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miércoles, 19 de mayo de 2004
57º FESTIVAL DE CANNES

Tom Hanks y Joel Coen rescatan con 'Ladykillers' la genial comedia inglesa

El certamen entra en su recta final sin encontrar una sola obra excepcional

Se esperaba mucho del varias veces aplazado encuentro a uno y otro lado de la cámara entre los hermanos Ethan y Joel Coen y el actor Tom Hanks. Hay un esmero y un gusto por la precisión en el estilo de realización de Joel Coen que le va a las mil maravillas a las peculiaridades interpretativas de Hanks, que es un actor tocado por la ambición, o el vicio, del perfeccionismo. El acoplamiento entre ambos discurre de forma cómoda y perfectamente medida en Ladykillers, que es una versión en toda regla de la legendaria comedia inglesa de los años cincuenta.

La primera, y genial, Ladykillers se tituló en España El quinteto de la muerte y, además de descubrir nada menos que a Peter Sellers, permitió a Alec Guinness hacer una de las portentosas creaciones esperpénticas de la primera etapa de su carrera. Tom Hanks es un actor sagaz, que sin duda conoce a fondo sus limitaciones, que es la única vía que el intérprete tiene de superarlas. De ahí que haya huido del deslumbrante juego de truculencias con que Guinness compuso y adornó su célebre personaje y su elección casi es la contraria: compone un delincuente atildado, un ambiguo caballero de salón, de afectada elegancia adornada con toques de hortera sureño. Dice Hanks: "La interpretación de Guinness era insuperable y yo abordé el personaje como se hace con los grandes clásicos del teatro, como si fuera a interpretar Ricardo III".

Joel Coen juega, y a ratos juguetea, con el legendario quinteto de Ladykillers, inefables atracadores convertidos a su pesar en asesinos, con la mezcla de precisión y desparpajo, de regla de cálculo y de instinto para el brochazo, con que ha dado forma a sus mejores y más libres películas, dos de las cuales, Barton Fink y Fargo, alcanzaron sonoros premios en este festival. Y quizá busque con Ladykillers un tercer reconocimiento a su formidable capacidad de realización, que roza territorios de gran brillantez y vuelve a mostrar un pulso recio y firme en la resolución de escenas y en la definición y el trenzado de personajes, que parece bordado sobre un patrón formal escrito con tiralíneas.

Aunque su versión del genial filme de Alexander Mackendrick lo es en toda la regla, pues sigue en esencia las líneas argumentales y de composición trazadas por el guión original, los hermanos Coen se las arreglan para llevarlo al redil de sus tics personales y sus propias marcas de casa, haciéndolo así parecer cosa suya. Hay trampa en este juego de suplantaciones, pero trampa lícita, porque no se hace -como es habitual- con las manos escondidas. Bromeó Joel Coen: "Hicimos la película porque a los ingleses se les retorcían las tripas cuando se enteraron del proyecto". Y quizá hay un fondo de sinceridad en esta boutade. Entra en el espíritu burlón de estos hombres de cine el gusto por la irreverencia, son iconoclastas vocacionales y seguramente lo pasaron bien dando la vuelta a instantes sagrados de la historia de la comedia. Pero este juego tiene un revés peligroso y difícil de gobernar. Es el derivado del cotejo entre el viejo y el nuevo Ladykillers. Y no parece probable que a Coen y a Hanks les resulte gratificador comparar, pantalla junto a pantalla, su trabajo con el de Mackendrick y Guinness, cuya energía y frescura creadora se mueve en niveles evidentemente superiores a los suyos.

Lo que en este nuevo Ladykillers alcanza estado de gracia es la banda sonora, la sustitución de la música barroca europea por los ritmos sureños donde la admirable vieja dama del filme, la maravillosa Irma P. Hall, oficia sin saberlo la irresistible comicidad del macabro ritual de los falsos músicos que invaden su casa y acaban saliendo de ella con los pies por delante.

Y, mientras tanto, sigue sin llegar la película excepcional que siempre se espera de un festival como éste. Quedan dos -la de Walter Salles sobre Che Guevara y la del eminente cineasta chino Won Kar-wai, que cuentan fue arrebatada desde aquí al festival de Berlín- más que esperanzadoras. Pero la baja calidad de casi todos los filmes de escolta de los días pasados deja detrás una secuencia de decepciones que comienza a impacientar a mucha gente. Ayer, por ejemplo, cerró el día una película tailandesa -Tropical malady, de un tal Apichatpang Weerasethakul- que en algunos aspectos no supera el nivel de un trabajo amateur, lo que crea un chirrido -y no es el único- en una línea de programación que se supone de alta exigencia, pero que experimenta giros y caídas inexplicables.

Tom Hanks (izquierda) y Joel Coen, en la presentación de Ladykillers en Cannes. / REUTERS

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