajando en ella sin saber muy bien qué era lo que estaba contando. Yo no planeo mis novelas hasta el último episodio, sino que parto de una imagen que generalmente es biográfica, una idea que me obsesiona... Yo estaba estudiando Derecho en Bogotá y al final de la carrera sentía hartazgo y hastío por las clases y me escapaba a oír poseía en la Casa de Poesía Silva. Durante una de esas escapadas un hombre, delante de mí en otro sofá, comenzó a llorar de una manera que nunca he visto llorar a un adulto. Esa fue la escena con la que empecé a escribir el libro. Y si aceptamos que toda novela empieza con una pregunta, la mía era: ¿qué estaba escuchando ese hombre? Yo venía un año persiguiendo estas preguntas, tratando de construir un aparato narrativo a su alrededor cuando supe la noticia de que habían matado al hipopótamo; eso soltó una cantidad de imágenes y memorias y sensaciones reprimidas. No solo se me aclaró que la novela era sobre el miedo, sino también sobre uno de los grandes temas del libro: la pérdida de control, la ficción de que tenemos dominio sobre nuestras vidas, y que desaparece cuando creces en un lugar así".

Sin dejar de hablar, y en un segundo, quita sus codos de las rodillas, se endereza y recoge su pierna derecha para sentarse sobre ella y reflexionar sobre cómo la vida es un duelo eterno entre lo que queremos hacer y la manera en que ella es la que va cincelando cada destino. Por eso, junto al azar, son temas latentes en su narrativa. "Es una de mis obsesiones, nuestra lucha como individuos contra los grandes mecanismos sociales. Eso pasa en este libro. Es uno de los puntos donde la novela tiene algo que decirle a la cultura occidental, y en eso está reflejado el momento en el cual fue escrita. Nunca como hoy nos hemos sentido los seres humanos tan vulnerables y sujetos a los azares de la violencia gratuita, del mal ajeno, y eso se debe, en parte, a que vivimos una época de terrorismo globalizado. Justo hoy han matado a Osama Bin Laden, paradigma de la maldad y el miedo global. Lo que define al mundo pos-11 de septiembre de 2001 es esa especie de noción de que nuestra vida no depende de nosotros, de que estamos sujetos al mal ajeno. Es uno de los sentimientos que baña la novela. Un libro escrito después de aquellos atentados, aunque la acción termine en 1999. Ninguna de mis novelas puede evitar haber sido escrita en la coyuntura histórica posterior al 11-S. Tal vez lo que hizo que este libro estallara, porque yo había estado flirteando con esta historia, fue la conciencia de la relación que había entre este mundo actual y esa Bogotá en la que crecí; o, más bien, cómo esa Bogotá era una especie de modelo a escala de lo que sucede hoy a nivel global".

Vásquez libera la pierna derecha sobre la que está sentado, abraza la taza con sus dos manos y da claves. "Una de las revelaciones mientras escribía fue entender que nuestra generación nació con el negocio del narcotráfico. Cuando Richard Nixon declara la guerra contra las drogas es el año 1971, pero en 1970 empiezan a salir los primeros aviones con marihuana, porque en 1969 Nixon ha cerrado la frontera con México y los consumidores buscan otros productores. Yo soy de 1973, el año en el que se funda la DEA. Pertenezco a una generación en que determinados errores políticos y morales crean de la nada una mafia poderosísima donde antes no había más que un problema de salud pública si se quiere; y llegamos a la mayoría de edad cuando la guerra entre los carteles y el Estado está en su apogeo. Darme cuenta de eso fue fascinante y supe que esa tenía que ser una de las preguntas del libro: ¿cómo marcó a una generación ser contemporáneo de ese negocio?, y aún más interesante, ¿cómo lo hizo con quienes no tenían nada que ver, pero coincidieron en el mismo espacio geográfico con el negocio?".

Tiempo de miedos agazapados y desventuras tratadas en novelas colombianas como La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo; Rosario tijeras, de Jorge Franco, y El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Como estas, El ruido de las cosas al caer no es una novela histórica, es una novela basada en la historia. Una ficción leída como verdad. Esa es la geografía creativa de Vásquez, que aclara sus coordenadas: si Historia secreta de Costaguana es una puesta en escena en el pasado, sus otras dos novelas, Los informantes y la nueva, son sobre el pasado, "lo cual no es necesariamente lo mismo, y que se recuerdan desde nuestro tiempo. En ellas hay memoria, recordar es un verbo importante. Recordar es un acto moral, y en eso son novelas morales".

Al reacomodarse en el sofá deja a la vista el cuadro que está detrás de él, a lo lejos en el comedor; parece un Hopper con una escena y un ambiente esenciales en el libro. Vásquez dice ahora que "al contrario de lo que pasa cuando escribes novelas, que entras a un terreno de ambigüedad donde las certidumbres son peligrosas y donde por oficio tienes que liberarte de la certidumbre, yo como ciudadano y como ciudadano que soy de columnas de opinión en El Espectador, de Colombia, he tocado el tema de la legalización de la droga y sigo siendo un defensor radical de ella; entre otras cosas por conocimiento de cómo surgió el negocio y porque es un asunto privado, en el cual no tiene derecho a meterse el Estado, porque la libertad individual hay que respetarla. Está claro que cuando Nixon declara la guerra contra las drogas, cambia nuestro mundo, y un problema de salud pública con puntos focalizados se convierte por obra y arte de esa decisión en una gran industria de corrupción y violencia".

Eso contribuyó a que él saliera de su país en 1996. "La razón principal es que me había convencido, de manera más bien absurda e indemostrable, de que necesitaba irme para ser el tipo de escritor que quería ser. Claro, también colaboró un cierto hastío con una ciudad que apenas estaba saliendo de una década larga de mucha violencia. Lo de la Sorbona, donde estudié Literatura Latinoamericana, era un pretexto para estar en contacto con una manera nueva de ver el mundo y con una tradición, la de los novelistas expatriados que yo admiraba, para los cuales París había sido importante: Joyce, Hemingway, Fitzgerald, Cortázar, Vargas Llosa. Luego me fui a vivir con unos amigos un año largo a Las Ardenas, en Bélgica".

Y en 1999 llegó a Barcelona. Allí sigue. Desde entonces ha conocido nuevos miedos. Ha visto crecer a sus hijas, "y eso viene aparejado con uno de los grandes temas de la novela: el afán por proteger a la gente que quieres y esa suerte de resignación de que no puedes protegerla de todo".

Una fugaz luz veraniega irrumpe por la puerta ventana que da a la terraza interior. ¿Y si el miedo es la característica de su generación, cuál es la de Colombia en 200 años de independencia? Piensa, y sus palabras comienzan a merodear la respuesta: "Mi país está construido sobre la desconfianza. Ahora entiendo por qué a veces me preguntan el motivo de que en mis historias lo más importante es una traición...". Y tras un rosario de ejemplos llega al: "Por eso fueron tan graves los ocho años de uribismo. Su Gobierno es en muchos sentidos la encarnación clara de la utilización de la desconfianza como mecanismo de poder. Destruyó los vestigios de solidaridad, de confianza, que quedaban en el tejido social colombiano. Espero que le pase factura".Las nubes devuelven el protagonismo a la lámpara del techo envuelta en una enredadera plateada. Esta es una novela esparcida de referencias literarias colombianas, proféticas algunas, que dan impulso a la historia. Aunque falta La vorágine, de José Eustasio Rivera, cuyo comienzo se saben casi todos los colombianos: "Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia". Una frase, reconoce Vásquez, que "podría servir de epígrafe para mi novela. Es un libro que, además, ayuda a comprender que esto no es la primera vez que sucede".

El olor a lluvia llega como la niebla y destierra el olor del té cuando Vásquez ya ha empezado a descifrar su mundo más literario. "Soy un novelista tradicional que no desprecia ninguno de los hallazgos de la mejor novela contemporánea, y tradicional en el sentido de la construcción de las historias y que quiero agarrar al lector del cuello y decirle: '¡Usted no puede soltar este libro porque en la página siguiente va a pasar algo!". ¿Y el boom? "Recuperó los ámbitos de la realidad política, social e histórica de nuestros lugares. Supo contarlos con las herramientas del modernismo literario, de la mejor novela moderna de la primera mitad del siglo XX. Historias clásicas contadas a través de las herramientas que nos dejaron Joyce, Faulkner y Woolf, y eso es parte del legado que yo como novelista latinoamericano recibí".

Una herencia universal con la que tiene deudas concretas. "En la cima de la pirámide está Conrad, de eso me doy cuenta con los años. Vargas Llosa ha formado mi idea de la vocación, o más bien le dio forma a lo que yo ya sentía. Borges me ha acompañado siempre. En los libros puntuales, sé que mis cuentos de Los amantes de Todos los Santos están marcados por Chéjov; Dublineses de Joyce, por Cheever y Carver. Los informantes, por Philip Roth, uno de los autores a quienes más debo (sin novelas como Pastoral americana o La mancha humana yo probablemente no habría llegado nunca a escribir sobre Colombia). Pero también Javier Marías. Historia secreta de Costaguana se benefició muchísimo de Orhan Pamuk y de Salman Rushdie, y hay páginas que no hubiera podido escribir sin echar una mirada de vez en cuando a Terra Nostra, de Carlos Fuentes. En El ruido de las cosas al caer hay dos libros que para mí fueron lo que es el catecismo para los creyentes: El gran Gatsby, de Fitzgerald, y La vida breve, de Onetti".

Un periplo personal y literario que le ha permitido a Juan Gabriel Vásquez no tener miedo de perder la riqueza de la lengua materna o polinizarla después de 15 años de vivir fuera de su país. Su español, asegura, admite influencias anglosajonas, francesas y del español ibérico. "Y sin problemas, por una razón: como han probado muchos, la lengua literaria se comporta frente a la lengua hablada como una lengua extranjera. Es una fabricación, es artificiosa, y el novelista la construye con todo lo que tenga a mano". Ha amainado. Vásquez se levanta y abre la puerta de la terraza por donde entra el aire como un alegre oleaje. De cerca el Hopper no es Hopper, es un Saturnino Ramírez, un colombiano especializado en el mundo del billar. Un escenario donde el azar lleva a que se encuentren Antonio, joven profesor de Derecho, y Ricardo, un piloto y expresidiario de 48 años, para que El ruido de las cosas al caer pueda tornarse en un bucle de memoria y recuerdos que escarban en las raíces del mal y su onda expansiva en la penúltima Colombia.

"Mi generación está marcada por la impotencia. En mi novela hay una lectura metafórica sobre el destino de Colombia a través del protagonista", afirma Vásquez. / CATERINA BARJAU

"Una de las revelaciones mientras escribía fue entender que nuestra generación nació con el negocio del narcotráfico", afirma Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973). / CATERINA BARJAU

El ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla fue asesinado por sicarios de Pablo Escobar el 30 de abril de 1984. / 'EL ESPECTADOR'

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