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Tribuna:

Quita tus sucias manos de mi Mozart

Ciertamente el mercado, las modas, el oportunismo político cultural y la beatería hacen una explotación tan arbitraria como interesada del pasado, orquestando centenarios y efemérides. En términos generales esa machaconería nos cansa y fastidia a muchos, pero de muy diferente manera a unos y a otros, y por razones distintas.

Por ejemplo, acabo de leer esto por ahí, en el artículo de uno: "Ha pasado este año del Quijote, y a mucha gente le ha sucedido lo que yo preveía: no soportan ya esa obra". ¿Quiénes "no soportan ya"? ¿Cuántos son? ¿Un millón, mil, cien, él y un amigo suyo? Y a esos, ¿les ha dejado de gustar el Quijote porque otros muchos lo han leído este año? Un poco más adelante se dice en el mismo articulito que "tanta idiotez [en los organizadores del Centenario] inevitablemente ha idiotizado algo el libro". Como son preguntas y supuestos que hoy por hoy nadie está en condiciones de concretar ni de responder de una manera adecuada (ni siquiera vueltos del revés, es decir, preguntándonos por todos aquellos miles de personas que sí han leído este año el Quijote y han sucumbido una vez más o por primera vez a su gracia infinita), como no estamos aquí, digo, para tocar el bombo y los platillos, pasemos adelante.

Convencido de que al igual que otros organizan fastos, pueden organizarse también fríamente las tirrias, nos anuncia el mismo articulista que tras "encontrarse en la última década en la incómoda situación de aborrecer, por empalago, a algunos ídolos míos", y parecerle "un pretexto peregrino" que se aprovechen los doscientos cincuenta años del nacimiento de Mozart ("por lo que tendremos Mozart a todas horas, como si fuera el único compositor vigente"), nos anuncia, decía, y a bombo y platillos naturalmente, que "este año me veré obligado a abominar de uno de mis pintores favoritos, Rembrandt, porque se da la mala pata que nació hace cuatrocientos años". En vista de que ni Cervantes, ni Mozart, ni Rembrandt pueden huir de todos los que según él los manosean sin que puedan defenderse, por estar muertos, nos invita a que huyamos con él. ¿A dónde? Supongo que a la sacristía, a venerar a los "ídolos".

A mí, en cambio, no me preocupa tener que compartir con millones de personas a las que de una forma oportunista y consumista se les recuerda que tal artista o tal otro existieron. Ni siquiera me preocuparía tener que compartirlo con ese articulista. Porque la relación que establecemos con tal o cual obra es tan personal e íntima que poco o nada tienen que ver los demás en nuestro acuerdo o desacuerdo con ella, de la misma manera que en cualquier experiencia colectiva de la cultura (el cine, un concierto, el teatro, el museo, una ciudad) nos es indiferente quién ocupa la butaca de al lado o ese con quien nos cruzamos.

Tampoco nos inquieta que esas criaturas vivas (nunca ídolos) vengan precisamente desde el pasado. ¿De dónde, si no, habrían de venir? Son clásicas por eso precisamente, por su formidable resistencia a desaparecer. Han vencido a la muerte, y las recordamos por tal cualidad sobrehumana. De hecho, siguen tanto más vivas cuanto más se las recuerda y cuantos más las recuerdan. Y en parte, porque se las recuerda, porque las recordamos. Ni las técnicas de reproducción, ni la banalidad de las modas, ni la homogeneización capitalista, ni la razón instrumental han podido ni podrán nunca desgastarlas. Son indestructibles. Al contrario que la mayoría de los mortales que le tenemos como enemigo, tales criaturas tienen en el tiempo a su aliado porque en él se prueba que son pozos inagotables de sentido. Dicho de otra manera: son acontecimiento y su potencia sigue operando sobre nosotros para mantener a raya las arenas del desierto.

El pasado vuelve una y otra vez con toda su poderosa capacidad metafórica. El pasado lo estamos haciendo cada día, está abierto y vivo. Así ha sido siempre y así sucederá, unas veces ratificándose y otras enmendándose o proscribiendo. Pero cuando vuelve, arroja sobre un mundo tenebroso esa luz que el tiempo no sólo no ha extinguido sino que a menudo ha acrecentado aún más. Pero a veces, paradójicamente escudados en la modernidad, sentimos miedo del pasado.

Camuflados en elogios hiperbólicos, advertimos los ataques más sibilinos a los clásicos, como si a algunos se les atragantaran con el menor pretexto. En realidad, creo yo, ya se les indigestaban antes de las conmemoraciones. Acaso por padecer el prejuicio de que toda obra artística contemporánea debe cumplir con la condición de instalarse en la ruptura con el pasado, confundiendo libertad con novedad, y si todo lo que no es tradición es plagio, podemos asegurar también que en nosotros está la facultad nietzscheana de elegir nuestra genealogía entre las gentes y obras del pasado. Sólo que los clásicos están fuera de la esfera del tráfico de favores, y pudiendo ser padres, raramente podrían ser padrinos de nadie. Aceptar esta filiación fuera del ámbito académico es algo que se produce de una manera natural. En cambio y por razones temporales, tardarán aún en llegar los aniversarios de los padrinos. Será gracioso ver, si llegamos a verlos, cómo los que no teniendo padre ahora se suman mañana a los centenarios y efemérides de los padrinos.

Pensar que alguien, comisión de festejo o articulista de variedades, pueda "inevitablemente idiotizar" una obra de Cervantes ni de ningún otro clásico, es tenerse en mucho más de lo que pueda ser aconsejable. En cuanto a la renuencia, tan reaccionaria en el fondo, a aceptar el pasado, incluso así, en forma de centenario, nos descubre una puerilidad candorosa: creerse tanto, que nada ni nadie puede enseñarnos algo nuevo y valioso. Nadie es la medida absoluta de ética y estética. Gracias a un "peregrino pretexto", por ejemplo, ha podido descubrir uno en los cedés de Mozart que vende este periódico alguna grabación histórica que ha contribuido a aquilatar e interiorizar aún más la admiración que sentía por un músico del que creía conocerlo ya todo.

Quizá lo que les moleste a algunos es tener no sólo que compartir la excelencia con otros millones de seres, sino tener que hacerlo a la vez que ellos, en esa lógica que apesta a señorito español. ¿Era Mozart mejor cuando sólo podían escucharlo unos pocos privilegiados, en su cogollito "de toda la vida"? Parecería ridículo negarse a escuchar La flauta mágica por el hecho de que hoy pueda hacerlo cualquiera. Y suponer que algo hace que la aborrezcamos es tanto como reconocer que la basura puede imponerse a lo excelente, y el mal triunfar sobre el bien (conceptos, por cier-to, muy mozartianos, como el de la Ilustración de popularizar la cultura). Nos indignan los negocios hechos a costa de mercancías abominables, cierto, pero cuando el negocio consiste en poner las obras más sublimes al alcance de todo el mundo, nos impacientamos. No nos confundamos: la mayoría hoy la constituimos casi todos. La minoría son los clásicos.

El jamón de jabugo, el tabaco, el whisky, la ropa y otras muchas cosas apetecibles se diría que celebran un centenario a diario, a tenor de la insufrible publicidad que nos recuerda su existencia, mil veces superior a la que se gastan en Cervantes, Mozart o Rembrandt. Millones de personas hacen uso de ellas, y a nadie juicioso se le ocurría dejar de desearlas porque otros las desean también, ni el whisky que bebemos nos amarga por el hecho de saberlo en otros vasos. Uno entendería una huida de todo consumo; ahora, ¿hasta qué punto tenemos derecho de decirle al mercado "quita tus sucias manos de mi Mozart", formando nosotros parte de este mismo tinglado? Huir del consumo únicamente cuando el consumo, por una vez, nos acerca a lo excelente, es muy raro, y desde luego, en mi modesta opinión, de "inevitablemente idiotas". Y decir de boquilla que vamos a huir, para volver a entrar en la chirlata por la puerta de atrás, una treta de tahúr. No sé cómo lo consiguen, pero los señoritos no se van nunca.

No siempre resulta agradable compartir algo con quien creemos no lo merece (el de Venecia, compartida a menudo con turistas estridentes y desavisados, es el ejemplo paradigmático), pero si algo nos enseñan las obras maestras del pasado es su capacidad para ser, como decía Nietzsche, de todos y de ninguno. Ahora, comprende uno también a aquellos que sólo las querrían para sí, hurtándolas en la sacristía, con el fin de evitar a las suyas propias, "vigentes", las comparaciones desventajosas.

Andrés Trapiello es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de febrero de 2006