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Reportaje:EL ARCHIVO SECRETO DE NEGRÍN

La última palabra de Juan Negrín

Le atacaron los vencedores y también los vencidos. Le llamaron desde el Churchill español a vendido a la URSS. Medio siglo después de su muerte, Juan Negrín habla desde el archivo de quien fue el último jefe de Gobierno de la II República

Hace 52 años murió en París un hombre tan deprimido que pidió que en su lápida no escribieran su nombre. Se llamaba Juan Negrín López y había sido el último jefe de Gobierno de la II República española. Sólo su hijo Rómulo y dos amigos íntimos asistieron al entierro. Nadie más acudió porque aquel hombre derrotado que quiso pasar eternamente desapercibido también había dado instrucciones a su familia para que esperara 48 horas antes de comunicar su fallecimiento. En su casa, el dirigente republicano más controvertido había dejado a medias unas memorias iniciadas muchos años atrás, y decenas de documentos que desmontaban muchas de las leyendas negras que vencedores y vencidos habían vertido sobre él y que provocaron su expulsión del partido socialista. Su nieta, Carmen Negrín, ha enseñado a EL PAÍS ese archivo con dos condiciones: que no se revele la ciudad donde está -"Por razones de seguridad. Podrían venir a robarlo, o a quemarlo, quién sabe"- y que la referencia sea Archivo J. N. L. "Sólo J. N. L.", insistió. Son las tres únicas letras que se leen en la lápida de Juan Negrín López.

En los mapas de guerra que recibía cada día desde el frente leyó la lenta agonía del ejército republicano

Entre la documentación, figuran los juicios a desertores y cartas de sus padres pidiendo que les perdonen la vida

Murió sin terminar un capítulo de sus memorias titulado "La famosa cuestión del envío del oro"

Rechazó un cuadro de Picasso por demasiado moderno, pero quiso aprender chino y árabe, "los idiomas del futuro"

En el sótano de una casa de varios pisos, bajando unas escaleras y al final de unas galerías abovedadas que recuerdan a los refugios de guerra de las películas, cerrado con llave, está el Archivo J. N. L. Hay múltiples paquetes de documentos. Uno atado con un lazo de los colores de la República en el que se lee "Reservado". Otros muchos envueltos en papel de periódico de 1939. Dentro, documentación oficial, correspondencia personal, textos y fotografías que Juan Negrín (Las Palmas, 1892-París, 1956) quiso conservar durante toda su vida. Y cientos de libros: en idiomas muy diferentes -"El abuelo hablaba diez", presume Carmen Negrín. "Cuando murió, en 1956, estaba aprendiendo chino y árabe porque decía que eran los idiomas del porvenir", añade-. Los libros no son novelas. Hay decenas de tomos sobre Política exterior en la prensa franquista, espionaje y manuales para traducir mensajes cifrados -"De pequeños, a mi hermano y a mí nos fascinaban las historias de tinta invisible que nos contaba"-.

Y entre todo eso, documentos que prueban que el envío del oro de la República a Moscú no fue un capricho de Negrín para complacer a los rusos, como le acusó un sector del partido socialista, sino una decisión del Consejo de Ministros del 6 de octubre de 1936. O que aquel esfuerzo titánico, nunca comprendido por su ministro de Defensa, Indalecio Prieto, de resistir hasta el final de la guerra, obedecía a la información que le transmitían desde Alemania antiguos compañeros de estudios sobre la inminencia de una Segunda Guerra Mundial y su convencimiento de que, en esa lucha de las democracias contra el fascismo, las potencias que no habían querido ayudarle a luchar contra Franco, convertidas en aliadas, les harían vencedores.

Su nieta, Carmen Negrín, se jubiló prematuramente sólo para entrar en ese archivo, empezar a leer y descubrir al hombre de Estado que había sido "el abuelo" -"De pequeña, oía que la gente que venía a casa le decía 'señor presidente', y yo pensaba, ¿presidente de qué?"-. Está decidida a rehabilitar la figura de su abuelo -"Era una persona tan diferente de lo que se ha dicho de él..."- , y concluir la tarea que dejó a medias; recordar, sin elipsis malintencionadas, cada paso que dio como último jefe de Gobierno de la República, y publicar, sin interferencias, de su puño y letra, las memorias en las que Juan Negrín explica los motivos que le llevaron a tomar unas decisiones y descartar otras.

Carmen confiesa que aún no ha sido capaz de ver todos los documentos. No sólo por el volumen del archivo. "Es difícil leer a posteriori, sabiendo el final. Sabiendo que termina mal. Inevitablemente, te pones en el lugar de las personas que le escribían y de él mismo. Y es duro. Hay unas cartas dramáticas del presidente del Gobierno vasco diciéndole que se han quedado aislados y que necesitan gente, armas, dinero, comida... en un momento en que ya era imposible satisfacerle. Hay expedientes a desertores, para los que sólo había un castigo, plagados de notas al margen del abuelo, intentando, estoy segura, salvarles la vida, porque para entonces ya sabría que la guerra iba a terminar y no tenía sentido matar a más gente. Probablemente haya personas que piensen que sus familiares murieron heroicamente en el frente, cuando fueron juzgados como traidores por haber intentado huir. Tendrán que afrontar eso. El abuelo debió de sufrir mucho. Él era médico. Un hombre de vida, no de muerte".

Antes de ingresar en el PSOE, en 1929, y ser diputado durante tres legislaturas, Juan Negrín había sido un brillante científico, maestro del Premio Nobel Severo Ochoa. Le esperaba una prometedora carrera como investigador, una vida cómoda. Pero eligió otra. Nunca tendría tiempo de disfrutar de esa vocación política. Llegó muy lejos en muy poco tiempo: fue ministro de Hacienda, de Defensa y jefe del Gobierno, pero lo fue al principio, durante y al final de la Guerra Civil, lo que convirtió para siempre al doctor Negrín en el retrato del gran perdedor de la contienda.

Su archivo personal es la historia de esa derrota. Contiene los mapas de la guerra que recibía cada día desde los frentes de batalla. Hechos en papel cebolla, a color y con la aplicación de un estudiante de matrícula de honor, son estéticamente tan hermosos como dramáticos, porque en ellos el jefe del Gobierno republicano sólo pudo leer el avance de las tropas franquistas, la evolución de una lenta agonía. En ese archivo, figuran también los telegramas que jamás sirvieron para dar una buena noticia. Como éste: "Resultado de los bombardeos hasta las 17.30. Sitios donde han caído bombas: calle Nueva de la Rambla 98. Paseo de San Juan frente al 104. Hotel Colón. Banco Comercial. Paseo de Gracia. Calle de Talleres. Calle de la Provenza 365 y 380. Plaza de Tetuán. Paseo de Gracia frente al Socorro Rojo, Balmes entre Diputación y Cortes. Cortes entre Rambla de Cataluña y Balmes. Calle de Bárbara Chaflán. San Ramón. Teatro Novedades. Los muertos y heridos, sin contar los del último bombardeo, son 270 muertos y 350 heridos. Posteriormente dicen hasta la hora presente hay 400 muertos. 17 de marzo 1938".

Recibía varias veces al día telegramas con la relación de víctimas. Concretamente, éste venía acompañado por fotografías de los cadáveres de un grupo de niños que murieron en un bombardeo antes de que les terminaran de salir los dientes; una de esas fotos se reproduce en estas páginas.

Hay informes a diario de los bombardeos. En ellos se ve la desproporción de fuerzas entre los dos ejércitos y sus apoyos. "Por eso es tan difícil de leer", explica Carmen Negrín. "Se ve la esperanza que había al principio, la voluntad de resistir... y documento a documento, cómo ese espacio para la resistencia se va achicando y achicando...".

Prieto atribuyó el empecinamiento de Negrín en resistir a toda costa los ataques de un ejército abismalmente superior a una mano negra que le manejaba desde la URSS, y dedicó los años que siguieron a extender esa tesis hasta provocar la expulsión de Negrín del partido socialista en 1946. Hace apenas cuatro meses el PSOE lo reintegró simbólicamente en sus filas en su 37º congreso.

"Prieto promovió la división entre socialistas", asegura Carmen Negrín. "Expulsarle del partido fue una pequeña mezquindad por su parte. [Negrín] nunca habló mal de él, pero sí con dolor. Le hizo muchísimo daño y lo comprendí muchos años después, cuando leí las cartas que intercambiaron, en las que el abuelo intenta explicarle, hacer que entendiera por qué lo destituyó como ministro. No fue posible. Prieto rehuyó siempre el diálogo". "Algunas de esas cartas llegaron a los campos de refugiados y debieron desmoralizar mucho a la gente".

En sus memorias, Juan Negrín dedica varios capítulos a Prieto, su mentor, y a la mentira de la que éste se había convencido. Algunos no llegó a escribirlos, pero los dejó enunciados, en una especie de cuestionario elaborado en tercera persona que él mismo debía ir contestando: "Como presidente del Consejo y ministro de Defensa, cuáles fueron sus relaciones con los rusos", se titula uno. "Relevo de Prieto en el Gobierno", dice otro. "Esfuerzos para intentar evitar la ruptura con Prieto". "Relación con los comunistas bajo la presidencia...".

En aquellas memorias que no terminó, Juan Negrín quería explicar, ante todo, que sus decisiones, equivocadas o no, habían sido autónomas. Que los rusos fueron, en aquel momento, los únicos dispuestos a ayudar. Que envió a su hombre de confianza, el prestigioso médico Rafael Méndez, a comprar armas a EE UU, sin éxito. Que pidió ayuda a Inglaterra y tampoco se la dieron. Que sólo Francia prestó un poco de ayuda al principio. "Ninguno fue muy valiente", explica su nieta. "Inglaterra pensaba que satisfaciendo a Alemania tendrían tranquilidad, cuando Alemania, como sabemos, era insaciable. Inglaterra sacrificó a España con ese temor. Fue una cobardía que luego les saldría muy cara. México estaba dispuesto a aceptar el oro de la República pero estaba muy lejos y era peligroso. Rusia era la única opción". Hacían falta armas y comida. Se gastó todo. De hecho, el último envío de ayuda de Rusia es ya un préstamo. No fue a cambio de oro. "Y a los rusos también hay mucho que reprocharles porque marcaban un precio muy por encima del mercado a cambio de aviones viejos. El abuelo lo sabía".

Lo sabía y empezó a escribirlo en sus memorias, aunque nunca terminara un capítulo que él mismo había titulado "La famosa cuestión del envío del oro. Destruir la leyenda de que todavía hay en Rusia un tesoro de la República". Y otro que prometía: "Caso Nin, que es el que más se ha explotado para decir que la justicia comunista tenía cheque en blanco del Gobierno". Según su nieta, en él Negrín relata cómo le habían hecho creer que a Nin "ya lo habían liberado cuando ya lo habían asesinado, en contra de su voluntad y de sus órdenes".

En ese índice de temas que Negrín pretendía abordar también se incluye "Viajes, en lo que quepa ser revelado a Moscú, París", "Posibilidades de una política de resistencia en la zona centro después de la pérdida de Cataluña" o "Cómo reconstruir la democracia en España". Negrín tenía ya el visto bueno de una editorial americana para publicarlas, pero quería hacerlo después de su muerte. Será su nieta quien lo haga "próximamente".

De momento, el Archivo J. N. L. ya ha iniciado el viaje de regreso a España, como parte del proceso de rehabilitación de la figura de Negrín. El cabildo de Las Palmas ha cedido un antiguo cuartel militar para convertirlo en un museo dedicado a su memoria. "Hemos empezado a digitalizar todo el material para enviarlo allí y que pueda ser consultado", explica Carmen Negrín. "Me gustaría que el centro tuviera un par de habitaciones para que los investigadores puedan quedarse a dormir mientras trabajan. Son miles de documentos. Necesitarán tiempo". Hasta ahora, sólo historiadores como Gabriel Jackson o Ángel Viñas han podido acceder a algunas partes de ese archivo antes de escribir sus libros sobre la Guerra Civil o la Segunda República.

El archivo revela que la gran preocupación de Juan Negrín era preservar el Estado para que, pasara lo que pasase en el frente, la República no se diluyera. Un Estado se basa en leyes, normas, su historia, y todo eso son papeles. Juan Negrín era muy consciente de ello. Y muy meticuloso. Todo quedó registrado. Hasta el último gasto. En la documentación hay facturas de municiones y de cenas... Tiene muchísimo mérito haber puesto a salvo toda esta documentación, y con ese orden, teniendo en cuenta que perteneció a un Estado cuya capital se desplazaba según avanzaban las tropas franquistas.

La nieta de Negrín explica que a los historiadores suele interesarles la parte del archivo que menos le interesa a ella, y viceversa. Lo dice justo antes de sacar de una maleta vieja que acaricia antes de abrir fotografías inéditas de mutilados acogidos durante la contienda en los castillos que la República había comprando en Francia. En ellas hombres ciegos por la guerra aprenden braille. Un joven sin piernas mira de frente a la cámara. Theodore Fried, el autor de la instantánea, escribe al pie de la fotografía: "García Suárez nos descubre su caja de Pandora: magníficos artilugios de marcha dignos de un ministro. García Suárez, cuando los amigos le ponderan las excelencias de las piernas ortopédicas, en el paroxismo de los elogios asegura que están fabricadas con un material antirreumático que quita las penas". Y es verdad, García Suárez mira de frente al fotógrafo y le sonríe.

En los castillos, que la República compró en Francia o que sus dueños cedieron temporalmente, los mutilados aprendían un oficio, a manejarse de nuevo en la vida. El régimen de Franco se quedó con aquellos castillos.

De la maleta, que Carmen Negrín no posa en el suelo en ningún momento, sale también una colección de dibujos infantiles y listados con nombres de algunos de sus autores. Son relaciones de los niños que acabaron en las colonias republicanas, una especie de orfanatos. "Es un documento terrible", dice Carmen. Y lee: "Teresa y Feli Lorenzo Varel, 8 y 12 años, sin familia. Carmen García Jiménez, 4 años, con madre. Juan Martín Barcena, 12 años, ignórase paradero de la familia. Hay hasta cinco niños de una misma familia, sin padres. Me pregunto muchas veces qué habrá sido de ellos".

Junto a la carta de un padre que se pregunta si Juan Negrín tiene hijos antes de rogarle que entienda su dolor "al sacrificar a mis seres queridos por la Patria, pudiendo quizás rescatarlos de sus garras", hay también en el Archivo J. N. L. un espacio, aunque minúsculo, para otras que provocan casi una sonrisa. Como la de un campesino que en plena guerra le escribe para quejarse de que su vecino le ha robado unas patatas.Negrín la conservó. Quizá porque aquella queja se parecía un poco más a las que reciben los gobernantes en un país en paz; justo lo que él querría haber sido.

En su vida personal también huboalgún error divertido e intrascendente, aunque saliera bastante caro. "Picasso quería regalarle un cuadro y dijo que no porque le parecía muy moderno", confiesa Carmen Negrín entre carcajadas. El mismo hombre que supo ver que el árabe y el chino eran "los idiomas del porvenir", se equivocó de plano con aquel moderno.

Después de haber mostrado el archivo, Carmen Negrín confiesa que su abuelo, en realidad, se resume en una frase de Albert Camus: "Fue en España donde los hombres aprendieron que es posible tener razón y aun así sufrir la derrota. Que la fuerza puede vencer al espíritu y que hay momentos en que el coraje no tiene recompensa. Esto es sin duda lo que explica por qué tantos hombres en el mundo consideran el drama español como su drama personal".

- Nueva biografía sobre Manuel Azaña. Páginas 16 y 17

El médico keynesiano

Para el historiador Gabriel Jackson, Juan Negrín fue "el más capacitado de los jefes republicanos socialistas. Sabía de economía. Era keynesiano, no marxista, y creo que fue el primer suscriptor que la revista The Economist tuvo en España. En los años 20 era ya un médico fisiólogo de fama internacional", explica. Con un pero: "No era buen orador".

Jackson asegura que indagar en la figura del último jefe de Gobierno de la República ha sido "la mayor aventura de su vida" y por eso su último libro, publicado esta semana, se titula Juan Negrín, médico, socialista y jefe del Gobierno de la II República española. "Me ha costado seis años terminarlo porque en el medio he sufrido varias enfermedades. Es mi último libro. ¡Los ojos no dan para más!", aclara el historiador, de 87 años, quien considera que el 90% de lo que se ha dicho sobre Negrín "es leyenda". "Creo que en sus últimos años tenía la sensación de haber fallado, de ser el jefe de Gobierno que había perdido la guerra y al que habían denostado incluso en su propio partido. Por eso no quiso estatuas ni que escribieran su nombre en su tumba", añadió.

Negrín también pidió que no le llevaran flores, una petición que su nieta desobedece cada año. "Cuando llego, siempre hay un ramo artificial con los colores de la bandera republicana sobre su lápida. Yo lo quito todos los años para poner las mías y al año siguiente, el ramo republicano vuelve a estar allí. No sé quién las pone, pero nunca falla. Es muy curioso porque encontrar la tumba es muy difícil". Su nombre no está en ella.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de noviembre de 2008

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