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sábado, 13 de marzo de 2010
Crítica:LIBROS | Narrativa

Utopía cibernética

"Una red infinita de pantallas, eso es nuestro mundo", "una red sin centro y por tanto sin Dios", dice uno de los personajes de la novela Los muertos, de Jorge Carrión: un complejo y articulado objeto literario.

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Estamos en Nueva York en 1995, en un callejón sombrío encajonado entre grandes bloques de edificios. Un hombre desnudo en posición fetal. Nada sabemos sobre él -ni él mismo lo sabe- sino su apodo: el Nuevo. Tres cabezas rapadas se aproximan a su cuerpo inerme y le propinan una brutal paliza a modo de bienvenida. Alguien -el Viejo- le ayuda a levantarse y le da momentáneamente abrigo. La víctima es uno de los numerosos aparecidos que acaban de "materializarse" en la ciudad y suscitan el rechazo de la población nativa. Pronto le seguirá otro: el cuerpo también desnudo de un adolescente. La secuencia se corta cuando dos individuos con bates de béisbol se dirigen hacia él. A continuación, una mujer asimismo desnuda y trémula, siempre en posición fetal, será violada por los tres cabezas rapadas. Poco a poco el lector (y telespectador) verifican que la encarnación repentina de nuevos seres ignorantes de su pasado y sin una identidad comunitaria precisa es percibida por los demás ciudadanos como una plaga. Quienes no tienen la suerte de integrarse en algún núcleo familiar acuden a los ya atestados Centros de Acogida y quieren contactar con el adivino que les ayudará a descubrir quiénes fueron en otra vida y a forjarse la identidad que ansían. Todo ello sucede a un ritmo veloz, en el que los personajes cambian de un párrafo a otro, mediante frases cortas, casi telegráficas.

Los muertos Jorge Carrión

Los muertos

Jorge Carrión

Mondadori. Barcelona, 2010

176 páginas. 16,90 euros

Mundialización, angustia identitaria, venganza de los particularismos que hoy nos afectan son tratados de manera oblicua

Al fin de la Primera Parte de Los muertos, los comentarios eruditos de una licenciada en estudios audiovisuales publicados en The New Worker del 1 de agosto de 2011 (el subrayado es mío), nos revelan que cuanto acabamos de leer (y de ver) es una teleserie del mismo título que bate todos los récords de audiencia. Una teleserie que ha saqueado y digerido los componentes de infinidad de filmes y telenovelas, incluidos personajes, escenas y tramas argumentales en virtud de un ars combinatoria de ingredientes de toda índole tomados de la narrativa universal. El análisis de dicha superserie será a su vez el origen de Mypain.com, la web patrocinada por la productora de Los muertos con el propósito de crear un mundo virtual absoluto en el que los difuntos personajes novelescos, cinematográficos, televisivos, etcétera, puedan resucitar y encarnarse en quienes lo deseen y dispongan de medios económicos para adquirir su exclusiva. A través de una red de comentarios y reflexiones en torno a "la memoria de los muertos de la ficción" y "la de aquellos que han sido ficcionalizados tras su muerte", Jorge Carrión nos va desgranando las claves de las misteriosas "materializaciones" de la teleserie neoyorquina:

"De ese modo, se desvela un fenómeno universal: todo personaje de ficción tiene uno o más modelos, conscientes o inconscientes, tomados de la vida real. Esa hipótesis ha llevado a la idea de que el cuerpo en que se encarna un personaje de ficción tras su muerte en la obra que fue engendrado se corresponde -en el mundo de la teleserie- con la imagen física de la persona real que actuó como modelo de los creadores".

En la Segunda Parte, el novelista da una vuelta más a la tuerca del artefacto literario que está creando. Estamos otra vez en Nueva York, pero en 2015. La escena inicial del callejón es la misma, pero el cuerpo desnudo, en posición fetal, del Nuevo es el de un negro. A la agresión de que es objeto por parte de los tres cabezas rapadas responde con puñetazos y patadas hasta ponerlos en fuga. En las siguientes secuencias reaparecen personajes de la Primera Parte, angustiados por la pandemia que se abate sobre la ciudad: las desapariciones -desintegraciones súbitas- como reverso de las "materializaciones" de la anterior teleserie. Los habitantes, presa del pánico, buscan su pertenencia comunitaria en las personas con quienes compartieron su otra vida y que puedan orientarles sobre su verdadera identidad. Mundialización, angustia identitaria, venganza de los particularismos que hoy nos afectan son tratados así de manera oblicua. Adivinos, mafias, grupos terroristas, avance imparable de la pandemia desintegradora, entretejen una pesadilla recurrente. "La ciudad", dice el autor de la teleserie o de "los autores que sobre este caso escriben", "parece más virtual que nunca, más maqueta o videojuego o construcción tridimensional que nunca". Los neoyorquinos han huido, Manhattan está desierto, ni un solo peatón discurre por la Quinta Avenida. "Una red infinita de pantallas, eso es nuestro mundo", dirá un fugitivo. "Una red sin centro y por tanto sin Dios". Sin autor omnisciente y ubicuo, añadiré yo.

La utopía cibernética de Carrión no guarda relación con las de Wells, Huxley u Orwell. Sus conexiones se establecen en lo que llama la narrativa del rescate, la "de las novelas y películas que resucitan de su muerte ficcional o los exterminados de la ficción universal". Buen lector (y telespectador y cibernauta), Carrión sabe que toda obra nace en un mundo poblado de obras de cuya existencia se alimenta y a las que prolonga y modifica. El ciberespacio abre posibilidades infinitas de adaptación de lo reciclable en todos los campos de la narrativa y lo audiovisual. Los muertos puede ser vista como un videojuego o leída como un complejo y articulado objeto literario. Inútil decir que, sin descartar la primera opción, me inclino a la segunda por razones de educación y de edad.

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