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Tribuna:

La autobiografía de Cervantes

En el cuarto centenario de El Quijote se va a leer -se está ya leyendo y oyendo- una extraordinaria cantidad de elogios y parabienes. Lo que me temo que no se va a oír tanto es que Miguel de Cervantes no fue sólo un incomprendido en la España de su tiempo, sino que fue maltratado, preterido y humillado por sus contemporáneos. Esto, por supuesto, es bien sabido; pero conviene recordarlo una vez más en medio de tantos panegíricos y ditirambos.

Casi todas las grandes novelas son autobiográficas en medida considerable: A la busca del tiempo perdido es casi un diario de su autor, Proust; el Ulises de Joyce es una especie de esperpento autobiográfico; como muchos literatos expatriados, Joyce construyó su literatura a base de destilar recuerdos de infancia y juventud. En Fortunata y Jacinta Galdós se retrata dos veces, una como un Don Juan joven y señoritingo, y otra como un Don Juan maduro con ribetes de viejo verde. Los ejemplos pueden multiplicarse; me pregunto yo si se ha insistido lo bastante en lo que de autobiográfico tiene El Quijote.

Pierre Vilar, en su celebrado artículo sobre El tiempo del Quijote, afirma con fundamento que la melancolía que la obra desprende está en relación con el inicio de la decadencia de España, que la agudeza cervantina ya percibía. Vilar ve también una corrosiva crítica social, y compara a Cervantes y el Quijote con Charles Chaplin y Charlot. El paralelo es indudable. Pero la vida de Don Quijote se parece a la de su creador mucho más que la de Charlot a la del suyo. Por supuesto, El Quijote es una autobiografía alegórica; lo importante a este respecto no es que se narren episodios relacionados con capítulos de la vida pasada de Cervantes, como la "Historia del cautivo"; es que Don Quijote y sus desventuras son un trasunto de Cervantes y las suyas. Las descripciones fisonómicas que Cervantes hace de Don Quijote son bastante parecidas a la que hizo de sí mismo en la introducción a las Novelas ejemplares: un hombre entrado en años, delgado, aguileño, de barba blanca o entrecana, macilento, desdentado, apasionado por la lectura. El Quijote es un libro escrito en la vejez de Cervantes, en un momento en que su autor tenía motivo y perspectiva para reflexionar sobre su ya larga vida y enjuiciar aciertos y errores, venturas y desventuras. Es evidente que Cervantes se daba cuenta de que la afición a las letras había marcado su existencia, como marcó la de su héroe, y que al igual que a Don Quijote, tal pasión le convirtió en un ser marginal, inadaptado, en un gran fracasado, que se había echado a los caminos del mundo buscando y ofreciendo justicia y saliendo las más de las veces apaleado y maltrecho. Las numerosas pérdidas de dientes de Don Quijote durante sus malhadadas aventuras muestran un paralelo con el hecho de que su autor, según propia confesión, "no tiene sino seis y éstos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros". Al final de su vida Cervantes se sentía fracasado, y con razón, pese a haber escrito un libro tan grande como El Quijote. Su grandeza literaria le sirvió de tan poco como a su héroe su grandeza de ánimo.

A Cervantes sus obras literarias le reportaron poco dinero y menos reconocimiento social. En 1605, publicada ya la primera parte de El Quijote con eco notable en España, y casi más fuera de ella, Cervantes y su familia fueron injusta e ignominiosamente encarcelados con motivo de una muerte violenta que ocurrió cerca de su casa; no había el menor adarme de evidencia contra ellos; pero parece que se les echó la culpa por ser una pobre gente, para exonerar al verdadero culpable, que era alguien de mayor relieve o mejores conexiones sociales. Al final fueron liberados de las inicuas sospechas, pero ninguna reparación recibieron por el atropello, ni moral ni menos monetaria. Es también conocido que cuando unos aristócratas y diplomáticos franceses visitaron España en 1612 se quedaron boquiabiertos al saber las humildes circunstancias y escasa consideración en que vivía Cervantes, quizá el escritor vivo en aquel momento con mayor reputación internacional, y que comentaron con indudable sorna que casi era mejor así, que permaneciera pobre para que siguiera enriqueciendo al mundo con sus obras.

También es un rasgo autobiográfico el destacado papel de los duques en la segunda parte de El Quijote. Cervantes persiguió con muy poco éxito el mecenazgo de los grandes (duque de Béjar, conde de Lemos); en el libro los ficticios duques toman a Don Quijote y Sancho bajo su condescendiente protección, tratándolos más como a bufones o fenómenos de feria que como a amigos; sin duda don Miguel temía que eso le sucediera a él en el mejor de los casos, el de que sus súplicas fueran escuchadas. En último término no lo fueron, y Cervantes murió en la miseria.

Si en su vejez Cervantes fue un gigante literario, en su juventud fue un héroe de guerra. Aquí tampoco alcanzó suerte ni reconocimiento: tras perder la mano izquierda en Lepanto lo único que obtuvo fue un insignificante aumento de sueldo. Esta pequeña ventaja desapareció cuando a los pocos años, tras permanecer al servicio militar de su majestad, fue aprisionado y cautivo en Argel, endeudándose su familia para reunir con grandes trabajos el rescate que le permitió volver. Al parecer, sus peticiones de ayuda al Rey no fueron atendidas porque tras Lepanto todo tullido en España se proclamaba mutilado de guerra. ¡Cuán común es que la picaresca hispánica logre que paguen justos por pecadores! "Al fin y al cabo", se dirían los Monipodios de turno, "tan tullido estoy yo de resultas de una refriega de taberna como los que fueron heridos en Lepanto. El elitismo de los héroes es intolerable". Este tipo de opinión es hoy moneda corriente, por ejemplo, en nuestras universidades, donde el que se estimule y remunere la excelencia científica es tachado de elitismo por más de un pícaro universitario.

La historia de Cervantes, que tan a lo vivo nos pintó su autor en El Quijote, resulta muy deprimente. Unamuno sostenía que el libro no era humorístico, sino tristísimo. Es ambas cosas, porque el humor más grande es aquel que, como el de Cervantes, logra reír y hacer reír con la desgracia propia. Es ese humor negro tan ibérico de Goya, de Valle-Inclán, de Eça de Queiroz. El patetismo de la vida de Cervantes me hace pensar irre

-mediablemente en la de Mozart y en la de Vincent van Gogh, que también murieron pobres e ignorados para vergüenza de las sociedades en que produjeron sus obras geniales. Lo mismo ha ocurrido con numerosos científicos. Yo podría citar de memoria media docena de economistas cuya obra no fue reconocida sino póstumamente. Cierto es que la ciencia no es un fenómeno de masas, como la literatura o el arte; pero nuestras sociedades se precian de un alto nivel de educación. Ya resulta un poco embarazoso que la sociedad española se enterara de que Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa existían porque se lo hizo saber el Comité Nobel. Peor resulta que en la actualidad nuestras universidades se defiendan con uñas y dientes de los científicos españoles que se han formado y han destacado fuera de sus círculos endogámicos; se resisten como si se tratara de competencia desleal. Un ejemplo muy aireado, pero no por eso muy atendido, es el de los becarios "Ramón y Cajal", casi todos formados fuera, que, con contratos temporales del Ministerio de Educación, se encuentran con que la mayoría de las universidades no les quieren (quieren a "los suyos", aunque valgan menos). Caso sangrante de estolidez universitaria es lo que ocurrió con Antonio Domínguez Ortiz, uno de los mejores historiadores sociales del siglo XX, a quien ninguna Universidad española quiso en sus aulas. Comentando su caso decía un colega británico con ironía cervantina: "Qué buenas son las universidades españolas, que se permiten prescindir de Domínguez Ortiz". Casos parecidos están en la mente de todos. Las consecuencias son graves.

El caso de los grandes artistas incomprendidos resulta muy doloroso; pero la sociedad ignara que no los reconoció más tarde disfruta de sus obras: ahí está El Quijote. La falta del magisterio de los científicos rechazados por nuestras universidades es una pérdida absoluta.

Gabriel Tortella es catedrático de Historia Económica en la Universidad de Alcalá.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de febrero de 2005