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sábado, 21 de julio de 2007
Reportaje:

Córcega, la isla de la belleza

Puro mediterráneo en un enclave que apuesta por un desarrollo muy controlado

A 200 kilómetros de la Costa Azul, una superficie como Almería y apenas 260.000 habitantes, la isla francesa, a la que los griegos llamaron "la sublime", ofrece lo mejor del turismo dentro del respeto a la naturaleza.

En este mundo hay placeres que conviene consumir sin moderación. Córcega es uno de ellos. Quizá sea la isla menos conocida del Mediterráneo. Seguro que es la menos construida. Cuenta con una historia peculiar, parecida a su temperamento. De ella nos han hablado los cómics de Astérix, los delirios de Napoleón o las estridencias nacionalistas. Conviene constatar que Córcega, hoy, pertenece a Francia. La agitación histórica a la que ha sido sometida, así como la lengua corsa y su pasado genovés, hace de ella un espacio paradójico. Los griegos, que no eran tontos, cuando la conocieron la denominaron Kallisté, que significa la más sublime. Por su parte, los franceses la llaman Île de Beauté (isla de la Belleza). Y los italianos recuerdan que hasta 1768 fue genovesa, lo que explica la cantidad de topónimos italianos que el viajero encontrará al llegar a ella. En 1768, Génova se la vendió a Francia. Tal cual.

A siete kilómetros de Ajaccio se encuentran las islas Sanguinarias. Son famosas, entre otras interpretaciones, porque por allí el sol más que ponerse se desmaya, y, mientras, se va 'desangrando'

Al otro lado del puerto de Bastia se levanta la Citadelle, ciudadela típicamente genovesa. Desde sus murallas, los días de viento se distinguen las islas toscanas: Elba, Pianosa y Capraia

Napoleón, Pascal Paoli, la vendetta, Tino Rossi, la ruta del GR 20, son algunos de sus reclamos. Pero lo que caracteriza hoy a Córcega es, por encima de todo, el respeto por el entorno natural. Conserva su esencia salvaje y exhibe su conciencia ecológica.

El viajero que llegue a Córcega no verá ninguna cadena hotelera, ni grandes bloques de edificios en las primeras líneas de mar, ni respirará olor a fritanga itinerante, ni podrá comer en McDonald's. Al respecto existe una controversia: para unos es un atraso, para otros es el precio del sueño independentista. El nacionalismo no gusta del turismo de masas. Es algo que a largo plazo acaba con la identidad. Se apuesta por un turismo moderado.

Además es una isla divertida. El viajero que circule en coche por carreteras secundarias hallará rebaños de pequeños cerdos, con prioridad de paso y dueño perdido, escarbando en las cunetas; o tomará el sol junto a un grupo de vacas que se tuestan con los párpados caídos mientras come salchichón de burro, o trata de recoger erizos (de mar, obvio) que, con un puntito de limón, le harán la boca agua. Y no hay que preocuparse por el espacio. Hay sitio para todos. Sólo 260.000 habitantes se reparten la cuarta isla del Mediterráneo, después de Sicilia, Cerdeña y Chipre.

Ajaccio y alrededores

El punto de partida suele ser Ajaccio, capital de la isla y de la Corse du Sud. Aquí nació Napoleón. La casa en la que vivió (Maison Bonaparte) y una estatua levantada en su honor (Grotte) lo recuerdan. También el Cardenal Fesch es un símbolo de la ciudad. El museo que lleva su nombre expone obras que el clérigo se trajo de Italia. Joyas de Botticcelli, Bellini o Tiziano.

Lo que más atrae de Ajaccio es su ubicación. Se emplaza en un golfo abierto, dando la cara al mar, de manera que las olas entran hasta casi el centro de la ciudad. Cuenta con varias playas. La Saint François es la del pueblo. De fácil acceso, muy céntrica, menuda, casi familiar. Ideal para que los alumnos tomen allí la lección.

A siete kilómetros de Ajaccio, en dirección sur, se encuentran las islas Sanguinarias. Se puede ir a pie, pero es mejor hacerlo en autobús (si usted no puede resistirlo, hay un trenecito). Son unas islitas famosas, entre otras interpretaciones, porque por allí el sol más que ponerse se desmaya, y, mientras, se va desangrando. Antes de llegar a las Sanguinaires existe un desvío hacia Capo di Feno. Siga esa carretera. Aparecerá en una playa en la que el azul del mar y el verde de la montaña se miman: Capo di Feno. De ramalazo salvaje, tempo único; no tiene desperdicio. Aquí cobran sentido las palabras de Saint-Exupéry cuando dijo que el sol había hecho tanto el amor al mar que acabaron por engendrar Córcega.

Ajaccio también ofrece mercado con gastronomía autóctona en la plaza Cesare-Campinchi, shopping en la Rue Fesch y en Cours Napoleón, y cafés de porte intemporal, con terrazas a la francesa (impecables) como Le Wagram, en Cours Grand Val. Y una citadelle llena de restaurantes pintorescos como Bilvoq, especializado en la langosta, una delicia. Los domingos tiene su punto acudir al Marché aux Puces (mercado de las pulgas), donde se puede regatear y divertirse antes de tomar un café en las terrazas que se extienden delante del mar.

Desde Ajaccio se abren diversas posibilidades para conocer la Corse du Sud. Conviene no perderse las Calanques de Piana. Son unas rocas de granito rojo, enormes y con formas extrañas, un capricho de la naturaleza, declaradas patrimonio de la humanidad por la Unesco. Entre Piana y Porto, cuando las barniza el sol, el espectáculo está asegurado. Asimismo hay excursiones en barco hasta Girolata, pueblo de pescadores de difícil acceso si no es por mar, y hasta la cuidadísima reserva natural de Scandola.

De camino a Bonifacio

Antes de llegar a Bonifacio esperan curvas y sorpresas. Por el camino de la costa no puede perderse la playa de Cupabbia. Es probable que allí su única compañía sea la de un rebaño de vacas. También encontrará pueblos típicos de Córcega, de esos que parecen colgados de la montaña, como Olmeto, en cuyos cafés con hogar, cartas, periódicos atrasados y perro manso, el tiempo se ralentiza.

Sartène (interior) y Propriano (costa) son agradables, pero nada como la playa de Roccapina. Para acceder a ella basta seguir una pista y descender tres kilómetros. Solitaria, escondida.

Et Voilà, finalmente ahí está: Bonifacio, plato estrella del menú corso. El pueblo se divide en puerto, alargado y turístico, y vielle ville (ciudad vieja), levantada en lo alto de unos riscos limados por el viento y el tiempo cuya vista es alucinante. Vale la pena visitar el cementerio marino, pasear por la muralla, los miradores, el casco antiguo... A dos pasos está el golf de Sperone, la preservación del glamour.

Una vez en Bonifacio, no está de más subir a un barco y acceder a las islas Lavezzi, una reserva natural protegida cuya única construcción es un faro. Agua turquesa, playas de estilo Seychelles y rocas. Nada más. Y nada menos.

Otras playas recomendables en la zona son Rondinara, Santa Giulia y Palombaggia, que está ya en Porto Vecchio. Un paraíso de pinos, trasluces y arena fina.

Desde Porto Vecchio hasta Bastia es fácil. Hay que seguir la carretera principal en línea recta. De camino, si usted es fan de las ostras, hará bien en detenerse a degustar las de L'Etang de Diana, las de extracción natural son exquisitas. Ya las cataban los emperadores romanos. Si Ajaccio mira a Francia, Bastia lo hace a Italia. Su arquitectura genovesa, el entramado de las calles, hacen de la capital de la Haute Corse un enclave único. La rivalidad entre las dos capitales se entiende al llegar a Bastia. Ésta es más genuina, menos ostentosa; dicho de otro modo: es menos pija.

La céntrica Place Saint Nicolas es un espacio multiusos: terrazas, parque infantil, punto de encuentro y, los domingos por la mañana, es fundamental no perderse el Marché aux Puces, con gran presencia de anticuarios.

De camino hacia el puerto viejo se atraviesa la Place du Marché, donde se despliega el mercado de comida y donde está La Table du Marché, restaurante frecuentado por altos cargos en sus visitas a Córcega. También allí está la iglesia de Saint Jean Baptiste, cuyas torres sobresalen por encima de los edificios embelleciendo la vista del puerto viejo.

El Vieux Port es el puerto más genuino de Córcega. El conjunto de veleros, cafés, pescadores jubilados, campanario y las diferentes tonalidades de los edificios crean la postal más vendida.

Pero si usted tiene curiosidad por saborear el glamour en lo cutre, puede acudir a la Rue General Carbuccia, detrás del Vieux Port, a la Pizzería Chez Hubert, un antro regentado por Hubert Tempete, el cómico más famoso de la isla. Bohemios, freaks y espontáneos. Música y decadencia cabaretera se unen creando un fresco de interés casi antropológico. Al otro lado del puerto se levanta la Citadelle, ciudadela típicamente genovesa. Desde sus murallas, los días de viento se distinguen las islas toscanas: Elba, Pianosa y Capraia.

El cabo norte corso

Una vez en Bastia es obligado el tour por el Cap Corse, lleno de singularidades, de pueblos que mantienen la esencia agreste de los corsos. Erbalunga, pese a que en verano se vea invadido por la burguesía parisiense, es uno de ellos. Conserva un puerto tradicional con restaurantes de menús marineros.

En dirección a Macinaggio aparece un desvío hasta Luri. Desde allí se puede visitar la Torre de Séneca. La leyenda cuenta que el estoico romano estuvo preso allí. Es una excursión cuya recompensa es la vista: a derecha e izquierda veremos el mar. Macinaggio es otro pueblo de pescadores. Debería multarse a quien no haga el camino a pie hasta Barcaggio. El camino, acompañado de acantilados, torres genovesas y playas, bordea la costa atravesando el maquis (la manera en que los corsos llaman al sotobosque). Así se llega a Barcaggio, la punta del Cap Corse. Si los vientos le respetan, el viajero descubrirá un lugar excepcional. Enfrente aparece la isla de La Giraglia, reserva de aves que corona el Cap Corse.

Ya en el lado oeste se halla Centuri, del que conviene visitar el puerto pesquero, rodeado de restaurantes donde se sirve langosta, especialidad local. Al final de la gira espera Nonza, encaramado sobre el mar, quizá el pueblo más entrañable del cabo.

Desde allí, a tiro de piedra está Saint Florent, el Saint Tropez de la isla, cuyo puerto deportivo atrae a yates italianos. Su ubicación es privilegiada, entre el Cap Corse y el desierto de los Agriates: la reserva natural más grande del Mediterráneo. Ideal para recorrer a pie o en bicicleta. Entre sus playas destaca la Saleccia.

A estas alturas, el viajero habrá conocido el norte y el sur, el glamour y la autenticidad, unas playas de piedra y otras de arena fina. Pero aún le quedará el centro de la isla. Montañas alpinas en el Mediterráneo. Otro capítulo aparte.

- Eusebio Lahoz (Barcelona, 1976), poeta y novelista, es autor de Leer al revés (El Cobre).

GUÍA PRÁCTICA

Cómo ir- Politours organiza viajes en avión directo desde Barcelona, por 45 euros ida y vuelta. Hotel por noche y persona, 49 euros. En agencias.- Corsica Tours (33 4 95 70 96 63; www.corsicatours.com) ofrece vuelos de ida y vuelta sin escalas a Figari desde Barcelona a partir de 219 euros, tasas y gastos incluidos. Hasta el 29 de septiembre.- Air France (www.airfrance.es) vuela a Ajaccio desde Madrid vía París; ida y vuelta, a partir de 429,83 euros, precio final.Información- Turismo en Córcega (00 334 95 51 00 00; www.visit-corsica.com). Boulevard Roi-Jéröme, 17; Ajaccio.- Turismo en Ajaccio (www.ajaccio-tourisme.com).- Turismo en Bonifacio (00 334 95 73 11 88; www.bonifacio.fr).- Turismo en Bastia (www.bastia-tourisme.com; 00 334 95 54 20 40).

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