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sábado, 10 de octubre de 2009
El Nobel de la Paz

Un premio al liderazgo de EE UU

El galardón reconoce el compromiso de Obama por el diálogo internacional y el desarme nuclear - El comité noruego evoca los casos de Gorbachov y Brandt

La concesión del Nobel de la Paz a Barack Obama por sus esfuerzos a favor de la diplomacia multilateral y el desarme nuclear eleva aún más las expectativas sobre su presidencia y su responsabilidad personal en la transformación del mundo que conocemos. Obama aceptó ayer esa pesadísima carga al declarar que entendía la concesión del prestigioso premio como "una llamada a la acción", un estímulo para hacer frente a conflictos que desangran a la humanidad desde hace décadas y a las nuevas amenazas. Nunca antes, la concesión del Nobel había sido la expresión de una esperanza. La misma que aupó a Obama a la presidencia de EE UU en noviembre pasado y la misma que lo ha convertido en el mayor símbolo del cambio hacia un futuro mejor.

"No merezco estar en compañía de tantas figuras transformadoras"

El premio llega cuando en EE UU se critica el acierto de sus decisiones

Aunque el comité noruego que decide el premio explicó en Oslo su decisión como un respaldo "a lo que ha defendido y al proceso positivo que ha puesto en marcha", sólo la esperanza puede justificar esta monumental distinción a un hombre que sólo lleva nueve meses en la Casa Blanca y que, por tanto, no ha cosechado aún méritos suficientes.

Obama reconoció ayer con humildad su corto historial y quiso extender el reconocimiento al papel que Estados Unidos puede jugar en esta época post-George Bush en el fomento de una convivencia internacional basada en el respeto, el diálogo y la cooperación. "Siento que no merezco estar en compañía de tantas figuras transformadoras que han sido honradas con este premio", manifestó.

Este galardón constituye, seguramente, un orgullo para millones de compatriotas que tienen que remontarse hasta 1919 para encontrar al último presidente, Woodrow Wilson, que lo recibió durante su mandato -antes lo había ganado Theodore Roosevelt, en 1906, y después, ya fuera de la Casa Blanca, lo obtuvo Jimmy Carter en 2002-. Pero eso no significa que el Nobel no deje fríos a otros muchos millones de norteamericanos indiferentes a la opinión extranjera ni que esto sea una patente de corso para el resto de su gestión.

Al contrario. El premio le llega a Obama cuando, dentro de Estados Unidos, empieza a cuestionarse seriamente el acierto de sus principales decisiones, tanto internacionales como domésticas, y cuando su popularidad, hoy ligeramente por encima del 50%, empieza a decrecer. Pasado el furor de las primeras horas, con toda probabilidad esta distinción será utilizada por sus rivales para acentuar las críticas sobre la pretendida vanidad de un personaje al que se acusa de que, a medida que crece como estrella mundial, se despega más de las preocupaciones del ciudadano común. Hasta tal punto, que el portavoz de la Casa Blanca, Robert Gibbs, ya tuvo ayer que responder a preguntas sobre si Obama había considerado la posibilidad de renunciar al galardón.

Tratando de anticiparse a todo eso, el presidente declaró que no interpreta el Nobel como un reconocimiento a sus propios logros sino como "una afirmación al liderazgo norteamericano". Precisamente de la pérdida de ese liderazgo le acusan sus críticos. El último ejemplo fue la derrota de la candidatura de Chicago para la celebración de los Juegos Olímpicos. Y, en áreas más delicadas, Obama es acusado por la oposición de abandonar a los aliados y no plantar cara a los enemigos.

En ese sentido, este premio puede ser útil frente a esas críticas como refrendo de la política que Obama trata de desarrollar. Así lo entiende por lo menos el comité del Nobel, cuyo presidente, Thorbjoern Jagland, comparó ayer este galardón con el que, en su día, se otorgó a Willy Brandt o a Mijaíl Gorbachov con el ánimo de impulsar la ostpolitik y la perestroika.

Obama ratificó ayer, en su comparecencia en la Casa Blanca, el pensamiento por el que ha sido laureado. El primero, el de una diplomacia multilateral. "Los desafíos actuales no pueden ser afrontados por un líder o una nación sola", dijo. "Mi Administración trabaja para establecer una nueva era de compromiso en la cual todos los países asuman su responsabilidad en el mundo que se pretende construir".

El segundo pilar de la política exterior premiada en Oslo es el del desarme y la no proliferación: "No podemos tolerar un mundo en el que las armas nucleares se extiendan a otras naciones y en el que terror de un holocausto nuclear amenace a más personas. Por eso hemos empezado a dar pasos concretos hacia un mundo sin armas nucleares".

Frases similares pueden ser pronunciadas por cualquiera sin más valor que el de la bella retórica. Obama, en cambio, es el presidente de Estados Unidos, y cuenta con los instrumentos para cumplir con sus promesas, al menos parcialmente. El Nobel viene a ser un instrumento más que se le concede a un hombre ya poderoso para lidiar con asuntos como el programa nuclear de Irán, la guerra de Afganistán, la retirada de Irak, el conflicto de Oriente Próximo, el desarrollo de África, la extensión pacífica de la democracia y la convivencia en términos de colaboración con otras potencias mundial, especialmente China.

Este galardón es, en cierta medida, un mensaje de la comunidad internacional a Estados Unidos sobre el camino que desea que este país siga. Es un premio, no a lo que Obama ha hecho -excepto las medidas contra las torturas y algunos pequeños avances en relación con Irán, Cuba o Rusia- sino a lo que Obama ha dicho que va a hacer. Y es, quizá por encima de eso, un premio a todo el país por haber puesto fin a la etapa de Bush y haber elegido al primer presidente negro. Estados Unidos es ahora un país popular. Una reciente encuesta del Instituto Pew señalaba que, incluso en países tan anti norteamericanos como Turquía, España o Francia, el porcentaje de personas con un punto de vista favorable al presidente norteamericano había ascendido un 20% o un 30%. El Nobel viene a ratificar esa opinión. Tal vez con ciertas sospechas y desconfianza de parte de algunos estadounidenses, que tienden a pensar mal de los elogios extraños. Pero, al mismo tiempo, como un anuncio del papel que Obama puede ocupar en la historia.

Otros premios Nobel a políticos

Barack Obama es el cuarto presidente estadounidense que recibe el Nobel de la Paz. Es el tercero al que se le otorga en ejercicio tras Theodore Roosevelt, en 1906, y Woodrow Wilson, en 1919. Jimmy Carter, lo recibió en 2002.

- 1973. Henry Kissinger, Le Duc Tho. Los negociadores que terminaron la guerra de Vietnam.

- 1978. Anuar el Sadat, Menájem Begin. Por la firma de la paz entre Egipto e Israel.

- 1983. Lech Walesa. Líder del sindicato Solidaridad. Por su lucha para conseguir el derecho de sindicación en la Polonia comunista.

- 1987. Óscar Arias Sánchez. Por sus esfuerzos para pacificar América Central en una década de guerras civiles.

- 1990. Mijaíl Gorbachov. Por su papel de líder en el final de la guerra fría y la caída del Muro.

- 1991. Aung San Suu Kyi. Por su lucha por conseguir la democracia en Birmania.

- 1993. Nelson Mandela, F. W. de Klerk. Por terminar de manera pacífica con el apartheid en Suráfrica.

- 1994. Yasir Arafat, Simón Peres, Isaac Rabin. Por los Acuerdos de Oslo para la paz en Oriente Próximo, primer paso a una paz que aún no ha llegado.

- 1998. John Hume, David Trimble. Por sus esfuerzos para conseguir una solución pacífica al conflicto de Irlanda del Norte.

- 2001. Kofi Annan y la ONU. Por su trabajo para conseguir un mundo más organizado y pacífico.

- 2002. Jimmy Carter. Ex presidente de EE UU. Por su esfuerzo para resolver conflictos internacionales.

- 2008. Martti Ahtisaari. Ex presidente de Finlandia. Por 30 años de mediaciones en conflictos internacionales.

Barack Obama, durante una rueda de prensa celebrada tras la cumbre del G-20 celebrada en Londres en abril. / AFP

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