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TORMENTAS PERFECTAS

Tierras raras, poderes emergentes

Ahora las tierras raras. Hay que bucear en los recuerdos escolares: la tabla periódica, y esos elementos metálicos llamados tierras raras sobre los que el profesor de química apenas sabía contarnos para qué servían. Imprescindibles para las tecnologías de punta (cristales líquidos, células fotovoltaicas o los semiconductores), China controla el 97% del mercado mundial de lantano, galio, paladio, y así hasta 17 metales escasos en la naturaleza gracias no tan solo a sus yacimientos, sino también a la mano de obra barata y a la posibilidad de explotación sin costes medioambientales.

Hay que asistir a cursos acelerados para comprender el nuevo mundo globalizado y emergente que se nos ha venido encima. China está utilizando sus exportaciones de tierras raras, siempre con su habitual sigilo y prudencia, como un arma geopolítica, de la misma forma que utiliza su moneda o sus ahorros en dólares y euros. La Organización Mundial de Comercio ya ha tomado cartas en el asunto, al igual que la Comisión Europea y las autoridades comerciales japonesas y norteamericanas. Habrá que buscar en otros lugares o reciclar, pagando precios más elevados, por supuesto.

Los nuevos poderes emergentes suscitan abundantes simpatías y sus pecados son vistos con indulgencia por quienes hacen negocios con ellos. Pero habrá que poner un poco de orden en nuestras cabezas, y en nuestros Gobiernos, a la hora de saber cómo tratar a unos países que no son precisamente ejemplares en numerosos capítulos de la vida política y económica. Vale para los derechos humanos (Rusia y China sobre todo), pero también para el intervencionismo estatal en la industria, el comercio o la moneda (absoluto en China y menos duro en los otros).

Los cuatro BRIC (Brasil, Rusia, India y China) que tiran de la economía global suspenden de forma abrumadora en los índices de corrupción que publica Transparencia Internacional. Su aportación más impresionante al nuevo paisaje humano del mundo son sus nuevas clases medias, más modestas que las norteamericanas y europeas, pero también consumidoras. Pero sus dirigentes tienen enormes prejuicios respecto a los valores, sistemas y hábitos políticos occidentales.

A estos nuevos poderes les interesa más la multipolaridad que el multilateralismo. Quieren más sillas en los organismos internacionales (acaban de conseguir dos puestos más en el consejo del FMI), pero las pretensiones europeas de un mundo gobernado por la justicia internacional tropezarán con su oposición. Difícilmente volveremos a ver activados el derecho a proteger y el intervencionismo humanitario que nos llevaron a combatir contra Serbia y a dar a Kosovo la independencia. Si los europeos pasamos de las soberanías, no es el caso de esos poderes emergentes, tan raros para nosotros como sus tierras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de octubre de 2010