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crisis desde mi terraza

PAGAFANTAS

Este verano se estrenó, por fin, Pagafantas. Digo por fin, no por la calidad de la película, sino porque ya era hora de que el cine prestara atención a este personaje clave en la sociología moderna. El pagafantas se podría definir como el compañero fraternal de toda chica, ese "nada más que un amigo" que nunca se comerá una rosca aunque se pase el día atendiéndola y ofreciéndole consuelo afectivo. Casi todos hemos sido pagafantas alguna vez. Es más, hay millones que no han sido otra cosa hasta que se resignan y se consagran a la soltería o al casorio convencional, con esa a la que nunca le pagaron ni una bolsa de pipas, porque la pobre estaba tan descolgada como ellos y encima les quería.

Los pagafantas no salen en las estadísticas. A nadie le gusta reconocer que es un paria del sexo, literalmente un intocable. Las chicas los ven únicamente como lacayos receptivos, alguien a quien contar sus penas, las que les causa otro, por supuesto, un canalla sin corazón que las hace sufrir a lo Cumbres borrascosas. No como el pagafantas, que es todo corazón, pero un corazón eunuco, un mero escuchador sin derecho a roce ni a piquito, que debe conformarse a lo sumo con una caricia tipo perrillo faldero o a un beso casto y de soslayo como el que se da en un funeral a una tía solterona.

Quiero dejar bien claro que no siento pena alguna por ellos. El pagafantas no es sólo un memo y un pringao. Es un indigno de género, un sujeto que avergüenza y desprestigia a toda la masculinidad al difundir con su mal ejemplo que siempre habrá hombres que por una mujer están dispuestos a todo por nada, a escuchar, a invitar y a dejarse manipular como una palanca, con tal de alimentar su quimera romántica.

De hecho, el pagafantas no es un hombre sino un hombro, un apéndice dócil en el que se apoya la amiga, un confesionario ambulante para purgar las penitencias que les causan siempre otros, los guapos, los gallitos, los que sí tienen falo. Y además es irredento. Siendo adolescente paga fantas y espera el milagro. Luego envejece y se convierte en pagaMahous y, más tarde, en pagaJB, y sigue esperando.

Hace tiempo, un cínico seductor amigo, alarmado por mi pagafantismo rampante, me aconsejó que no me anduviera con rodeos, y que si la fémina me negaba la pasión amorosa al principio, respondiera con la burla en lugar de insistir con el vasallaje. "En la primera cita con una mujer, o le metes o le sacas la lengua", resumía. Tomen nota los ilusos o háganse devotos de Onán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de agosto de 2009