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Crónica:danza

Positano se rinde al gran baile

El Festival de los Mitos abre entregado a la memoria de Massine y Nureyev

Una noche en que se arma un escenario con luces y tramoya pegado al agua, las sillas se anclan en la arena gruesa y el chapoteo de unas olas tranquilas se hace fondo rutinario que no entorpece. Más de 2.000 personas para una función que se promete mágica. Desde el principio, poesía y baile, ballet del mejor. Jóvenes estrellas internacionales interpretando fragmentos relacionados con Massine y Nureyev, los arquitectos de ese creciente interés que ya tiene décadas por albergar aquí la buena danza, junto a exposiciones y coloquios.

Ellos fueron los dueños y formadores del mito moderno de la isla Li Galli, esos riscos imponentes y a veces hasta agresivos que emergen del golfo de Positano, frente a la Playa Grande y la escarpada colina poblada de palacios barrocos. Es un sitio singular desde la antigüedad, pero esa es la parte gráfica, la sentimental va por dentro del aire cálido que deja un sol abrasador, la vibración que aportan los artistas.

El único español de la velada, que estuvo soberbio, asombró cubierto de oro

Dorothée Gilbert, estrella de la Ópera de París, es un ángel que llegará muy lejos

El Festival de los Mitos de Positano, dirigido por Manuela Rafaiani, se extiende hasta el 10 de septiembre, y la inveterada gala dedicada a los bailarines y coreógrafos rusos Leonidas Massine (Moscú, 1895-Weseke bei Borken, 1979) y Rudolf Nureyev (Irkust, 1938-París, 1993) se hace a pie de ola. La función fue estructurada por Daniele Cipriani, cocinero antes que fraile, bailarín antes que director de danza que conoce bien el repertorio. Este año dividió en dos partes el programa: una era el ballet Parade de 1917, creación de Massine, música de Satie y trajes de Picasso que por primera vez se lleva a un espacio abierto. La otra sección estaba compuesta por fragmentos que relacionaban pasado y presente de esos artistas con el mundo del ballet y su dinámica.

Nureyev remontó La Bayadera en la Ópera de París en 1992 como una especie de testamento estético, y en Positano el madrileño Carlos López, figura del American Ballet Theatre de Nueva York desde hace ocho años, bailó el Ídolo de oro, un exigente solo masculino donde el dios Shiva se anima desde su pedestal y hace un baile aéreo y subyugante. El único español de la velada estuvo soberbio y se llevó la palma de los aplausos, en parte ganando el asombro de un público al ver un ser irreal, cubierto de oro, saltar sobre una noche cerrada. La isla Li Galli estaba al fondo, solo se intuía.

Habían abierto campo los primeros bailarines del Royal Ballet de Londres, la argentina Marianela Núñez y el brasileño Thiago Soares, con Diana y Acteón: anillo al dedo, mitología en un sitio que está en la Eneida y en otros referidos de los mitógrafos griegos. Exultantes y escultóricos, la diosa cazadora y el apolíneo perseguidor, un juego coréutico que representa el vigor de la escuela petersburguesa y su égida, tan presente hoy como ayer en el universo del ballet.

Dorothée Gilbert y Alessio Carbone, estrellas de la Ópera de París, hicieron el doliente dúo del cuarto acto de El lago de los cisnes según la versión de Nureyev, lleno de expresividad contenida y aliento trágico. La Gilbert es el último descubrimiento de la exigente y con pretensiones de exquisita balletomanía francesa, pero esta vez tienen razón: la muchacha es un ángel alado que llegará muy lejos.

Cerraron la estrella internacional Eleonora Abbagnano y el lírico parisiense Benjamin Pech con La dama de las camelias, otro canto desesperado de lucha y pasiones encontradas, en la versión de Neumeier, que emana directamente de otra anterior de Ashton, creada en 1963 para Nureyev y Margot Fonteyn, y donde se evocan hasta los trajes de Cecil Beaton.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 31 de agosto de 2010