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viernes, 7 de noviembre de 2003
COLUMNA

Colegio macho

Apertura del año universitario. Llegada de los alumnos novatos a los colegios mayores. Primeras noches del curso. La gamberrada iniciática, un vestigio macho-fascista que muchos sufrimos en los cuarteles de la mili obligatoria, se sigue practicando de manera general en esos "centros de formación cultural y científica" que teóricamente son los colegios y residencias universitarias. ¿Forma parte la novatada de las esencias patrias, de la "cadena del ser" (término del filósofo Arthur Lovejoy), en este caso de una cadena del ser español y muy hombre?

Duchas de agua fría en la madrugada, manteos, pruebas de resistencia física en pelota picada, un pequeño surtido de humillaciones que a veces saltan a los periódicos por el drama: un estudiante herido, un recluta que no lo aguanta más y se suicida. Sin embargo, una de las novatadas predilectas de los veteranos del Colegio Mayor Marqués de la Ensenada, del campus de Moncloa, es obligar a los nuevos a ir a ese temible parque temático de maricones que es el barrio de Chueca y hacerse una foto junto al rótulo de la estación de metro que hay en la plaza; y por si su buen nombre heterosexual no sufriera con tal exposición suficiente deshonra, el novato ha de comprar en un kiosko la revista gay Zero, exhibiéndola impúdicamente en el regreso a la Ciudad Universitaria. Más que drama, como se ve, sainete de una rancia estirpe.

Pero en el pasado curso, este colegio mayor, un centro privado propiedad de la Asociación de Hidalgos a Fuero de España (sic) aunque adscrito a la Universidad Complutense, ha albergado escenas que trasformaban la zafia astracanada chulesca en grave persecución y acoso a cuatro residentes homosexuales, hoy expulsados del colegio y sancionados económicamente con pérdida de la cuantiosa bonificación. Dos de ellos, Ismael Arranz y Juan M. Fernández, han descrito -y publicado en el último número de la revista Zero- la pesadilla sufrida en forma seminovelada (los nombres de los cuatro aparecen cambiados; las familias, ya se sabe, aún no están por la labor de comprender al que entiende, sobre todo si es hijo suyo). El asunto me interesó, y la curiosidad me ha llevado a hablar con tres de los muchachos implicados (estudiantes, por cierto, de periodismo) y con el director del colegio, que de forma correcta aunque hermética no quiso, tras tildar de "mentiras" los hechos reflejados en el artículo, entrar en conversación sobre lo ocurrido. Lo ocurrido no sólo está ahora siendo investigado, tras la denuncia de los ex colegiales, por el jefe de inspección de servicios de la Universidad Complutense, sino que, naturalmente, como toda disputa, ofrece versiones opuestas. Pero hay, en el escalofriante relato que les oí, en el detallado y serio artículo escrito por Arranz y Fernández y en la amplia documentación que he examinado (incluyendo una maravillosa carta de apoyo y protesta de los padres del segundo: esta familia sí comprende), los suficientes indicios para que cualquier observador imparcial detecte la persistente mancha negra de la fobia al homosexual; al homosexual, claro, que se muestra como tal o, en palabras que los chicos ponen en boca del director del colegio en el memorándum enviado al rector de la Complutense, "hace alarde de una supuesta condición sexual".

Alardear o no alardear (más que ser o no ser); ésa es la cuestión. El drama del colegio Marqués de la Ensenada empezó cuando unos cuantos colegiales olieron "marica" en dos compañeros de cuarto o pasillo, y vieron confirmadas sus tremebundas sospechas con el hallazgo en la mesilla de uno de ellos de un tubo de vaselina y una guía de bares de Chueca. Los insultos velados o explícitos, la broma vejatoria, el boicot, la conspiración de silencio; la realidad, por desgracia, confirma que, tras la aparente aceptación social del concepto de gay y lesbiana se sigue escondiendo la recelosa inquina al homosexual que pretende vivir su identidad sin ocultar vergonzantemente los modos de expresarla.

Se trata de un caso que la Universidad Complutense ha de esclarecer y, una vez probado, castigar hasta sus últimas consecuencias, sobre todo si se quiere cumplir con la normativa dictada por la propia vicerrectoría de alumnos prohibiendo cualquier atentado a la dignidad de los estudiantes. Pues indigno será nuestro futuro civil si el ámbito universitario no da el más rotundo ejemplo eliminando la intolerancia y la discriminación contra aquellos de sus miembros que hacen pacífica muestra de su diferencia.

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