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Reportaje:diseño

Clase elemental de arquitectura

El diseño de algunas escuelas sirve de primera lección a los niños

Cada vez son más los colegios y las escuelas dispuestos a comenzar las clases desde la propia arquitectura. Con precedentes en los comedores del estudio La Panadería para la Junta de Andalucía o en el Parvulario de Picado y De Blas en Arganda, Ángela García de Paredes e Ignacio García Pedrosa acordaron que lo que decidiría la forma de su nueva escuela era una lección: mantener las seis moreras que existían en el parque de Ausias March de Gandia (Valencia). Esa sería la primera enseñanza de la singular Universidad Popular Infantil ideada por el Ayuntamiento gandiense en la ribera sur del río Serpis.

Así, para salvar y utilizar la sombra de los árboles, Paredes y Pedrosa optaron por levantar un edificio perímetro, un inmueble que encierra con su arquitectura un parterre para los juegos de los niños. El colegio que han diseñado los proyectistas madrileños no es un centro al uso. El Ayuntamiento les había encargado un local experimental en el que alumnos entre 1 y 12 años pudiesen ampliar conocimientos artísticos alejados del marco cotidiano de sus propias escuelas. Así, el centro debía ser un lugar protector y protegido y, a la vez, una ventana abierta a actividades para fomentar el aprendizaje. Los arquitectos desgajaron el programa en talleres segmentando la única planta en diversos cuerpos de aulas independientes y acristaladas. Cada taller de pintura o lectura es autónomo, y todos tienen vistas al patio de las moreras. Al final son estos árboles los que organizan la vida en esta pequeña escuela. La arquitectura gira en torno a sus troncos. Bajo una morera hay un arenero para que los más pequeños puedan jugar a la sombra. Y el bordillo de ese arenal también funciona como grada para que bajo las ramas se puedan contar cuentos.

El de la Universidad Popular Infantil es un inmueble sobrio y continuo

El edificio, levantado en apenas un año, es como un cofre de hormigón: se oculta por fuera y sorprende por dentro con un interior hueco que es el patio. Desde la calle, el inmueble es poco más que una gran empalizada ideada para evitar tener que usar vallas y cerramientos. De ese modo, se percibe como un inmueble introspectivo, sobrio y continuo. Y la sorpresa se encuentra al atravesar el umbral. La gran cubierta quebrada e inclinada está forrada de piezas de cerámica en tonos blancos, realizada por los artesanos de la empresa Cumellas. Y es esa cubierta la que define el espacio interior, volcado hacia el patio lobulado en el que los porches y la arena conviven con las vistas abiertas sobre las aulas de trabajo. La cerámica blanca es el único material de revestimiento. En el interior, el suelo es de linóleo y los techos están cubiertos con una pintura especial para absorber el jaleo de los juegos infantiles.

Más allá de las moreras, la economía de ejecución y su fácil mantenimiento son dos lecciones más de la nueva escuela. La puerta de acceso conduce hasta el patio, desde donde, sin necesidad de interrumpir las clases, uno puede observar a los niños o tener una amplia panorámica del palacio de los Borgia y de cuanto sucede más allá del río.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de abril de 2011