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domingo, 26 de febrero de 2006
Reportaje:

El GRAPO mata para sobrevivir

La banda terrorista, desarticulada seis veces de forma "definitiva", reaparece en Zaragoza con el asesinato de una empresaria

No hace ni tres semanas presenció cómo un terrorista mataba a su mujer de un disparo por la espalda. A él, que había logrado refugiarse en su coche, un segundo pistolero le vació el cargador de su revólver a través de la luna delantera. Aun así fue capaz de telefonear pidiendo ayuda y de poner sobre la pista a los primeros agentes que llegaron al número 17 de la calle Cervantes de Zaragoza: "Me han dicho que eran de los GRAPO".

Lo que más impresiona de Francisco Colell es su serenidad. Su tono de voz no cambia cuando rememora los detalles del atentado, se lamenta por la suerte de su esposa -Ana Isabel Herrero, de 44 años- o muestra su enfado por la tardanza de los mandos policiales en admitir su versión. Durante días, por Zaragoza circuló el rumor de que se había tratado de un ajuste de cuentas, una expresión que mancha tanto al sicario como a su víctima. "Me he sentido", dice, "como una mujer violada que tiene que demostrar su decencia".

La víctima: "Eran muy educados, tanto que no pensé que me pudieran hacer daño"

Colell, un empresario de origen leridano, fue ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos con disparos en el tórax y el abdomen, pero a los pocos días se recuperó y pidió el alta voluntaria. Su determinación a la hora de identificar a dos de los sospechosos y la aportación de un testigo que creyó ver a un tercer terrorista fueron convenciendo a la policía. Las pesquisas se centran ahora en los miembros de los Grupos Revolucionarios Antifascistas Primero de Octubre (GRAPO) Israel Torralba, Israel Clemente y Juan García Martín.

A éste último, la Audiencia Nacional ya lo juzgó en 1980 por robar jamones y cecina de vaca en una tienda de ultramarinos del centro de Madrid. El hecho, aun pareciendo exótico, fue toda una premonición. Desde entonces para acá, y sobre todo en los últimos años, los GRAPO han tenido que enfocar buena parte de su actividad criminal a no morir de inanición. Tan es así que un buen número de las 84 personas asesinadas por la banda terrorista lo fueron en el transcurso de atracos a furgones blindados o a sucursales bancarias. A mediados de los noventa, la policía consiguió infiltrar a uno de los agentes en los GRAPO. Un oficial recuerda que en los partes sucesivos que aquel policía le hacía llegar siempre había una frase repetida: "Paso mucha hambre".

Las fuentes policiales consultadas consideran que el enésimo retorno de los GRAPO a la acción tiene mucho que ver con esto último. Una interpretación que ha sido confirmada por la propia banda terrorista a mediados de esta semana. En un comunicado de dos folios, el autodenominado Comando Central reconoce que no estaba entre sus planes asesinar a Ana Isabel Herrero. Claro que no lo dice así. "El objetivo del operativo era expropiarles una determinada suma de dinero en concepto de impuesto revolucionario y así se les hizo saber en el momento en que fueron abordados, explicándoles nuestros combatientes que tenían órdenes de ejecutarlos inmediatamente si se negaban al pago. En lugar de atender razonablemente nuestras exigencias ambos optaron por el enfrentamiento, resistiéndose a su retención...".

La noche del lunes 6 de febrero, Francisco Colell y su esposa, dueños de la empresa Arquitempo, bajaron a un garaje próximo a las oficinas para montarse en su coche, un Mercedes de color gris claro. Notaron que dos hombres les seguían, pero, dado su buen aspecto, no les infundieron sospechas. Ni aun cuando los terroristas sacaron sus armas Colell se alarmó demasiado. "Lo primero que hicieron", dijo el empresario, "fue identificarse como miembros de los GRAPO. Eran muy educados, tanto que no pensé en ningún momento que nos pudieran hacer daño. Le dije a los policías que uno me pareció universitario y me han dicho que sí, que uno de ellos es licenciado en Filología...".

La policía sitúa a un tercer terrorista en la puerta del garaje. Se trataría, según la declaración de un testigo, de Juan García Martín. Gafas, poco pelo y un auricular de teléfono móvil colgándole de una oreja. La situación se complicó cuando un coche enfiló la rampa para entrar en el garaje. La esposa de Colell aprovechó la coyuntura para intentar huir y los terroristas no quisieron esperar más para usar sus armas. No había que aguardar al comunicado para saber que la culpa del fatal desenlace fue de los "dos empresarios esclavistas" que no respondieron "razonablemente".

Durante estos días, agentes de la policía y de la Guardia Civil han ido informando a Colell de las características de los verdugos de su mujer. "Al parecer", explica el empresario, "alguno de ellos nunca había participado en un acto criminal. Pertenecían a lo que llaman aparato militar. Se ve que por falta de medios han tenido que pasar a la acción. Es el último resquicio que les queda para mandar dinero a los presos en las cárceles y mantener su estructura en el exterior. Ellos tienen claro que su acción fue un fracaso. Lo que pretendían era un secuestro exprés, como al parecer ya han hecho en otros lugares, pero les salió mal y optaron por el plan B".

La policía considera que los GRAPO están en las últimas, que los terroristas con capacidad de atentar se pueden contar con los dedos de una mano y que los 30 que permanecen en prisión apenas reciben ayuda. Reconocen, sin embargo, que seis veces se dio a la banda por desmantelada de forma "definitiva" y otras tantas reapareció. El Gobierno del PP negoció sin éxito durante meses con los dirigentes de la organización, que fueron reagrupados en la cárcel de Sevilla. La situación de Publio Cordón sigue siendo un misterio y el líder indiscutible de la banda, Manuel Pérez Martínez, más conocido como camarada Arenas, sigue dirigiendo a sus hombres desde una cárcel francesa.

"Son pocos, tienen armas viejas y necesitan dinero urgentemente", dice un experto en la lucha antiterrorista, "por eso, ahora, son más peligrosos que nunca".

Manuel Pérez Martínez, el camarada Arenas, al salir de la cárcel de Soria en 1984. / BERNARDO PÉREZ

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