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viernes, 15 de enero de 2010
Reportaje:

Una biografía de canción y palabra

Víctor Manuel emociona con un recorrido por su vida a través de la música

Cuarenta y pico años de canciones dan para mucho. Incluso para escribir alguna francamente mala, como su firmante ha venido reconociendo estos días atrás. Pero también para que al menos dos docenas de ellas hayan encontrado acomodo entre los pliegues de la memoria colectiva y vayan a permanecer allí hasta mucho después de que se desvanezcan nuestros recuerdos individuales. Es éste motivo de orgullo legítimo y hace bien su autor, Víctor Manuel San José, en reivindicarse a través de sus criaturas musicales con un espectáculo, Vivir para cantarlo, que arrancó anoche y permanecerá hasta el domingo en el Teatro Bellas Artes.

Constituye el recital una defensa de la música y la palabra como valores esenciales, abrazados por una mutua dependencia particularmente gozosa. Música, palabra y poco, muy poco más. Víctor viste de negro riguroso; se planta en el centro del escenario con el solo resguardo de su guitarra y un foco cenital, a la manera de trovadoresca, y desgrana una biografía que, en su caso, puede recorrerse con nitidez a través de las partituras.

A los 62 años, el cantautor sigue siendo un estupendo contador de historias

A partir de la segunda pieza, Un cura de aldea, ingresan en escena sus únicos compañeros de expedición, dos chavales jóvenes: el guitarrista Ovidio López y su propio hijo, David San José, sentado al piano. Agudo guiño intergeneracional de quien ha mamado la tradición oral y sabe que la sabiduría es un tesoro demasiado precioso como para consentir que el olvido la arrumbe sin remisión.

Ha sido Víctor siempre un hombre de adhesiones inquebrantables y detractores furibundos, como acostumbra a suceder en este país a todo aquel que sobrepasa los preceptivos quince minutos de celebridad. Sus antagonistas le han afeado hasta la náusea ciertos pecados de juventud, pero sólo desde la ignorancia o la cerrazón se puede negar la estatura poética de composiciones como María Coraje. Aún hoy, su creador se emociona recordando aquel episodio: la abuela que se encara a la Guardia Civil para limpiarles la costra de sangre a dos chavalines acribillados a balazos. En épocas particularmente difíciles, San José supo erigirse en cronista de acendrada conciencia social y propagador de una asturianía humilde, cordial y preñada de un orgullo hospitalario.

¿Asturias, hemos dicho? Como buen hijo del Principado, Víctor Manuel sigue siendo, a sus 62 años, un estupendo contador de historias. Lo demuestra entre canción y canción con unos soliloquios emocionantes, confesiones a media luz que abarcan desde la intrahistoria familiar a la receta añeja de las patatas a la importancia, las caricias furtivas bajo los auspicios de Brigitte Bardot, la irrupción del amor torrencial ("yo quería ser como ella, como Ana") o el arrojo de llamar a las cosas por su nombre en tiempos en que sólo se podía soñar entre líneas.

Víctor tiene cosas que contar, y que cantar, y lo hace desde la desnudez. A calzón quitado. Sin apenas ropaje instrumental, con una silla y una butaca por toda escenografía (obra de José Carlos Plaza), hablando a través de un discreto micrófono de diadema para que nadie se interponga entre sus labios y las primeras butacas. Alguno, sobre todo alguna, se hinchó a llorar durante las dos horas y media de versos y confesiones. Efectos saludables de una comunicación franca, directa y hermosa a cargo de un hombre que, tantas primaveras y canas después, pese a quien le pese, sigue siendo un estupendo relator de la vida.

Víctor Manuel conmovió al público con el espectáculo Vivir para cantarlo.

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