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Crítica:LLAMADA EN ESPERA

Neruda, coleccionista de conchas

Hacia 1960 el poeta norteamericano William Carlos Williams, ya mayor, casi ciego, escribe un bellísimo poema dedicado a Pablo Neruda, coleccionista de conchas, las que iba recogiendo en "sus playas natales" hasta ser dueño del segundo conjunto más grande del mundo. En los versos Williams cuenta cómo, igual que le ocurrió a la madre en los últimos años de su vida al haber perdido la vista, "los sueños sustituían a la visión". Se trata de un extraño testimonio, de poeta a poeta, con una historia posterior llena de vicisitudes. De hecho, Williams se lo entrega a José Vázquez-Amaral, con el fin de que lo haga llegar a Neruda, y éste hace depositario del encargo a otro amigo que consigue llevar la empresa a buen puerto con motivo de una visita del chileno a Nueva York.

Es el relato de tan accidentado trayecto, de un poeta a otro, lo que trae a la memoria de los lectores antiguas ficciones de interminables viajes, los de misivas en una botella que trasladan noticias hasta la costa, sí, pero a una costa a menudo equivocada o en un tiempo fuera del tiempo. Es el tacto de las conchas, ese mirarlas con las manos, escucharlas muy pegadas al oído, lo que nos hace pensar en formas alternativas de visión, las que con frecuencia olvidamos ofuscados por el poder de los ojos.

Ahora las conchas de Neruda, algunas de ellas al menos, pueden verse en el Instituto Cervantes de Madrid. Al entrar nos reciben las olas de Pacífico, muy tenues, deliciosas en su incongruencia a trasmano en el antiguo banco, sueños de grandeza demasiado grandes para algo, en el fondo, tan modesto como las palabras, la lengua y los lenguajes, que necesitan más bien de apenas poco, un lugar recóndito. Esas olas rompiendo en la playa imaginaria llaman la atención en lo discreto de su sonido, como siempre el mar, que mantiene al espectador en vilo. A un lado, orilla inesperada, las tumbonas invitan a un descanso estival. Fuera llueve y en esa mañana de puente parece que el cielo anda llorando.

Las conchas intensísimas han sido expuestas como tesoros delicados en vitrinas con forma de espiral. Deben ser exquisitas más allá de la belleza de sus formas, pues algunos hacen fotos tras el ojo de experto. Otros vagamos sin orden entre las caracolas humildes de la costa chilena, las de pinchos de Costa Rica, las nacaradas de Japón, las grandes, las pequeñas, las rojas, blancas, más oscuras... Vagamos en busca de otro tiempo, el del oleaje del Pacífico de aquel día soleado del verano austral, en la casa de Neruda en Isla Negra -con cada cosa intacta como a punto de echar a vivir-. Regresa a la memoria, a bocanadas, el trayecto chileno, las colecciones del poeta, la tabla que trajeron las olas y que luego fue mesa, los mascarones de los barcos, las botellas del bar y el mar a cuatro pasos tan dramático y siempre. El regreso a Santiago, en auto, llegar con la tarde vaciada en los Andes que lo llenaban todo, de pronto, de esa eterna nostalgia chilena que me ha asaltado esta mañana madrileña frente al documental del poeta que nadie mira, entretenidos todos entre el fabuloso regalo de la playa. Quizás la pasión por las conchas no es sino la sagrada nostalgia del mar, igual que la pequeña colección de mi madre, melancolía particular de unas Filipinas siempre soñadas que le hablan bajo desde otro tiempo.

Cruzo hacia Casa de América, no lejos del Cervantes, para huir de la lluvia y soñar de nuevo con Valparaíso. Veo, también yo, un rato al menos, con los ojos de la imaginación, los de océano. "¿Ahí está el mar? Muy bien, que pase", escribe Neruda. Sí, que pase.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de diciembre de 2009