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Reportaje:PASEANTE EN CRISIS

¡Que vienen los chinos!

No es la primera vez que les hablo de chinos. Ni será la última. Y harían bien en poner atención. Aunque no se hayan dado cuenta, los chinos tienen cada vez más importancia en su vida. Su discreción milenaria les hace pasar inadvertidos, pero están ahí, en cada esquina, extendiéndose por las calles como un río en su delta, abriendo locales a mansalva mientras los aborígenes hispánicos cierran los suyos, prosperando, inmunes a la crisis, a la incomprensión, a la xenofobia.

Ya hace tiempo que me declaré chinófilo. Les aconsejo que abracen también la chinofilia por su propio interés. Si tienen hijos pequeños van a tener muchas posibilidades de trabajar algún día para chinos. Y nos les quepa ninguna duda de que sus nietos serán mandados por jefes chinos en algún momento de su vida laboral. Los chinos ya están aquí y vienen con un negocio bajo el brazo, pero su paso no será fugaz como el de los americanos de Bienvenido Mr. Marshall del genial Berlanga. Han venido para quedarse y habitar entre nosotros, sonrientes, solícitos, demoledoramente eficaces.

Háganse 'chinófilos'. Sus hijos y sus nietos trabajarán para ellos

Respetan el silencio del cliente. ¡Ojalá tomen pronto el sector de los taxis!

Su última expansión ha sido hacerse con las tabernas de tapas

Un alcalde chino sería ideal. Bares y tiendas abiertos hasta al amanecer

Cada vez entramos en más locales regentados por chinos. Primero fueron los restaurantes de comida oriental, la cabeza de puente del desembarco, hace más de 25 años. Luego llegaron las tiendas de 20 duros (1 euro, actualizado). Más tarde se hicieron con los almacenes mayoristas de ropa, calzado y bisutería. Como no les cabía tanta mercancía compraron polígonos enteros. Les siguieron las peluquerías (del final feliz hablaré otro día, paciencia). Lo último han sido los bares de tapas. Ahí los tienen con su mandil de tabernero castizo, poniendo café con porras, callos a la madrileña y una de bravas.

Aunque no creo que los callos tengan muchas probabilidades de conseguir la denominación de origen y la salsa brava sea más bien kétchup picante que salsa propiamente dicha, el caso es que los chinos están tomando al asalto el único reducto identitario de los madrileños: la tasca. Denles tiempo y pronto serán campeones de mus. Por lo pronto, los tapetes y los amarracos ya llevan el made in China.

A la gente, aunque lo disimule por aquello de la corrección política, le intranquilizan los chinos. Los ven deslomándose como ídem de la mañana a la noche, sin una queja, y saliendo a flote mientras todo se hunde. La plebe empieza a hacerse preguntas capciosas: "¿Pero de dónde sacan el dinero?". Y se las responden de la misma forma artera: "Lo que está claro es que esa pasta no es de vender cachivaches a un euro".

No esperen que les desvele el misterio. Como paseante me dedico a observar. No tengo respuestas. Que los chinos progresan es tan evidente como que son muchos. Las razones de su éxito no me incumben. ¿Dinero negro? Puede, pero tal vez tenga que ver también con que vas a una peluquería y te ventilan en 10 minutos (nueve euros, lavado incluido) y no tienes que compartir charla con ellos, salvo si tú la provocas. Perdónenme mi insociabilidad, pero cuando lucía pelo llevaba unas greñas astrosas solo por el pánico de pensar en la chapa que me iba a meter el peluquero de lo revuelto que estaba el vestuario del Madrid y de la mierda de pensión que le iba a quedar cuando se retirara. Los chinos respetan el silencio del cliente. ¡Ojalá pronto tomen el sector de los taxis!

Otro de sus fuertes es la paciencia. Cuando entras en una tienda no te atosigan. Les da igual que te tires una hora brujuleando entre los pasillos para acabar comprando una tijerita para recortarte la perilla. Saben que la próxima vez te llevarás también el cortauñas. No tienen prisa, son imbatibles. Al fin y al cabo, se tiraron dos mil años para levantar una muralla que no impidió ninguna de las grandes invasiones, y cuando nadie le encontraba utilidad resulta que es el principal atractivo turístico del país, una fuente de divisas y el símbolo nacional.

La eficiencia es su mejor aptitud. Al servicio del cliente, sin interrupciones publicitarias ni descansos para el bocadillo o para el almuerzo, sin día del patrono local o autonómico, ni "cerramos por defunción" (la leyenda urbana reza que a los chinos no les entierran). Toda la familia al tajo. "Ya, ya, eso se llama explotación laboral", me dirán. Pero ya les he avisado de que solo soy un paseante, no un inspector de Trabajo.

Los chinos han logrado la cuadratura del círculo. El régimen oficialmente comunista más populoso de la historia ha llevado el capitalismo a su máxima expresión. Donde nuestros gobernantes promulgan ordenanzas absurdas para prohibirlo todo, ellos ponen su liberalismo salvaje al servicio del pueblo llano que las sufre. ¿Por qué tiene que estar prohibido comprar en una tienda una lata de cerveza a las 22.01 horas y es legal tomarte tres cajas de whisky hasta la madrugada en el club de putas de enfrente?

Los chinos, laxos con las ordenanzas, han facilitado la pervivencia del botellón, el reducto de ocio de los que no tienen ni dinero ni futuro. Los chavales ya ni siquiera van a la tienda. Los chinos les llevan el hielo, los vasos y la bebida al parque o a la plaza. El cliente, lo primero.

Con primarias o sin ellas, yo no pienso votar hasta que no haya un candidato chino. Un alcalde chino sería ideal. Seguro que al menos pone cambio en los parquímetros y deja abiertos los bares y las tiendas hasta al amanecer.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de agosto de 2010