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jueves, 12 de mayo de 2005
Editorial:

Rajoy rompe

El primer debate del presidente Rodríguez Zapatero sobre el estado de la nación puso de relieve que el PP ha decidido romper todos los puentes con el Gobierno y hacer de la política antiterrorista el eje de su oposición. Ello ocurre cuando el Gobierno necesita de la complicidad del partido de Rajoy para avanzar en su intento de acelerar el fin de ETA. Esa falta de sintonía afecta también a las reformas institucionales, en particular a las de los estatutos y la financiación autonómica, para las cuales el acuerdo PP-PSOE es entre necesario e imprescindible. El carácter radical y demagógico de los alegatos de Rajoy restó credibilidad a sus críticas frente a los puntos débiles del Gobierno: si, contra la percepción de la mayoría, considera que todo va desastrosamente -desde la economía y el empleo a la regularización de inmigrantes-, tal vez el problema sea de la oposición, no del Gobierno.

Zapatero resumió su posición sobre el momento de la lucha antiterrorista con este argumento: el fin de la violencia no tiene precio político, pero la política puede contribuir a acabar con el terrorismo. Si existe alguna posibilidad en esa dirección sería el efecto de la política de firmeza mantenida durante los últimos años y plasmada en el Pacto Antiterrorista. No habría, pues, que lamentar, sino felicitarse, de que hoy aparezcan posibilidades antes inexistentes. Zapatero dio seguridades de que no hay diálogo posible sin un cese de la violencia y, en cualquier caso, se comprometió a que si se da esa circunstancia comparecerá en el Parlamento para trazar la hoja de ruta. Y aseguró, por último, que en ningún caso obtendrían los terroristas una ventaja política de la violencia (o de su abandono).

Es posible que el presidente del Gobierno cuente con informaciones que sea imprudente proclamar. Sería lógico confiar en él, como Zapatero confió en Aznar cuando estaba en la oposición. También sería lógico compartir con el líder del primer partido de la oposición la información que pueda comunicarse sin afectar a la seguridad. Pero Rajoy pareció poco interesado en compartir nada. Sus intervenciones de ayer recordaron la voluntad de incomunicación que llegó a crear Aznar, cuando, en plena ofensiva de ETA, se negó incluso a recibir a Zapatero para hablar de la seguridad de los concejales vascos amenazados.

Rajoy se pareció más a Aznar que a sí mismo cuando acusó al presidente de estar en la presidencia gracias a los atentados del 11-M, de haber traicionado a los asesinados por ETA o de haber cedido ya al chantaje terrorista al no promover la ilegalización del partido para el que pidió el voto Batasuna. Es falso que ETA esté en el Parlamento vasco, que sea culpa de Zapatero, e insólito que, cuando ni siquiera ha habido contactos con los terroristas, Rajoy le acuse de haber incumplido el Pacto Antiterrorista por la presencia del Partido Comunista de las Tierras Vascas en el Parlamento vasco y por haberse entrevistado con Ibarretxe.

Resulta lamentable que Rajoy -que tras un famoso vídeo reclamó una oposición menos burda- siga el guión que le marcan con sus simplificaciones y fantasías un puñado de demagogos y charlatanes. La oferta de acuerdo en defensa de los valores constitucionales es incoherente con las descalificaciones sumarísimas que deslizó Rajoy. Zapatero presentó los resultados de sus políticas sectoriales (empleo, pensiones, vivienda, infraestructuras) bajo el prisma más favorable, lo que es bastante lógico; pero el catastrofismo de la respuesta de Rajoy en asuntos como la regularización de inmigrantes, el plan Galicia, los efectos de la sequía o las obras públicas, entre otros, dieron oportunidad al presidente para recordar otras apocalípticas profecías del PP no verificadas.

Rajoy atacó especialmente la que parece considerar principal debilidad del Gobierno: su política territorial o, mejor dicho, los efectos de su política de alianzas sobre las reformas territoriales. Sobre la financiación, el Gobierno actual no ha planteado ninguna fórmula pactada unilateralmente por el Gobierno, como sí hicieron Aznar y Rato con Pujol en su día. A las descalificaciones de Rajoy el presidente respondió recordando la validez del acuerdo para crear una estructura conjunta PP-PSOE de seguimiento de esas reformas, pero sin que la oposición pretenda fijar los componentes de la misma. El líder del PP evitó responder a la oferta de crear de inmediato esa estructura, lo que puede ser un síntoma de que también en este terreno prefiere mantener abierto el desacuerdo, para denunciarlo, que evitar los males que augura. La relativa indefinición de Zapatero sobre cuestiones delicadas ya planteadas en algunos proyectos de reforma estatutaria, y el riesgo de crear expectativas que sea luego imposible rechazar, quedaron así relativizados por la actitud sectaria del líder del PP.

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