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miércoles, 1 de diciembre de 2010
Necrológica:

Mario Monicelli, el último bufón del cine italiano

El director hizo de su obra un canto al humor como forma de vida

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"¿A quién llamaréis cuando muera yo?". La frase de Mario Monicelli dice mucho del humor y de la longevidad del genial cineasta, a quien los periodistas recurrían cuando moría otro artista italiano. El martes por la noche, Monicelli dejó de ser esa fuente de anécdotas y sabiduría cuando decidió arrojarse desde el quinto piso del hospital san Giovanni, en Roma, donde era tratado de un cáncer de próstata. Se suicidó, como lo había hecho 70 años antes su padre. Aún medio ciego, Monicelli había seguido dando guerra, manifestándose -el mes pasado- en contra de Berlusconi y los recortes a la cultura, y fustigando a la indolente oposición, que no estaba a la altura de este intelectual de izquierdas.

Maestro de la comedia italiana, tres de sus 65 filmes aspiraron al Oscar

Hubo un tiempo en que la comedia italiana tenía sustancia, como un buen guiso, con todos sus ingredientes en su justa cantidad. No se llamaba comedia italiana, sino commedia all'italiana (comedia a la italiana), y Mario Monicelli era su cocinero estrella, el cineasta que dominaba los ingredientes de la risa como nadie. Dirigió 65 películas y fue cinco veces candidato al Oscar: dos veces como guionista por Camaradas (1963) y Casanova '70 (1965) y otras tres en la categoría de mejor película en habla no inglesa: Rufufú (1958), La gran guerra (1959) y La ragazza con pistola (1968).

Ver el cine de Monicelli es asomarse a lo mejor del cine italiano. Nacido en Viareggio (Toscana), en 1915, fue el segundo hijo de un periodista que sufrió el fascismo de Mussolini. "Mi padre había dirigido un periódico en los años veinte. Era antifascista, se puso contra Mussolini y le echaron, no le dejaron escribir más. Estuvo muchos años sin poder hablar, viendo a sus amigos adaptados al fascismo. Pensó que cuando acabara Mussolini podría volver, pero se habían olvidado de él. Esa amargura le pudo. Yo era un soldado, acababa de regresar de la guerra, y entendí que se suicidara". Antes de participar en la II Guerra Mundial (en el frente de Yugoslavia, Monicelli ya había trabajado en el mundo del cine: rodó su primer corto en 1934, una adaptación de El corazón delator, de Poe, que codirigió con Cesare Civita y su amigo Alberto Mondadori, y un año después llegó su primer mediometraje -mudo-: I ragazzi della via Paal, premiado en el festival de Venecia. El salto al largo lo dio en 1937 con Pioggia d'estate, pero el filme solo se distribuyó en el sur de Italia.

Hasta 1949 no volvió a ponerse detrás de las cámaras, en compañía de Stefano Vanzina, con Totò busca piso. En los siguientes cuatro años Monicelli y Fanzina codirigieron ocho filmes más protagonizados por el cómico Totò. "Era un gran mimo, movía todo el cuerpo además de la cara. Los grandes actores recitan con el cuerpo, trabajan la entonación y el cuerpo...". Un actor perfecto para su gusto, que vivía hipnotizado por el talento de Buster Keaton y Charles Chaplin: "Eran la voz de los perdedores que se eleva contra las normas sociales". Eran también años de cafés en Roma, de tertulias con los guionistas Age y Scarpelli, con los aún incipientes directores Luigi Comencini, Steno o Pietro Germi. "Hablábamos de todo, de las noticias del día, el cine quedaba en algo secundario. Hoy, tristemente, los directores ven la vida a través del cine". En 1951 llegan sus mejores trabajos: Vida de perros y Guardias y ladrones, premiado en Cannes; y en 1957 el certamen de Berlín le premia por Padres e hijos. Monicelli está en su mejor momento, en el que usa como un estilete su estilo directo: en 1958 dirige Rufufú, con Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Totò y Claudia Cardinale, una comedia que hace honor a su filosofía del humor: "El humor es la forma más penetrante de mirar. Un bisturí que va al fondo de las cosas. La comedia a la italiana surgió al contar argumentos muy dramáticos con humor". Al año siguiente estrena La gran guerra (León de Oro en Venecia), comedia sobre la I Guerra Mundial con Alberto Sordi y Gassman, que le consagra.

Durante 30 años, Monicelli no bajó el pistón de la producción: I compagni (1963), La armada Brancalone (1966), Amici mici (1970) o Un burgués pequeño pequeño (1978)... A sus guiones se apuntaron todos los grandes intérpretes: además de los mencionados, Monica Vitti, Anna Magnani, Vittorio de Sica, Sophia Loren, Nino Manfredi, Gian Maria Volonté... "No teníamos pretensiones, aunque es cierto que sin quererlo, hacíamos política. Pero luego llegaron los críticos y organizaron teorías, buscaron significados, intelectualizaron la comedia, lo que en sí mismo es una contradicción. No éramos conscientes de la importancia de lo que estábamos haciendo. Era una vida dura. Te levantabas al alba y trabajabas de siete a siete. Llevábamos pan con salami y eso comíamos. Durante 15 años fuimos el centro de la creatividad, duró un par de generaciones". En 2006, tras Las rosas del desierto, decidió retirarse -aún dirigió un último documental-: "Ya ha sido suficiente, ¿no?".

Sus hijas anunciaron ayer que no habrá funeral, pero que se le podrá dedicar un último saludo tanto en Monti, el barrio romano donde vivía, como en la capilla ardiente que se instala hoy en Casa del Cine en Roma. Si usted está allí, acérquese a mostrar los respetos a un cineasta que hizo de su obra un canto al hombre y al humor como forma de vida.

El director italiano Mario Monicelli, en una imagen de 2008. / AFP

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