Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:TREINTA ANIVERSARIO DEL 23-F

¿Qué hiciste aquel día?

Consulta el especial del 23-F de EL PAÍS | Descárgate y guarda las siete ediciones especiales que EL PAÍS publicó el 23-F. JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO TENÍA 20 AÑOS Y ESTUDIABA AQUELLA TARDE PARA UN EXAMEN PARCIAL. MARIANO RAJOY SE ENTERÓ DEL GOLPE DE ESTADO POR LA RADIO, EN PONTEVEDRA, MIENTRAS SE CORTABA EL PELO. LA MINISTRA CHACÓN ERA UNA NIÑA DE 9 AÑOS Y RECUERDA A SU MADRE, TEMEROSA, ESCUCHANDO EL TRANSISTOR. REPRESENTANTES POLÍTICOS, MILITARES Y JUECES RECUERDAN SU PARTICULAR 23-F.

"Pasé la noche pegado a la radio, era una pesadilla"

Por JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO. Presidente del Gobierno

Recuerdo el 23 de febrero de 1981 con mucha claridad: yo tenía 20 años y aquella tarde estaba en casa de mis padres en León estudiando para un examen parcial de Hacienda Pública y escuchaba de fondo la radio, porque emitían en directo el debate de investidura. Así que pude oír en directo, en medio de la votación, los disparos y los primeros momentos de confusión. Rápidamente me fui al despacho de mi padre para comentárselo, pero desde los primeros momentos tuve claro que nuestro país estaba haciendo frente a un golpe de Estado, a una situación extremadamente grave.

A partir de ahí fue una tarde larga y complicada, sobre todo por la falta de noticias fiables en torno a la situación; todo eran rumores. Recuerdo que mi padre se puso en contacto con amigos suyos, abogados y políticos, y en todos había la misma gran inquietud. Pasamos la tarde en casa, intentando averiguar qué estaba sucediendo; tengo todavía nítida en mi memoria la imagen de mi hermano, mi padre y yo intentando saber con todos los medios a nuestro alcance qué estaba sucediendo. No dormí en toda la noche, pegado, como tantos españoles, a la radio.

Evidentemente, lo viví con desasosiego y con inquietud, no tanto por lo que podía sucedernos personalmente, aunque mi familia siempre había manifestado abiertamente sus simpatías progresistas, sino, sobre todo, por lo que este golpe de Estado podía significar para nuestro país. Era como una pesadilla que repetía los peores momentos de nuestra historia. Pero además sentía una enorme indignación personal porque pensaba que estaban intentando hacer a nuestra generación lo que ya habían conseguido hacer a muchas generaciones de españoles: truncar nuestras esperanzas de desarrollo personal y colectivo, impedirnos vivir una vida plena de libertad; llenar de nubarrones un horizonte prometedor.

Rápidamente empezamos a hacer cosas concretas para luchar por la Democracia, para manifestar nuestra repulsa por lo que había sucedido, porque entendimos que había que demostrar rápidamente en las calles y en todos los ámbitos el apoyo de la gente a la Constitución. Así que en cuanto empezó el nuevo día nos movilizamos, pude hablar por teléfono con algunos amigos de clase con inquietudes políticas, jóvenes que entonces también compartían militancia, y organizamos un acto en el hall de la Facultad de Derecho bajo un cartel en el que se podía leer: "¡Viva la Constitución! En defensa de la Democracia".

Se sucedieron entonces numerosos actos de afirmación democrática y apoyo a las libertades, que significaron mucho para nosotros porque confirmaron que la gente no tenía miedo. Recuerdo que se produjo algún pequeño incidente porque algunos grupos, muy minoritarios, nos increparon, pero el ambiente general en las calles, en los centros públicos, en las facultades, era de solidaridad con nuestro incipiente sistema democrático que, no lo olvidemos, todavía era muy joven.

Después de pasar ese día participando en la organización de actos de defensa de la Democracia, el 27 de febrero fui a la gran manifestación celebrada en medio de un emocionante clima de solidaridad, de respeto y de convicción democrática y, también, por qué no decirlo, de alegría colectiva. Creo que entre los miles de ciudadanos que estuvimos en la manifestación se vivió un ambiente difícilmente repetible, que luego pudimos comprobar que se había extendido por todo el país. El pueblo español salía a la calle para manifestarse públicamente en defensa de su Constitución: queríamos escribir nuestra propia historia y que nadie la escribiera por nosotros.

Treinta años después, creo que para los que entonces éramos jóvenes y empezábamos a descubrir la realidad de este país, su política y su historia, ese 23-F supuso el convencimiento de que, por encima de todas las resistencias y las dificultades, la lengua materna de nuestra generación y de las siguientes era ya, irreversiblemente, la de la Democracia.

"Me pilló recién acabada la 'mili' en Valencia"

Por MARIANO RAJOY. Presidente del Partido Popular

El 23-F me pilló en Pontevedra y no en Valencia por una cuestión de semanas. Acababa de terminar la mili, que pasé destinado precisamente en la Capitanía General de Valencia. De milagro no me convertí en testigo directo del estado de excepción dictado por Milans.

La noticia la conocí en el momento en que se produjo, por la radio, mientras me estaba cortando el pelo. Aquella no era una sesión parlamentaria más y los medios la estaban retransmitiendo en directo. Salí de la peluquería y me fui a casa; a partir de ese momento ya me quedé enganchado a la radio durante toda la jornada, seguí también en directo el mensaje del Rey y todo lo que sucedió en las inmediaciones del Congreso de los Diputados.

Mi primera impresión fue una mezcla de sorpresa, confusión y profunda incredulidad: no me podía creer lo que estaba pasando. Luego vino el temor a regresar a una época de atraso brutal e incluso un cierto bochorno por aquellas imágenes de España que estaban viendo en todo el mundo.

Pasado el primer impacto de la noticia, vi claro que aquello no podía triunfar. Como tantos otros millones de españoles salí a manifestar mi apoyo a la democracia después de la intentona. Unos cuantos meses después, a finales de aquel mismo año, comencé a dedicarme en serio a la política.

Una vuelta por detrás del Congreso

Por ESPERANZA AGUIRRE. Presidenta de la Comunidad de Madrid

El 23 de febrero de 1981 yo llevaba ya cinco años como funcionaria del Ministerio de Comercio y Turismo (había ingresado en el

Cuerpo de Técnicos de Información y Turismo en enero de 1976) y era jefa del Servicio de Publicidad de la Secretaría de Estado de Turismo, que tenía las oficinas en el edificio de Alcalá, 44. Y allí estaba cuando se produjo el asalto al Congreso.

Recuerdo que, al oír la noticia, me fui con tres compañeros y amigos del Cuerpo, Ignacio Vasallo, Amado Giménez y Paloma Notario, a dar una vuelta por la parte de atrás del Congreso de los Diputados, que está muy cerca. Allí vimos que había un cordón de la policía y decidimos irnos al Círculo de Bellas Artes para, desde allí, seguir las informaciones. Estuvimos entre el círculo y la oficina hasta que nos enteramos de que el Rey había grabado un mensaje y, pasadas las diez, nos fuimos a nuestras casas a escucharlo.

Todos los de mi familia, además, seguíamos lo que estaba pasando con un interés añadido porque mi tío Ignacio Aguirre, que era Secretario de Estado de Turismo, fue uno de los que formaron parte de la llamada Comisión de Subsecretarios, que actuó, de facto, como Consejo de Ministros, ya que los ministros estaban secuestrados en el Congreso.

El día en que mamá se puso al mando

Por CARME CHACÓN. Ministra de Defensa

Aún no había cumplido 10 años, pero conservo nítidos algunos recuerdos. Llegué del colegio con mi hermana pequeña y encontré a mi madre pegada a la radio, temerosa. Mi padre trabajaba en Almería y emprendió rápido trayecto hacia Barcelona para reunirse con nosotras; llamó más tarde diciendo que no podía cruzar Valencia. Ahí supe de los tanques en la calle. Y que lo que tuviera que ser, sería sin mi padre. Mi madre se puso al mando y nos organizó a mi hermana y a mí para empaquetar libros y documentos que intuí comprometedores, peligrosos para los tiempos que se avecinaban. La llegada de mi avi [abuelo] aclaró las cosas: sucediera lo que sucediera, no nos moveríamos de Barcelona. No pensaba volver a refugiarse en Francia; él se haría cargo de nosotras. También nos aseguró que no ocurriría nada grave. Nos infundió una seguridad que entonces me convenció a medias y que ahora recuerdo forzada, fingida. La aparición del Rey en televisión es el último recuerdo y está asociado a una explosión de alegría.

Hoy, 30 años después, nuestras Fuerzas Armadas son la institución más valorada por los españoles. Es en ese magnífico recorrido democrático donde yo las he conocido: primero en Bosnia, en 1996, y después en mis once años como parlamentaria. Hoy tengo el privilegio de dirigir el Ministerio de Defensa.

"Estuvimos muy cerca del desastre"

Por JULIO RODRÍGUEZ. Jefe del Estado Mayor de la Defensa

Qué noche la de aquel día!

Ese día estaba de servicio en la base aérea de Manises. Era capitán y, como piloto de Mirage III, estaba prestando servicio de alerta en el barracón de alarma donde siempre estábamos preparados para salir al aire en menos de 15 minutos, como parte integrante del Sistema de Defensa Aérea.

Mi primera reacción, cuando me comunicó el suboficial de servicio lo que ocurría en el Congreso de los Diputados, fue de sorpresa. Al conectar la radio (local) y escuchar solamente música militar y el bando de Milans del Bosch, que era emitido cada media hora, vi claro que todo apuntaba hacia un golpe de Estado de libro. Después, cuando fuimos capaces de sintonizar radios de Madrid y extranjeras, donde se decía que la situación en el resto de España no era la de Valencia, nos tranquilizamos un poco.

Oír esa información y el anuncio en TVE (por parte de Iñaki Gabilondo, Rosa María Mateo, etcétera) de que el Rey iba a emitir un mensaje ayudó a relajar el ambiente.

Mis sentimientos iniciales fueron de mucha preocupación. La situación en la ciudad de Valencia era tensa, las cabinas telefónicas de la base, llenas de monedas, se bloquearon y teníamos una sensación de aislamiento.

Después, tras el mensaje del Rey, algo más de tranquilidad, y finalmente, cuando todo terminó, una sensación de que habíamos estado muy cerca del desastre. Un desastre del que nos salvaron comportamientos muy dignos, siendo el de Su Majestad el Rey fundamental.

"Me dije: nunca estaré de su lado"

Por FÉLIX SANZ ROLDÁN. Director del CNI

Siempre he pensado que la historiografía sobre el 23-F, tan abundante en lagunas de detalle como certera en la reconstrucción general de cuanto aconteció, ha dedicado aún poco esfuerzo a señalar el comportamiento de los capitanes aquella tarde-noche. Cualquiera que conozca mínimamente cómo funciona y se organiza la milicia sabrá que un capitán, principalmente en el Ejército de Tierra, posee una enorme autoridad moral y efectiva sobre su compañía; batería en mi caso, pues soy oficial de Artillería. Aquella tarde, el comportamiento de la inmensa mayoría de los capitanes fue de lealtad absoluta a la Corona y a la Constitución, y de respeto a nuestra cadena de mando, lo que hacía presagiar el fracaso de aquella intentona, ajena en mucho a nuestras principales virtudes.

El 23 de febrero de 1981 yo era uno de esos capitanes. Servía en el Grupo de Artillería Autopropulsada XI, parte de la División Acorazada "Brunete", y estaba, con mis hombres, de maniobras en el campo de San Gregorio (Zaragoza). Cuando recibí la noticia de lo que pasaba en el Congreso, ordené el repliegue a nuestro campamento. No he podido olvidar la mirada de mis subordinados que, a pesar de su inquietud, mostraban confianza en mis decisiones. Les mantuve informados y en alerta, y cuando pudimos escuchar en una pequeña radio a pilas el mensaje de nuestro Comandante Supremo, monté el servicio de seguridad y les ordené descansar.

Al día siguiente me indigné al ver las imágenes de guardias civiles, de uniforme, entre ellos un teniente coronel, zarandeando a un teniente general en el Hemiciclo del Congreso, al que no le guardaban el respeto que exige la Ordenanza. "Nunca estaré de su lado", me dije. Al volver de maniobras supe que muchos compañeros capitanes sintieron lo mismo.

"Sentí perplejidad y asombro"

Por FULGENCIO COLL. Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra

Ese día estaba en Barcelona. Tenía 32 años, era capitán y mandaba la Compañía de Operaciones Especiales n.º 41. En aquella hora había finalizado la jornada y me encontraba en casa.

Antes de nada he de decir que la noticia me llegó a través de mi vecino, el coronel del Regimiento. Recuerdo que me comentó: fíjate, mira qué barbaridad está pasando, y que poco después, al perder la señal de TV, me pidió si tenía un transistor y se lo dejé.

Sentí perplejidad y asombro. Recuerdo que esa misma tarde, se me acercó un brigada de la COE [Compañía de Operaciones Especiales]que también vivía cerca de casa y me preguntó si necesitaba algo, para a continuación decirme que conocía en un pueblo cerca de Barcelona a un antiguo soldado de operaciones especiales, muy bueno, cinturón negro de karate y relacionado con los socialistas, que quería saber si le podía recibir.

Nos vimos y ante su preocupación por la situación, le dije que aquello al día siguiente habría terminado, porque ni podíamos ni queríamos una aventura como esa.

Es más, me jugué una cena que gané... y que aún estoy esperando.

Cuando se nos acabó el tabaco

Por JOSÉ BONO. Presidente del Congreso

Aquella tarde estaba en el pleno del Congreso, en mi puesto de secretario cuarto de la Mesa. Antes de que irrumpiese Tejero, se escuchó un disparo, que muchos atribuimos a un portazo, porque no podíamos concebir que alguien disparase en la casa de la soberanía popular. Pero era un tiro y se produjo en el pasillo de entrada al hemiciclo. Cuando entró Tejero pensé: "Es Ynestrillas". Había visto una foto de la Operación Galaxia en la que estaban juntos y, como Tejero no era entonces tan famoso, lo confundí. De lo que no tuve duda alguna desde el primer instante es de que aquello era un golpe de Estado. No me pasó como a la mujer de un diputado socialista, que salió del Congreso después del asalto y llamó a mi esposa para tranquilizarla. "No te preocupes que cuando yo salía ya entraba la Guardia Civil", le dijo.

Recuerdo que los miembros de la mesa podíamos ir al baño sin pedir permiso. Los demás diputados tenían que salir acompañados por un agente armado. Tanto es así que Miguel Ángel Martínez tuvo que decirle al guardia civil que le escoltaba: "O retira usted la escopeta de ahí o no me la encuentro".

A nosotros, por un raro privilegio, nos dejaban ir al servicio siempre que queríamos y yo aprovechaba para hacerlo cuando salían los ministros, en la creencia de que coincidiendo en los urinarios podría obtener una información más valiosa. Pero no fue así.

Aunque ahora nos choque, entonces se podía fumar en el hemiciclo. Cuando se nos acabó el tabaco, solo nos quedaban los celtas cortos de Gómez Llorente, que no le gustaban ni a Landelino ni a casi a nadie de la Mesa. Así que le pedí permiso al guardia que tenía al lado para ir a buscar un cartón de Winston a mi despacho. Subimos y, una vez allí, me dijo si podía llamar a su esposa. "Como usted comprenderá", le respondí, "a los secuestrados no se les pide permiso". Le pasé el teléfono y dijo: "María, estoy en el Palacio de la Moncloa..." Cuando lo escuché me quedé espantado.

Aislados y sin noticias de lo que sucedía en el exterior, temí que, en un macabro juego de la oca, los salvapatrias nos metieran otra vez en el pozo de la historia. Afortunadamente no fue así. Supe que el golpe había fracasado a través de EL PAÍS. Una de las veces que fui al baño un guardia estaba hojeando un periódico y, cuando pasé a su lado, lo cerró. Pude leer el titular que decía: "El País, con la Constitución".

A mi regreso al hemiciclo, informé a Landelino y a todos los demás de lo que había leído en el periódico.

Pero aquello pudo acabar muy mal. Acabábamos de hacer un seguro de vida para los diputados y Leopoldo Torres, en un rasgo de humor negro, me pasó un papel en el que había escrito: "350 por 10

=3.500 millones. La ruina de la Unión y el Fénix".

Los tanques y el país maldito

Por PASCUAL SALA. Presidente del Tribunal Constitucional

El 23 de febrero de 1981 era yo magistrado de lo contencioso-administrativo de la entonces Audiencia Territorial de Valencia. La tarde de ese día había llevado a mi hijo al oculista y al volver a mi casa, sobre media tarde, el encargado del garaje me dio la noticia de que ETA había entrado en el Congreso de los Diputados. Me pareció inverosímil y subí a mi piso extrañado por lo confuso de la información. La preocupación vino nada más entrar en mi casa y decirme mi mujer, muy alterada, que unos guardias civiles habían entrado en el Congreso y secuestrado a los diputados. Efectivamente, en televisión pude comprobar esta realidad al observar las imágenes de todos conocidas. Percibí la gravedad de la situación y la realidad de que se había producido un golpe de Estado en Madrid, aunque, en el momento, sin tener conocimiento de cuál era su alcance y extensión. Intenté inútilmente contactar telefónicamente con mis amigos y compañeros de Madrid, y buscando por la radio pude oír desde una emisora valenciana el bando del general Milans del Bosch declarando el estado de excepción, reproducción del que acompañó la sublevación de Franco contra la República en julio de 1936. Entonces, y poco después de escuchar en una ciudad con las calles vacías el ruido de los carros de combate tomando posiciones, comprendí la magnitud del golpe, que aparentemente parecía, al menos desde Valencia, muy extendido.

Sentí que una vez más se frustraba en España la posibilidad de un Estado democrático, como era el instaurado por la Constitución de 1978 después de una dictadura de 40 años y que al margen de la represión que se avecinaba -los antecedentes no dejaban lugar para la duda-, parecíamos un país maldito en vez de un Estado a punto de incorporarse a realidades tan palpables como las de las comunidades europeas, garantizadoras de progreso, democracia y reconocimiento internacional.

Menos mal que tras la intervención del Rey y las noticias que entonces sí pude recibir de Madrid, y algunas antes de Cataluña, el golpe, localizado finalmente en Valencia, había sido abortado. Claro que hay que recordar que en mi ciudad duró hasta las 5 de la mañana del día siguiente.

Lo importante, a mi juicio, fue la reacción popular unánime que se produjo días después con masivas manifestaciones en toda España en defensa de la Constitución y la democracia. Fue impresionante cómo acudimos a ellas -yo en Valencia, claro- acompañados de nuestros hijos y cómo aprendimos a valorar nuestra Constitución como instrumento absolutamente necesario para nuestra convivencia y, aún más, nuestra subsistencia.

"Las horas transcurrían despacio"

Por CARLOS DÍVAR BLANCO. Presidente del Supremo y del CGPJ

Recuerdo que el 23 de febrero de 1981 era titular del Juzgado Central de Instrucción nº 4 de la Audiencia Nacional y me en

contraba en mi despacho cuando tuve noticia de lo sucedido en el Congreso de los Diputados durante la sesión de investidura de D. Leopoldo Calvo-Sotelo.

Ante la gravedad de los hechos, decidí permanecer en el Juzgado para poder atender inmediatamente cualquier actuación que, como juez, pudiera plantearse para la aplicación de la Constitución y de la legalidad entonces vigente.

En esa época -año 1981- el Consejo General del Poder Judicial ocupaba las últimas plantas del mismo edificio en el que estaban los Juzgados Centrales de Instrucción, en la calle García Gutiérrez esquina con Génova (Madrid); su entonces presidente, Federico Carlos Sainz de Robles, regresó apresuradamente desde Mallorca, donde se encontraba de visita oficial en los tribunales de Baleares, y me mantuve en contacto con él así como con el vocal, hoy magistrado de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, Andrés Martínez Arrieta, a quien había conocido al coincidir nuestro destino judicial anterior en el País Vasco.

El Consejo fue la primera institución que emitió esa misma noche un comunicado en defensa de la Constitución y en apoyo de la legalidad que se pretendía subvertir; las largas horas transcurrían despacio y, en un salón de la planta 4ª, junto a la biblioteca, seguimos en televisión la intervención de Su Majestad el Rey; a partir de ese momento el panorama empezó a despejarse y, poco a poco, la normalidad se fue recuperando.

Prismáticos para vigilar el cuartel

Por BALTASAR GARZÓN. Consultor de la Corte Penal Internacional

Nada fue lo mismo después del 23 de febrero de 1981 para los españoles. Todos vivimos desde una u otra posición aquel aciago día en el que la alta bota y la larga mano del fascismo estuvieron a punto de retomar la dirección de nuestro país.

Se ha escrito mucho del cómo, del quién y del porqué, pero siempre será insuficiente porque, a pesar de las investigaciones judicial, periodística e histórica, siempre habrá unas zonas menos nítidas que otras en torno a un hecho que durante unas horas nos transportó al arcano más rancio y cuartelero de España.

Aquel fue para mí un día como cualquier otro. Se cumplían exactamente diez días de mi toma de posesión en mi primer destino, Valverde del Camino (Huelva). Después de la celebración de los carnavales, apenas había comenzado a examinar los miles de casos acumulados en un juzgado sin titular desde hacia casi dos años cuando esa tarde mi colega Fernando Tesón, juez de Aracena (Huelva) y con iguales días de antigüedad, me llamó y me dijo: "Tejero ha entrado en el Congreso".

Si tengo que decir la verdad, inicialmente no le di demasiado crédito, pero la seriedad de Fernando me hizo comprender que era cierta la noticia. Después de un ¡joder! arrastrado en la sílaba final, nos quedamos en silencio y ambos decidimos, pasadas las seis de la tarde, irnos a los respectivos domicilios para esperar acontecimientos.

Guardé algunos papeles, principalmente aquellos que no tenían que ver con el juzgado, y me fui rápido hasta el piso que habíamos alquilado días antes.

La terraza de la casa estaba en línea recta con el cuartel de la Guardia Civil. Lo primero que hice fue agarrar unos prismáticos, siempre con el transistor al lado y la televisión encendida, y me puse a observar los movimientos que se hacían en el cuartel. Tengo que reconocer que no fueron anormales, ni sospechosos. Me imagino que estaban tan sorprendidos como yo. Así me lo dijo días después el capitán de la línea.

Lo cierto y verdad es que mientras los vecinos iban llegando para quedarse en nuestro piso al creer que con el juez de instrucción estarían más seguros, yo pensaba que, después de tanto esfuerzo de mis padres y mío para llegar a ser juez, tan solo diez días después se iba a terminar, si triunfaba el golpe, porque no me veía yo juzgando a personas en una dictadura. Nunca lo habría hecho.

Afortunadamente no fue así y pasó aquella tarde-noche en la que las libertades recién conquistadas estuvieron al borde del abismo.

La cordura y la firmeza del pueblo español se impusieron por encima de aquellos golpistas de opereta que casi acaban, antes de que naciera, con la esperanza de todo un pueblo. Me quedan de aquellos días dos certezas y una duda. En cuanto a las primeras: la defunción de los métodos fascistas para gobernar y la convicción de que la fortaleza de los ciudadanos unidos puede evitar, cuando quiere, la humillación violenta de unos pocos. Y la duda de si la justicia hizo todo lo posible para sancionar severamente a los culpables.

De lo que no cabe duda es que aquel hecho, finalmente, nos fortaleció a todos y nos dotó de nuevas energías, frente a quienes todavía dudaban de la democracia, para continuar. Hoy, 30 años después, no debemos olvidar que el bacilo de la peste (el fascismo), como decía Camus, puede estar por siglos latente para reaparecer en cualquier momento y adueñarse de todo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de febrero de 2011