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sábado, 10 de febrero de 2007
Crítica:

Las metáforas muertas

  • Emmánuel Lizcano

El ensayo de Emmánuel Lizcano aborda esta figura literaria desde la investigación lingüística y desde el papel que la ciencia desempeña en la construcción de la realidad.

METÁFORAS QUE NOS PIENSAN. Sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones

Emmánuel Lizcano

Ediciones Bajo Cero y Traficantes de Sueños

Madrid, 2006

274 páginas. 15 euros

A finales de los años ochenta y principio de los noventa se editaron en España obras muy relevantes dentro del campo de la filosofía de la ciencia y de la filosofía social, obras que ponían en tela de juicio el estatuto intocable del método científico. Tales eran las de Feyerabend, o aquel trabajo de G. Lakoff y M. Johnson, Metáforas de la vida cotidiana, en el que se desvelaba la trama metafórica del lenguaje en sus expresiones usuales, o aquel otro, Imaginario colectivo y creación matemática (Gedisa), en el que Emmánuel Lizcano (Madrid, 1950) le seguía la pista a la construcción social de algo aparentemente tan puro y objetivo como las matemáticas. Como la gran mayoría de las cosas importantes que no parece que nos atañan personalmente, aquellos libros pasaron desapercibidos para lo que hemos dado en llamar "el gran público", una de esas abstracciones colectivas en las que la responsabilidad de cada cual en lo que también se ha llamado "la vida pública" queda eliminada.

En Metáforas que nos piensan, Lizcano se ha empeñado en la tarea de seguir devanando la madeja. Para ello, ha contado esta vez con el interés de dos editoriales que, haciéndoles una muy leal competencia a las editoriales tradicionales, le ofrecen al lector, que también puede conseguir el libro impreso y encuadernado, el libre (la libertad, en estos tiempos, ha de entenderse como gratuidad) acceso a él en internet, una forma de difusión en este caso muy acorde con el anarquismo epistemológico del que hace gala el autor de estos textos.

Las hebras de la madeja, aho

ra, son las metáforas, ciertas metáforas. La metáfora, como es sabido, es una figura de lenguaje, un tropo. Tiene lugar cuando para designar alguna cosa se hace uso de un término que designa otra cosa que guarda con la primera cierta similitud. Cuando esto se hace bien, el objeto en cuestión se enriquece con las connotaciones del ámbito que le es ajeno; es lo que comúnmente entendemos por lenguaje creativo y es la fórmula más utilizada en el lenguaje poético. Lo que es menos sabido es que, fuera del ámbito literario, en su uso común tanto como en el científico, el lenguaje está plagado de metáforas que, por ser utilizadas sin conciencia de que lo sean, actúan de manera solapada. ¿Quién repararía, por ejemplo, en la naturaleza agrícola de la "raíz cuadrada" de los números, o en la naturaleza bélica de las expresiones relacionadas con la racionalidad (la razón "se tiene", "se pierde" y, en algunos casos, "se da" cuando se es "con-vencido", pues la razón no admite la convivencia con otras formas dialógicas, la razón no convive, "con-vence"), o en la naturaleza arquitectónica de las teorías (una teoría ha de "construirse" con "una base" fuerte y ha de "apoyarse" con argumentos "sólidos" y "reforzarse" con buenos "fundamentos" para que no "se derrumbe")?

Cuando una metáfora pierde el poder de choque que resulta de la conciencia del símil, se la llama metáfora muerta. Ya no nos choca, pero si pasa a formar parte del lenguaje común sigue actuando en el inconsciente colectivo ya que arrastra consigo el universo semántico de su significación original. Las metáforas muertas, a las que Lizcano, con mucho acierto, prefiere llamar zombis, son pues "auténticos muertos vivientes, muertos que viven en nosotros" y condicionan nuestra perspectiva del mundo.

Metáforas que nos piensan se articula en dos partes. La primera es una labor de arqueología lingüística que rastrea las metáforas imperantes. Una vez expuestas, éstas son susceptibles tanto de ser des-activadas como de ser alteradas para la elaboración consciente de nuevas dimensiones. (Repárese tan sólo en el universo que se abre si trocamos la expresión "estar atados al pasado" por la de "estar atados al futuro": planes de pensiones, hipotecas, seguros de vida, pagos aplazados, etcétera).

La segunda parte se ocupa del papel que la ciencia juega en la construcción de la realidad, sus estrategias retóricas y el peligro que entraña su afán de monopolio y exterminio de otras prácticas y saberes. El resultado de todo ello es un libro sabroso, una carga de profundidad contra el fundamentalismo científico que es, como concluye el autor, "la gran aportación del imaginario europeo al panorama actual de los integrismos".

Laboratorio de investigación con células madre del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona. / CARLES RIBAS

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