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sábado, 4 de junio de 2005
Crítica:

El espacio como materialización del tiempo

El museo Guggenheim de Bilbao, que hasta ahora destacaba principalmente por el impactante edificio de Frank Gehry, contará ahora con un 'contenido' de excepcional importancia: el conjunto de ocho esculturas de Richard Serra para su colección permanente.

A partir del 8 de junio, el Museo Guggenheim, de Bilbao, contará con una instalación permanente del escultor estadounidense Richard Serra (San Francisco, 1939), titulada La materia del tiempo y formada por ocho piezas monumentales, que ocuparán la antes llamada galería Fish y que, a partir de ahora, en homenaje al patrocinador, se denominará Arcelor. Antes de nada, hay que resaltar la audacia y el alto valor de este gesto por parte del Museo Guggenheim, de Bilbao, que no sólo acalla los fundados rumores del comienzo de su andadura acerca de ser sólo un edificio deslumbrante, arropado por una importante franquicia, pero, en el fondo, sin colección propia sustantiva, un mero "escaparate", sino, sobre todo, en tiempos de tibieza y desconcierto, demuestra haber sabido apostar fuerte por el "contenido" de la institución, eligiendo para ello a un artista vivo indiscutible, que, en cierto sentido, puede ser considerado como el último gran escultor. Por lo demás, no ha sido ésta una decisión improvisada, puesto que el museo ya contaba con una importante obra, titulada Snake (Serpiente, 1996), que, enseguida, captó el interés del masivo público. Junto a ello, hay que recordar la exposición Richard Serra. Escultura 19851999, que se exhibió allí entre marzo y octubre de 1999, comisariada, como la actual, por Carmen Giménez.

RICHARD SERRA

'La materia del tiempo'

Museo Guggenheim. Bilbao

Desde el 8 de junio

En arte, la generosidad tiene

un alto precio, pero también una recompensa equivalente. Hay que decirlo con énfasis, porque La materia del tiempo es, a mi juicio, la instalación del conjunto unitario de escultura más relevante, a escala internacional, que se ha producido en décadas y, por tanto, ya, de entrada, por sí misma ha hecho historia, que no es sólo, en este caso, lo referente en comparación con el pasado, sino, principalmente, con el porvenir. Por otra parte, pienso sinceramente que un desafío semejante sólo podía ser asumido hoy con éxito por Richard Serra, que, además de estar en un momento de madurez y enérgica inspiración, antes he calificado, no en balde, como quizá "el último escultor" vivo. Lo es, en primer lugar, porque Serra no sólo no ha dimitido de la identidad histórica de la escultura, que no es otra que afrontar artísticamente la gravedad, sino que, simultáneamente, lo ha hecho sometiéndola a todos los desafíos, conceptuales, físicos y materiales, de la revolución contemporánea; esto es: por un lado, se ha planteado los problemas derivados del peso y lo colosal, pero también, por otro, los de la ligereza más danzarina del diseño.

En este sentido, las ocho piezas monumentales que componen La materia del tiempo, con su imponente masividad de acero, se asientan, en sucesión recorrible y penetrable, no sólo en un dramático equilibrio, sino que lo hacen con una escanción basada en los más atrevidos juegos curvilíneos, de tal manera que "caen" sin frustrar su aérea movilidad: son como una flota de acorazados bailando un vals en medio del océano. Más: la profunda espacialidad que dimana de estas pesantes estructuras elípticas, que, abordada desde las alturas, nos dan la sensación de un oleaje encadenado, nos introducen, al pie de su base, en un laberinto de pasillos ondulantes, cuyo recorrido trastoca y revuelve nuestra percepción. De esta manera, se puede afirmar, tras vivir esta experiencia, que la materia del tiempo es el espacio, pero, asimismo, que la materia del espacio es el tiempo.

El propio Serra nos ha ex-

plicado con admirable claridad la génesis de este grupo de móviles moles eruptivas, recordando el valor que tuvo para él la revisión de la elipse contraída de San Carlo alle Quattro Fontane, del barroco Francesco Borromini, a partir de la cual surgió la innovadora forma de la pieza titulada Torsión elíptica (2003-2004), cuya extraña e imponente belleza no sólo es en sí misma de fascinante complejidad, sino que establece la diferencia entre arquitectura y escultura, entre la inteligencia estructural recubierta y ornamentada con una nítida separación entre el dentro y el fuera, y sin que ésta tenga lugar; es decir: cuando todas las fuerzas trabajan en lo mismo, porque son lo mismo, y, siéndolo, se nos revelan como puras formas, aunque las veamos desde el interior o el exterior.

No voy ahora a entretenerme en explicar los pormenores de la investigación y experimentación físicas de esta formidable experiencia, que obviamente ha supuesto un derroche de imaginación, energía y obstinación por parte del escultor, así como de las increíbles dificultades técnicas que ha requerido su monumental materialización. Esto es algo que da que pensar cuando el visitante se recupera de la experiencia espacio-temporal única que ha vivido al contemplar y recorrer esta asombrosa instalación. Ciertamente, se puede especular al respecto lo que se quiera. Pero lo verdaderamente inolvidable es la experiencia en sí, a la que se nos permite acceder, que no dudo en calificar como la de uno de los acontecimientos escultóricos más impresionantes y cruciales de nuestra época. Ésta ha sido al menos mi vivencia, una vivencia tan fuerte y esencial que no la dejaré de revivir.

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