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jueves, 7 de septiembre de 2006
Reportaje:

"Sólo pensaba en huir"

La joven austriaca Natascha Kampusch mantuvo vivo su deseo de escapar durante los ocho años que duró su secuestro

Natascha Kampusch ha mostrado por primera vez su rostro descubierto en público. La joven de 18 años, que el pasado 23 de agosto logró liberarse de su secuestrador tras ocho años y medio de cautiverio, concedió tres entrevistas a la televisión pública austriaca ORF, al diario Kronenzeitung y al semanario News. Compareció ante la prensa por voluntad propia y con el consentimiento de sus asesores, que consideran adecuado el momento para reducir la presión de los medios de comunicación, ansiosos por desvelar el enigma.

"Sólo pensaba en huir", dijo a la revista. "Una y otra vez me preguntaba por qué entre los muchos millones de seres humanos tenía que pasarme esto a mí (...). Me sentía como una gallina en una jaula. Seguro que han visto en la televisión y la prensa mi calabozo, así que saben cuán pequeño era. Pensaba: seguro que no he venido al mundo para estar encerrada y arruinar mi vida. Me desesperaba esa injusticia". "Le juré a mi futuro yo que liberaría a aquella niña".

"Sabía que mi huida era su condena a muerte", dice la joven a propósito de su secuestrador

Todos los que la han visto están sorprendidos por la inteligencia y la fuerza de Natascha

Tanto los periodistas que la entrevistaron como los psiquiatras que la cuidan se muestran sorprendidos por la inteligencia, la perfecta dicción, la brillante retórica y la fuerza de voluntad de esta joven pálida y delgada que pasó toda su adolescencia sometida a la tiranía del raptor, Wolfgang Priklopil, un técnico electrónico de 44 años. Tanto es así, que fue el tema principal de una mesa redonda celebrada tras la entrevista.

Kampusch vivió encerrada en un zulo de reducidas dimensiones, completamente aislada del mundo exterior, que la daba por muerta. "Fue muy frustrante saber que me estaban buscando con una excavadora. Buscaban mi cuerpo. Sentí que ya me habían eliminado".

Ella insiste en ser llamada por su apellido, en preservar su esfera íntima. Ella misma decidió qué preguntas responder. En ninguna de las entrevistas hay menciones detalladas de su relación con su secuestrador, que se suicidó tirándose a la vía del tren al enterarse de la huida de su rehén. "Yo sabía que mi huida era su condena a muerte, porque él ya me lo había anunciado", dijo. "Nadie debería suicidarse. Podría haberme dado tanta información. Ahora tenemos que reconstruir todas las circunstancias complejas sin él".

Kampusch, hija de padres divorciados, tenía diez años aquella mañana del 2 de marzo de 1998 en que, de camino a la escuela, fue abordada por un hombre que la metió a la fuerza en su camioneta blanca. Es un momento que recuerda con todo lujo de detalles. Frente a las cámaras de televisión, relató que su madre ya entonces le había enseñado a desconfiar de los "secuestradores de niños". Al divisar a aquel desconocido, pensó en cambiar de acera, pero desistió, algo por lo que luego se sintió furiosa consigo misma.

También recuerda el "silencio fantasmal" del cuarto sin ventanas, de sólo cinco metros cuadrados, que Wolfgang Priklopil, al que se refiere como "el criminal", había construido debajo de su casa en Strasshof, cerca de Viena. Era un crimen planificado con minuciosidad.

Ocho años vivió sin que la viera un médico. Por primera vez después de dos meses le fue permitido lavarse en el cuarto de baño del piso superior de la casa. Después de un año, por primera vez tuvo una radio. Luego fueron llegando los semanarios, y por último los diarios. Uno de los expertos que participó en la mesa redonda televisada explicó que el buen manejo que Kampusch tiene de los medios de comunicación se debe a que eran el cordón umbilical que la conectaban con el mundo exterior.

En los últimos años, a veces podía pasar el tiempo en otras habitaciones de la casa "haciendo tareas cotidianas hasta que él me mandaba de vuelta al zulo a dormir, a vivir, siempre que él salía". De vez en cuando le daba para leer el periódico y luego inspeccionaba cada una de las páginas, por temor a que ella escribiera alguna palabra que saliera al exterior como grito de socorro. Según Kampusch, "él padecía de fuerte paranoia y era un desconfiado crónico. Un intento de huida fallido hubiera significado para mí no salir más del zulo. Tenía que ganarme su confianza poco a poco... No podía arriesgar nada, menos que nada un intento de huida fallido".

Llegó a comunicar a su secuestrador su deseo de huir. Entonces él analizaba con ella todas las vías de escape, para demostrarle que era imposible, según contó al periodista Christoph Feuerstein, de ORF. Cuando pensaba en liberarse, le daba una "pena terrible" que la madre de Priklopil se enterara del horror cometido por su hijo, que "se destruyera la imagen del mundo que ella, los amigos de él y sus conocidos tenían. Él aparecía como un hombre amable y correcto. Ahora su madre ha perdido la esperanza en la vida, en su hijo, y a su hijo mismo".

De lo poco que la joven insinúa de su relación con Priklopil se desprende que era muy compleja. Natascha se había acostumbrado a vivir con miedo, pero no era únicamente sumisa. "Yo era más fuerte que él", dijo, porque "él tenía una personalidad inestable, le faltaba seguridad en sí mismo", debido a su infancia. Según dijo, ella misma lo "obligó" a que le hiciera regalos y celebrara Navidades, Pascuas y su cumpleaños, para tener una orientación en el tiempo. "A veces soñaba con cortarle la cabeza, si hubiera tenido un hacha".

Preguntada si creía en Dios, Natascha respondió: "Bueno, soy ambivalente. Sí, un poco. Rezaba un poco, pero ya después no. El criminal también rezaba. Yo decía: eso no puede ser. Pensaba que incluso Fidel Castro reza".

Las pocas veces que pudo salir al exterior con su secuestrador, Kampusch se esmeraba en atraer la atención con su mirada. Al mismo tiempo, esbozaba la misma sonrisa que tenía en la foto hecha a sus 10 años, publicada tantas veces en los primeros años de su desaparición. La muchacha sabía que los años la habían transformado, pero su esperanza era que aquella sonrisa hubiera quedado grabada en la memoria de alguna persona a su alrededor. En vano.

Un momento que recuerda con angustia fue cuando, en un supermercado de bricolaje, un empleado le preguntó: "¿En qué puedo ayudarla?". Ella sintió que la respuesta se le quedaba atragantada y sólo pudo sonreír. Priklopil estaba muy cerca de ella, atento, y le había advertido que mataría a cualquier persona a la que se confiara.

La huida definitiva fue "espontánea". Aprovechó un momento en que él estaba hablando por teléfono. Salió corriendo, saltó por los matorrales que separan las viviendas unifamiliares del barrio, hasta que halló una ventana abierta y pidió ayuda a una señora que estaba dentro. "No me dejó entrar, lo que me sorprendió. Pero dejar entrar a casa a un extraño... Hay que comprenderla". Natascha le explicó la situación y le pidió que llamara a la policía. "A pesar de ello, a la mujer le preocupaba sobre todo que no le pisara el césped. Yo estaba bajo los efectos de un shock". Finalmente, llamó a los agentes.

"¿Alguna vez él la amenazó?", le pregunta el periodista de News. "Sí, pero antes yo no tenía miedo. Amo la libertad y para mí la muerte significaba la libertad definitiva, mi liberación de él. Pero él siempre me dijo que si yo pedía ayuda a los vecinos, los mataría primero, luego a mí y por último a sí mismo."

Kampusch, que ya se ha reencontrado con sus padres y su hermana mayor, echa de menos a sus gatos, y sueña con conocer mundo. "Le he pedido a mi madre que hagamos un crucero, que vayamos en tren a Berlín. También quiero ver Londres. Y Nueva York".

Recuperar el tiempo perdido

Natascha Kampusch afronta un cambio radical al pasar de una vida invisible a ser centro de la atención mundial. Las conversaciones con la televisión ORF, el diario Kronenzeitung y el semanario News fueron realizadas bajo máximo secreto en el hospital AKH de Viena, ante dos psicólogos y un abogado que interrumpían a los periodistas cuando las preguntas podían ser abusivas para la frágil situación emocional de la joven. Pero los expertos que la acompañan ponen de relieve la fuerza de su carácter. Confía en su propio criterio, y con gusto ha asumido las riendas que los psicólogos le tienden para que aprenda a valerse por sí misma.

Natascha se presentó en televisión vestida con tejanos, una camisa violeta y un pañuelo en la cabeza para ocultar algo de sí misma. A pesar de haber pasado tanto tiempo aislada, sabe expresarse e insiste en la palabra precisa, si bien de vez en cuando se irrita y tiene que interrumpir súbitamente la conversación. Natascha quiere recuperar el tiempo perdido y hacer el examen de bachillerato. Le gustaría ser abogada, periodista, psicóloga o actriz.

La televisión ORF, entidad pública, no ha pagado por la entrevista, comprometiéndose a vender el material a otras emisoras. Todo lo que se recaude, que podría superar el medio millón de euros, está destinado a un fondo para que Kampusch tenga medios propios. Los dos periódicos también contribuirán a proporcionar estudios, trabajo y vivienda a la joven.

Actualmente, convive con otros jóvenes en un centro de atención especial en un hospital: "Me he acostumbrado ya a mi nueva vida. Me sorprende lo rápido que ha sido. Ahora vivo con otra gente, y no me causa dificultades". Según su abogado, ha mostrado el deseo de quedarse con la casa donde estuvo secuestrada, pero sin entrar en conflicto con la madre de su raptor.

La joven anunció también que quiere ayudar mediante dos proyectos: uno dedicado a mujeres raptadas y violadas en Ciudad Juárez (México), y otro dedicado a combatir el hambre en África.

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Natascha Kampusch, durante su comparecencia en la televisión pública austriaca ORF. / EFE

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