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sábado, 9 de agosto de 2008
Reportaje:La obra escogida

Territorios de persuasión

En The Waste Land, Juan Muñoz sintetiza el ilusionismo barroco y la desolación de la poesía moderna

"Somos los hombres huecos / somos los hombres rellenos / apoyados uno en otro / la mollera llena de paja. ¡Ay! / Nuestras voces resecas, cuando / susurramos juntos / son tranquilas y sin significado" (Los hombres huecos, 1925). Fueron probablemente estos versos de T. S. Eliot los que inspiraron a Juan Muñoz para crear sus celebradas Escenas de conversación, pobladas de personajes destinados a desvanecerse dentro de un saco de abultados silencios. Para The Waste Land (La tierra baldía), el artista madrileño siguió la estela del autor norteamericano en el poema del mismo título (1922) en cuyos versos las lilas de abril florecen en un paisaje de desolación y sequía espiritual. Un suelo óptico que dirige la mirada del espectador hacia una pequeña figura que nos observa desde la pared -un muñeco de ventrílocuo- nos habla de la pérdida, la desintegración, la esterilidad y de todas las enfermedades de la civilización moderna. La infamia genera complicidades hasta dejar el mundo reducido a una gran tumba desierta ("Veo multitudes de gente / dando vueltas en círculo...", escribió Eliot). Para combatirlas, el artista extrae de su imaginación los fermentos de la arquitectura barroca -Francesco Borromini- y el diario de la vida en la muerte de tantos hombres y mujeres para quienes la última salida se encuentra en la memoria colectiva de mitos y leyendas. También en el presente -fuera del tiempo- del amor.

Esta pieza, como toda buena obra literaria, resguarda de la ausencia. El arte es un territorio de persuasión, transfiere todo sentimiento al espacio, robándolo a la vida y dejándola aún más baldía. Un impúdico amor hacia la verdad se halla más allá de un suelo medido con una tenaz precisión. Creemos, aunque la realidad haya sido aniquilada por la violencia. Imaginarla se convierte en un acto de fe, no podemos hacer otra cosa que creer que existe, y eso nos permite recorrer, ilusos, un suelo de linóleo sin perder la certidumbre de que caminamos sobre nuestros zancos.

Al fondo, la voz de la abyección y la mentira permanece en silencio. El muñeco ríe -¿una frígida y desgarrada imagen del siglo XX?-, un gesto estridente de nuestro malestar sobre el matadero de la historia. El abismo bajo nuestros pies. En esa nada que se abre frente a nuestros ojos, nuestro paso es tan irrefutable como un río, el del "manso Támesis, / que ya no transporta colillas de cigarro / ni otras huellas de noches de verano. / Las ninfas se marcharon". La tierra baldía es, además del viaje del alma a través del desierto de la ignorancia, el poema más clamoroso sobre el derrumbe del ideal de la mujer.

Es probable que al final sepamos quiénes somos. En cualquier caso, la inclinación barroca de Juan Muñoz por las extravagancias y la magia puede inducirnos a imaginar un paisaje desolado e insondable con un horizonte sin fin, creado por los dioses para transmitirnos el sentido de lo eterno y la armonía humana que hoy se ha extraviado para siempre en la historia.

Juan Muñoz. Retrospectiva. Museo Guggenheim. Bilbao. Hasta el 5 de octubre.

The Waste Land (La tierra baldía) (1986), de Juan Muñoz. Bronce, acero y linóleo. Dimensiones variables. Colección Elayne y Marvin Mordes, Palm Beach, Florida.

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