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martes, 8 de febrero de 2011
Ola de cambio en el mundo árabe | El análisis

Democracia sin adjetivos

La huida de Ben Ali de Túnez, la revuelta en Egipto y el resto de movimientos de cambio en el mundo árabe han desencadenado un coro de críticas a la política occidental. En Túnez el descrédito de Francia es absoluto; en las calles de El Cairo se apeló constantemente al Gobierno de Obama; en los medios de comunicación árabes e internacionales abundan las críticas. Sin embargo, sería apresurado añadir esta primavera democrática árabe a la lista de pruebas del declive de Occidente en los asuntos mundiales. Más bien cabe interpretar estos eventos como lo contrario: una oportunidad de retomar la iniciativa apoyando la transición democrática que ya ha empezado tras las revueltas en Túnez y que se perfila en Egipto e incluso en otros países, como Jordania.

Occidente queda menos tocado por las revueltas que otras potencias

Los países occidentales se equivocaron al no condicionar su política hacia el mundo árabe a la puesta en práctica de principios como el respeto de los derechos humanos y la democracia. Las revueltas árabes no desacreditan estos principios universalistas, sino precisamente su abandono. Occidente queda menos tocado que las potencias asiáticas y euroasiáticas que tanto le han criticado y que hacen gala de una política "pragmática" y "libre de ideología" que no se fija en cómo se gobierna cada país. Los mayores perdedores son aquellos que, como muchos gobernantes árabes, presentaron la democracia como un invento propio de Occidente y no apto para sus sociedades.

No es Occidente quien censuró la palabra "Egipto" en sus buscadores de Internet, sino China. El embajador ruso en Naciones Unidas se apresuró a aclarar que las tareas de las que debería ocuparse Naciones Unidas no incluyen "meter el dedo en el ojo de los líderes de otros países". No solo son regímenes más o menos dictatoriales los que piensan de este modo: en la misma línea argumentaba el general indio que declaró que su país debe ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para detener su creciente tendencia a inmiscuirse en los asuntos internos. Ni India ni tampoco Sudáfrica tan siquiera mencionan la democracia en sus declaraciones sobre Egipto. Israel, tan aficionada a contraponer su modelo democrático al autoritarismo de sus vecinos árabes, se ha apresurado a defender el régimen de Mubarak por miedo a un Egipto más libre pero más hostil.

Otras potencias democráticas han tenido mejores reflejos. Indonesia y Brasil, dos países más proclives a defender la democracia en su entorno que los anteriores, han mencionado la necesidad de democracia en sus declaraciones sobre Egipto. Brasil consolida así el cambio de postura desde la total transigencia con los regímenes autoritarios de Lula a la mayor exigencia demostrada por Dilma Rousseff, empezando por Irán. El cambio de postura más espectacular fue el del primer ministro turco Erdogan, quien, después de años departiendo con soltura con todas las tiranías de la zona, de Sudán a Irán, de Arabia Saudí a Siria, acaba de redescubrir su vocación democrática en política exterior a raíz de las revueltas árabes, y se ha convertido en uno de los líderes internacionales más críticos con Mubarak. De este modo Turquía se postula como modelo para los países árabes con aspiraciones democráticas.

El presidente de la recién creada Comisión de la Reforma Política de Túnez declaró que "nadie podrá volver a decirnos que la democracia es una idea occidental". Los jóvenes árabes lo dicen con igual rotundidad en las calles y en las redes sociales. Túnez no es distinta, Egipto no es distinto, ni Jordania, ni Yemen, ni ningún otro Estado árabe. No son distintos en la aspiración de su sociedad a la democracia sin adjetivos. Ni democracia occidental, ni democracia soberana, ni democracia árabe, ni ningún otro calificativo que desvirtúe su valor universal.

En Europa y en Estados Unidos, como en el ámbito global, se había impuesto la apuesta por el pragmatismo y la geopolítica: aceptar las cosas como son, tratar con los Gobiernos que existen y dejarse de remilgos democráticos que están permitiendo a otras potencias ganar terreno (y suculentos contratos). Este agnosticismo democrático, usando la expresión de Richard Youngs, hizo particular fortuna en los países del sur de Europa, España incluida.

Europa se ha visto sorprendida a contrapié por el levantamiento democrático árabe, pero puede jugar un papel en los próximos meses. Se abren procesos de transición cuyo éxito no puede en absoluto darse por descontado. Compete a los propios árabes asegurar su éxito, pero el apoyo de los que compartimos los valores que inspiran las revueltas -libertad, justicia, igualdad- será fundamental para que se consolide en sus países la democracia, sin adjetivos.

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