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jueves, 8 de mayo de 2008
COLUMNA

Mitos fundacionales

Hay revelaciones esenciales que se producen en épocas anodinas. Por ejemplo, en el pasado puente festivo hemos descubierto que lo que parecía un episodio histórico de tantos y una excusa para que Esperanza Aguirre organice una fiesta en Madrid, el Dos de Mayo, fue nada menos que el origen de la nación española. Aquellos madrileños levantiscos "movidos por el patriotismo y el sentido de la libertad y levantados de manera espontánea, sabían que eran españoles y no tenían dudas de lo que era España", aseguró la lideresa. Aguirre no desaprovecha ninguna ocasión de reforzar el indisoluble (e indistinguible de sus propias apetencias nacionales) matrimonio Madrid-España, pero incluso el Rey, al que le corresponde el papel de árbitro, señaló que "1808 fue un año en que el pueblo se adelanta a sus instituciones y gobernantes y refleja una toma de conciencia de la identidad nacional, de la nación en sentido moderno, basado en las ideas de libertad, unidad, igualdad y solidaridad".

Hemos convertido el mito jacobeo en una red atrapaturistas y una excusa para verbenas

El mito fundacional es una estructura simbólica que tiene la función de dar sentido y de explicar a las instituciones existentes remitiendo a los "tiempos originales", asegura Daniel Widlöcher (Sexualidad infantil y apego, Ed. Siglo XXI). Altamente simbólica. La declaración de independencia que conmemoran los estadounidenses el 4 de julio surgió de una rebelión (impulsada por comerciantes que hacían contrabando) contra los impuestos y los monopolios de la corona británica. Después, una escaramuza menor, pero sangrienta, la convirtió en guerra abierta. (Desde entonces, han perfeccionado el sistema). Igualmente, el 14 de julio Francia celebra el inicio de la demolición de su monarquía y del antiguo régimen en toda Europa, para 15 años después entronizar a un emperador. Ya lo dijo François Mitterrand: "Los franceses hacen huelga los lunes porque suben el pan, los martes se manifiestan porque ganan poco, los miércoles protestan por la falta de libertades... y el domingo votan a la derecha".

También en Galicia el mito fundacional es sumamente revelador. No hay. O es el de Breogán, un rey al que le emigraron los hijos para no volver, o el parentesco finistérrico con otras naciones sin Estado y con más potencial lírico que económico. Incluso hemos convertido el mito jacobeo, que sí fue un hecho fundacional paneuropeo, en una red atrapaturistas y una excusa más para organizar verbenas. Por eso desde aquí no deja de producir asombro la operación Dos de Mayo, emprendida además desde ámbitos donde a los gallegos nos empiezan a acusar de formar parte del club de tergiversadores de la Historia.

Para unos fue un calculado golpe de Estado en el seno de la monarquía borbónica, de Fernando VII contra su padre Carlos IV. Para otros, como describe Pérez Reverte, fue una reacción de ira y cabreo ante algo así como si los cadetes de la Escuela Naval de Marín fuesen extranjeros y anduviesen por la Travesía de Vigo poniéndose retrecheros con las chicas. En todo caso, originó esa espiral de acción-reacción que ansían desencadenar todos los movimientos ahora denominados terroristas. Golpe o algarada, igual que siglo y pico después, el asunto derivó en una guerra civil que causó medio millón de muertos, le aprovechó a los de siempre, dejó al país empobrecido y en manos de la reacción, y acabó con todo aquel que tenía un coeficiente intelectual superior al promedio exiliado en el exterior, en el interior o bajo tierra.

Si, siguiendo la doctrina Aguirre, los madrileños de la navaja eran unos intuitivos forjadores de la nación española y unos pioneros del patriotismo ciudadano y constitucional, la intuición y/o el patriotismo les duró seis meses, porque a finales de aquel mismo 1808, las tropas francesas entraron sin oposición en la capital. Tampoco la hubo cuando, años después, Fernando VII reclamó la ayuda militar de Francia para reducir a los liberales a la condición de muertos o callados.

Claro que "el proceso de mitologización consiste en la eliminación de la percepción histórica colectiva de todos los elementos reales que enturbian la historia idealizada. En otros términos, todos los padres de la patria son seres sublimes" (La mala fama de la democracia, Sonia Sáenz y Rodrigo Alvayay. LOM Ediciones). Y una comunidad pujante como la madrileña tiene derecho a un mito fundacional en condiciones. Sobre todo porque el vigente era aquel de San Isidro, el labrador que descansaba mientras los ángeles le hacían el trabajo.

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