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jueves, 21 de julio de 2005
Reportaje:

Edurne Pasabán, la reina del Himalaya

La alpinista vasca holla el Nanga Parbat y se convierte, con ocho ascensiones, en la mujer viva con más 'ochomiles'

Hora: 11.30 en España, ayer miércoles 20 de julio. Campo 4 del Nanga Parbat, a 7.300 metros de altitud. En una de las tiendas descansa Edurne Pasabán. De pronto, recibe una llamada telefónica de este diario para felicitarle por el éxito de la cumbre del Nanga Parbat, de 8.125 metros, su octavo ocho mil. "Me pillas quitándome las botas y los calcetines. Poniéndome cómoda", asiente Edurne con una voz clara, serena y feliz por haber hollado la cima de la montaña cinco horas antes. Se hace una pausa. Edurne examina sus pies, y pone especial atención en el segundo dedo de cada pie, cuyas falanges fueron amputadas en el verano del pasado año por las congelaciones sufridas en la conquista del K-2, la segunda cima del mundo, de 8.611 metros, y que representó su séptima gran cumbre.

"Fantástico, tío. Tengo los pies perfectos. Mis plantillas han resultado mágicas contra el frío"

Una segunda cordada del programa 'Al filo de lo imposible' hizo cumbre tres horas más tarde

"¿Estás ahí?", pregunta Edurne. "Fantástico, tío. Tengo los pies perfectos", exclama. "Estaba preocupada por cómo reaccionarían a 8.000 metros después de dejar hace un año parte de los dedos en el K-2. He pasado frío, mucho frío allá arriba durante el ascenso realizado por la noche. Pero con la llegada de los primeros rayos de sol, que nos ha pillado en la cumbre, todo se me ha iluminado". "Estoy bien", prosigue. "Cansada, muy cansada, pero bien. Mis plantillas ortopédicas han resultado ser mágicas". El tema del frío era el que más preocupaba a la alpinista. "Antes del ataque, he pasado mucho frío", explicó Edurne.

Con la conquista del Nanga Parbat, Edurne Pasabán (Tolosa, 1973) se ha convertido en la alpinista viva con más ocho miles. Lleva ocho, uno más de la mitad de la colección de los 14 gigantes de la Tierra. No ha sido la única alpinista en alcanzar esta cifra. En 1992, la legendaria alpinista polaca Wanda Rutkiewicz falleció cuando intentaba el Kangchenchunga (8.586) en el que prevía que fuera su noveno ocho mil. Pasabán, ahora, ya es la reina del Himalaya, con una cima más que la austriaca Gerlinde Kalterbrunner, que en la pasada primavera holló su séptima gran cumbre en el Shisha Pagma (8.025) y que en los próximas semanas intentará otro ocho mil. Con dos cumbres menos se halla la italiana Nives Meroi.

Pero a Edurne le trae sin cudado la carrera de estas tres alpinistas. "La colección, en principio, no es mi objetivo. Soy una enamorada de las grandes cumbres y, mientras pueda, seguiré yendo al Himalaya. Es lo que me gusta, pero lo más importante es mi seguridad a la hora de ascender estas montañas". Y sentencia: "Y si la austriaca Gerlinde me iguala este verano e, incluso, me supera, no sentiré ninguna envidia". Una carrera que puede resultar interesante y competitiva entre las dos alpinistas si la vasca decide en los próximos días acudir a ascender el Broad Peak (8.045), dentro de un mes, en un ataque rápido y directo aprovechando la buena aclimatación adquirida en el Nanga Parbat.

Pasabán no se encontraba sola en el campo 4 del Nanga Parbat, donde tenía previsto pasar la noche, antes de emprender hoy el descenso al campo base. Junto a ella estaba el grupo de su cordada, el italiano Silvio Mondinelli, el ecuatoriano Iván Vallejo, un sherpa y un asturiano llamado Nacho, integrante de otra expedición que ayer atacó la cima.

Sin embargo, Edurne se mostró un poco preocupada. Al mediodía aún no había regresado de la cima la segunda cordada de su expedición, miembros del programa de TVE, Al Filo de lo Imposible, y que hizo cumbre tres horas más tarde que Pasabán. Se trataba de la catalana Ester Sabadell, la suiza Marianne Chapuisat -la primera alpinista que coronó un ocho mil en invierno en 1994- y el vasco Josu Bereaziartua. "Espero que lleguen pronto", señaló Edurne. Pocas horas después, los miembros de la expedición estaban reunidos en las tiendas del campo de altura situado muy por encima de los 7.000 metros. Una espera que Edurne aprovechó, además, para fundir la nieve y preparar sopa y otros líquidos con sales para hidratarse. Un gesto que los rezagados agradecieron a su llegada al campo 4.

El Nanga Parbat, llamado por los balties de Pakistán, la Diosa Madre, fue en esta ocasión benévola con los alpinistas. La montaña vivió ayer una experiencia inédita. Unos 24 alpinistas partieron en el ataque a la cumbre en un mismo día aprovechando el buen tiempo.

Un ataque masivo a la cumbre inédito en esta legendaria y trágica cima. Si Hermann Buhl resucitara no daría crédito. Ese tramo final que el alpinista austriaco recorrió en solitario durante más de 20 horas en 1953, en la primera conquista del Nanga Parbat, fue transitado ayer por una multitud. Contra todo pronóstico, todos los alpinistas que tres días atrás salieron del campo base llegaron al 4 con ganas de hacer la cima. Alguno con más problemas que otros, pero nadie pinchó antes de la pirámide final, de esos 800 metros últimos que convierten la montaña en un paseo entre el amor y la muerte. Esa zona, donde apenas existe el aire para respirar y las pendientes heladas llenas de nieve se convierten en una trampa que no avisa.

"El Nanga Parbat nos ha costado pelearlo", terció Edurne. "Es una montaña baja, pero rígida y exigente que te deja tocada". Pasabán habla de la dureza de la montaña que entre 1930 y 1950 fue asediada por numerosas expediciones alemanas con un saldo trágico de numerosos muertos. Fue tildada en aquella época como asesina por los alemanes, terminó sucumbiendo a la voluntad de un genio austriaco, Buhl, el padre del himalayismo moderno y que falleció en el Chogolisa, un siete mil, en 1957.

Edurne Pasabán, durante la expedición que culminó ayer, con el Nanga Parbat al fondo. / FERNANDO J. PÉREZ (EL CORREO)

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