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domingo, 31 de octubre de 2010
Reportaje:TESTIMONIO

Mi vida como un hombre

A los 11 años de edad, Nadia tuvo la determinación de sobrevivir bajo la piel de un chico

Nadia Ghulam fue un chico entre los 11 y los 16 años en el Afganistán desgarrado por la guerra y 'pacificado' por los talibanes. Sobrevivió al terror refugiada en la identidad de su hermano muerto. Hoy vive en Badalona, y sueña con volver a su país como una mujer libre

El rostro de Nadia Ghulam no tiene una edad clara. Es joven y maduro al mismo tiempo. Su juventud y el peso de las vicisitudes de su biografía se superponen en esas facciones que saben también ser impenetrables. Es como si las experiencias terribles por las que ha pasado hubieran acelerado el proceso natural de la vida y su piel guardara una memoria torturada, que asoma de pronto, en algunos gestos. Su pasaporte afgano dice que nació mujer, el 4 de junio de 1985, en Kabul, pero ella ha vivido parte de su niñez y casi toda su adolescencia enfundada en una identidad masculina. Nadia fue Zelmai, el hermano mayor asesinado en la guerra civil que dio paso a la terrible paz de los talibanes, en 1996. Y lo fue con tanta intensidad y aplicación que su identidad de mujer naufraga a veces en esa memoria que ella misma reconstruye, sentada ante una taza de té, una mañana de octubre, en una cafetería de Barcelona.

"Ahora estoy contenta de ser mujer", dice Nadia, porque puede ser independiente y libre como las occidentales

Nadia encuentra el 'niqab' incomodísimo. Cuando era un chico, insistía en que su madre usara el 'burka'

Nadia viste de pies a cabeza ropa deportiva de una marca muy popular. "Me gusta mucho, es caliente y cómoda", dice. Botas de montaña, pantalón y chaqueta negra sobre un forro polar azul intenso. La comodidad lo es todo. A ella no le interesa la moda. Y eso que nada más llegar a España, hace cuatro años, le hechizaban las tiendas. "Entraba y decía: '¿Puedo mirar?'. Y me dejaban. Mirar es la primera palabra que aprendí".

No son las tiendas de lujo, ni los coches, ni los restaurantes, ni el brillo espectacular del mundo occidental lo que le tienta, sino la libertad de las mujeres. "Al principio lloraba y le decía a la psicóloga que no quería ser mujer, porque quería ser independiente. Ella me dijo que aquí las mujeres son libres también. Y es verdad".

Ahora va y viene sola, coge el metro, el tren de cercanías, el autobús, y paladea todos los días su libertad como un manjar exquisito. "Ahora me gusta ser mujer", dice, con una voz dulce y aguda, inequívocamente femenina. Tiene rasgos grandes, piel muy oscura y unos ojos castaños que miran al mundo sin miedo. Luce una melena negrísima, rizada, de la que parece estar muy orgullosa, y todos sus gestos trasmiten determinación. "Cuando voy a Afganistán hay gente que me dice: '¿Qué te ha pasado? Tienes muchas marcas, estás muy quemada'. Y yo digo: 'Pues sí, es así".

Sin embargo, después de 14 operaciones, las últimas en una clínica de Barcelona, Barnaclínic, que la atendió gracias a la mediación de dos ONG, Asda y Cirujanos Plástikos Mundi, solo quedan en su rostro tenues huellas de las terribles heridas que sufrió.

Fue en 1993, cuando el mundo feliz de Nadia saltó por los aires. Una bomba destruyó su casa y le alcanzó a ella de lleno. Pasó seis meses en coma en un hospital de Kabul. Apenas recuperada, con el rostro deformado por las quemaduras y las heridas todavía abiertas, tuvo que dejar el hospital y ponerse a salvo, con el resto de su familia, de una guerra que hacia estragos por todas partes. No había dónde refugiarse ni qué comer. Su madre y ella peregrinaron como fantasmas por la ciudad en ruinas, mientras sus dos hermanas pequeñas quedaban a cargo de una tía. Su padre y el hermano mayor, Zelmai, estuvieron perdidos mucho tiempo en el caos infernal de Kabul. Un día, su hermano salió a la calle en busca de comida y no regresó nunca. Un amigo les dijo que había sido asesinado por uno de los señores de la guerra. Su padre enloqueció.

El triunfo de los talibanes, en 1996, fue un golpe más en una sucesión de desastres. Las mujeres vieron mutilada su identidad de personas. Se les obligó a cubrirse con el burka, se les impidió trabajar y salir a la calle sin la compañía de un hombre. Como consecuencia de estas leyes, muchas afganas murieron de hambre, solas y abandonadas.

Con el padre perturbado y el hermano muerto, no había futuro tampoco para Nadia, para su madre ni para sus hermanas. Entonces, con solo 11 años, tomó una decisión asombrosa: convertirse en un hombre. Enterrar a Nadia bajo capas de ropa masculina y convertirse en Zelmai, el hermano muerto. Lo pensó mientras convalecía de una nueva operación en el hospital de Jalalabad, atendido por médicos alemanes bajo la protección de la Media Luna Roja. Su madre opuso mucha resistencia, pero al final se rindió. Y Nadia se vistió ropas viejas de campesino y se cubrió la cabeza quemada con un turbante. Así pudo trabajar y evitar que su familia muriera de hambre.

En el Kabul destruido por la guerra y aterrorizado por los talibanes, trabajó como un campesino, cuidó del ganado, excavó pozos y recogió excrementos humanos en el vecindario para utilizar como abono. También estudió el Corán, encontró sosiego en una comunidad sufí y hasta fue ayudante fiel de un anciano mulá en una mezquita de Kabul. "Era muy conocido allí, me llamaban mulá y profesor", recuerda. "Yo fumaba hachís con los talibanes, que eran los vecinos del barrio. Pero pasaba tanto miedo que me escondía entre las plantas de maíz a llorar. Luego me decían: 'Zelmai, cuánto has fumado, tienes los ojos rojos".

Aunque esta etapa está asociada a los gritos de los ladrones a los que se aplicaba la sharia, y cuyas manos cortadas quedaban prendidas del tendido eléctrico, Nadia no comparte las críticas occidentales a los talibanes. "La gente no sabe cuánto sufrimos antes con los muyahidin. Había mucha inseguridad y violencia con ellos. Con los talibanes había leyes rigurosas, pero si las cumplías estabas seguro", dice. Excepto si eras una mujer. "Como un hombre, todo era más fácil", reconoce.

Incluso en aquella cárcel gigantesca había pequeñas fisuras, pequeñas grietas por las que se filtraba la libertad, la vida en sus facetas más inocentes. Había unos pocos cines clandestinos en los que se podían ver películas de Bollywood. Las cintas se proyectaban en viejos televisores alimentados por la batería de un camión del dueño del invento. A veces, la batería se descargaba en el mejor momento y había que esperar a que llegara otro vehículo para ver el final. Todavía hoy, las películas de Bollywood son las que más le gustan a Nadia. "Soy muy clásica, me bajo de Internet las canciones de un cantante afgano, Ahmed Zahir

[muerto a finales de los años setenta], y me gustan las películas antiguas, no las que ven aquí los jóvenes".

Nadia habla a borbotones en un castellano aceptable y apoya sus palabras con movimientos constantes de las manos. Son manos delicadas, sin huella ya de las penalidades que afrontaron mientras fue chico. El hambre y el pánico a ser descubierta estaban siempre presentes. Si sospechaban que bajo aquel turbante de tosca tela marrón había una mujer, el castigo podía ser terrible. Por eso, Nadia se afanaba en ocultar sus formas de mujer. Vestía bajo las ropas de hombre una camiseta apretada para aplastar sus pechos y usaba varias capas de ropa para dar a su cuerpo una apariencia casi informe. La ropa le hacía sudar a mares bajo el sol inclemente de Afganistán, pero no era nunca suficiente para preservarla del frío en invierno. A los 13 años se enfrentó con horror a la primera regla pensando que estaba enferma, y solo gracias a la información que le proporcionó una de sus primas superó el susto.

A los 16 años, con la derrota de los talibanes, Nadia volvió a la escuela. Aprendió a escribir, fue a clases de matemáticas y después, sin despojarse de sus ropas de hombre, a un instituto femenino. Ella era una mujer, y ese era su sitio, pero tampoco podía abandonar de golpe su identidad masculina, por eso se presentó en el centro vestida de chico. "Yo era Zelmai, y no podía ser otra persona de golpe". Y de nuevo tuvo que afrontar el rechazo de los otros. Iba mal vestida, tenía el rostro desfigurado y un aspecto inquietante para aquellas chicas, muchas de las cuales habían vivido en el exilio los años de guerra. Allí volvió a sentirse excluida. "A las chicas les asustaba verme, y yo tenía que meterme debajo de las mesas. Con los hombres, con mis amigos, no había problemas, pero las mujeres estaban muy protegidas, igual no habían vivido en Afganistán durante la guerra, eran vanidosas, muy preocupadas de estar guapas, y he sufrido eso muchísimo".

La nueva guerra desatada contra los talibanes, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cambió también la vida de Nadia. Llegaron legiones de periodistas y ONG a Afganistán. Y la historia de Zelmai/Nadia, el chico que era en realidad una chica, llegó a oídos de algunas. Nadia se vio forzada a contar su vida para conseguir algo de ayuda. "A veces me trataban como a una esclava, me exhibían como si fuera un muñeco de feria", dice. Por eso, ahora que es una mujer libre, ha escrito, con la ayuda de la periodista catalana Agnès Rotger, un libro que recoge su propia versión de esa etapa asombrosa de su vida. El secreto de mi turbante, el libro que publica ahora la editorial Planeta, contiene, además del relato estremecedor de su vida, algunas críticas a las organizaciones no gubernamentales. "Las ONG no se dan cuenta de si lo que hacen está bien o mal", cuenta. "Me ayudaron en unas cosas y me perjudicaron en otras. No quiero ser desagradecida, pero no creo que sepan tratar bien a la gente. Algunas creen que me han ayudado mucho y están muy orgullosas, pero lo que Nadia sufrió no le importó a nadie".

La vida de Nadia inspiró, incluso, una película, Osama, la historia de una niña que asume una identidad de chico para sobrevivir en Kabul. Cuando se estrenó, en 2003, el primer filme rodado en Afganistán después de los horrores de la guerra y del dominio talibán, Osama tuvo un gran eco. Recibió premios en los festivales internacionales y en Kabul causó asombro. A Nadia le costó mucho ir a verlo. Al final, tanto le insistieron algunos periodistas y miembros de ONG que no pudo negarse. "Fui al cine, pero me hizo mucho daño verlo. Cuando salió, me sentí en peligro, porque era mi historia, y no quería que me descubrieran. Mis amigos lo vieron y me lo contaban: 'Mira, es una chica que se disfraza como un chico'. Y yo me defendía. '¡Pero eso no puede ser. Si me encontrara con un chico así, yo descubriría que era una chica y la haría mi novia', les decía".

El pánico regresó. Todavía eran muchos lo que no sabían que Zelmai era, en realidad, una joven. Todavía hoy, Nadia sigue siendo un hombre para muchos de los amigos que la trataron entonces en Afganistán. Todavía hoy, cuatro años después de llegar a Cataluña para operarse de las cicatrices profundas de la guerra, tiene a veces dudas sobre sí misma. Y se siente desubicada, como los exiliados. "Sí, cuando estoy aquí me acuerdo mucho de mi familia, de mi país. Cuando voy allí me acuerdo de mis padres adoptivos y de mi vida aquí". Pero, puntualiza con mucha energía, "no soy una exiliada, yo quiero volver y ayudar a mi país. Quiero prepararme para ayudar a Afganistán. No en política, porque con la política no se ayuda". Por eso estudia sin descanso: catalán, informática, integración social y materias que tienen que ver con la calidad del trabajo de las ONG. "Y tengo muchos amigos. Mucha vida social".

Ha hecho varios viajes con su familia adoptiva, con la que vive en Badalona. Y ha ido a Italia como una turista más con una amiga iraní y otra catalana. "Uf, en Roma me pasó una cosa graciosa", dice Nadia conteniendo la risa. Estamos en un restaurante tailandés de Barcelona, que ha elegido ella misma. "Pues que estaba con mis amigas en una plaza con una fuente, y ellas fueron a comprar no sé que, y yo miro el fondo y veo que la fuente tiene dinero, muchas monedas. Y me lanzo y saco un montón de monedas de dos euros. Cuando vienen ellas y les cuento, me dicen: 'Pero Nadia, qué has hecho, ese dinero lo tira la gente, es una costumbre". Era la Fontana di Trevi.

-¿Y qué hiciste con esas monedas?

-Ah, quedármelas. Nos tomamos muchos capuchinos con ellas.

Nadia se ríe un rato, completamente relajada. Si no fuera porque en Kabul ha quedado su familia, se podría decir que es feliz. Pero en Kabul se han quedado todos. Su madre, analfabeta, prematuramente envejecida por la dureza de unas condiciones de vida que sitúan en 43 años la esperanza de vida media en Afganistán. Una mujer de hierro que luchó por la vida de Nadia con una tenacidad conmovedora. Y su padre, que perdió la razón en medio de las atrocidades de la guerra; y sus hermanas pequeñas, que la siguen viendo como el hermano represor y con las que nunca llegó a comunicarse.

Nadia reconoce que quizá fue dura, brutal, injusta, con ellas y con su madre. "Pero era mi supervivencia. Tenía que ser más valiente que los otros hombres. Me decían el loco, porque no era fuerte, pero tiraba piedras a quien me amenazaba".

Su fervor religioso la protegió de situaciones difíciles más de una vez.

-¿Es creyente todavía?

-Sí, sí, conozco el Corán a fondo, y el islam es una religión muy buena. Lo malo son los fundamentalistas. El Corán no dice que haya que pegar a las mujeres, ni encerrarlas.

A los 25 años, Nadia se siente con toda la vida por delante. ¿Piensa en los chicos?, ¿en encontrar alguno que le guste? ¿en casarse?, ¿quizá en tener hijos? "Tengo muchos proyectos, no sé, ya lo veré. Yo tengo que hacer mi vida, y con tiempo todo se arregla", responde enigmática.

De momento, su libro ha recibido el Premio Bertrana, dotado con 42.000 euros. Un regalo excelente que se han repartido las autoras, Nadia y Agnès Rotger, que le acompaña un rato en la entrevista.

"Mi ilusión es estudiar en la universidad y ayudar a mi familia, Tengo proyectos de ayudar a mi país". El libro ha sido el primer paso en la forja de ese nuevo yo. De esa identidad de mujer entregada a los suyos, a su país, a sus compatriotas. "Como mujer afgana y víctima de guerra, me ha parecido que mi historia podía servir a otras personas que luchan. En Afganistán y fuera. Sobre todo, para los jóvenes".

En los cuatro años que lleva viviendo en Badalona con su familia adoptiva ha visitado tres veces Afganistán. Ha ido en calidad de intérprete para una ONG, y también con el equipo de una productora que prepara un documental sobre su segunda vida a caballo entre España y Afganistán.

Volver a casa remueve muchas cosas en su corazón. Cuando llega a Kabul, es como una especie de Papá Noel. Y en su casa la siguen tratando con el respeto que se otorga a los hombres. "Siempre me ponen un vaso de té, y con mis hermanas sigo teniendo la relación de hermano con sus hermanas". Eso sí, también se permiten algunas críticas. Las ropas femeninas que lleva no les gustan. "Nadia, me dicen, te queda mejor la ropa de antes".

Pero volver es, todavía, claudicar. "Cuando voy, me tengo que poner un niqab para salir a la calle. Y es incomodísimo. No me imaginaba que fuera tan incómodo cuando era un chico y le obligaba a mi madre a ponerse el burka para salir. Cuando visto el niqab, me pongo triste y termino llorando".

Su yo masculino era severo, pero valora todo lo que aprendió a través de él. "El papel de hombre me enseñó muchas cosas. Estoy muy contenta de ser una mujer, pero mi experiencia de hombre ha sido muy útil". Por eso es capaz de romper una lanza a favor de los hombres de su país. "En Afganistán", dice, "tampoco los hombres tienen una vida fácil. También ellos están sometidos al poder de las familias". También son víctimas de una historia de guerras encarnizadas que han hecho ingobernable este país de poco más de 31 millones de personas con una organización social tribal. Afganistán solo superará sus problemas, de eso Nadia está segura, con mucha educación, mucho estudio.

Las tiendas lujosas no le llaman la atención, porque lo que Nadia Ghulam quiere es vestir ropa cómoda / GIANLUCA BATTISTA

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