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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

La Esparta judía

Para el escritor Israel Shahak (1933-2001), el sionismo procede de la visión judía que mantienen las comunidades clásicas, en las que, como en Esparta, el humor y las comedias estaban prohibidas.

De acuerdo con sus propias declaraciones a la revista Middle East Policy en 1989 -recogidas en la oportuna nota biográfica de Juan Aranzadi y Celia Montolío que abre esta edición de Historia judía, religión judía-, la crítica al sionismo de Israel Shahak no se fundamenta en el sufrimiento que ha provocado entre los palestinos, sino en el hecho de que "sus premisas básicas acerca de los judíos y de la raza humana en su totalidad son incorrectas". Desde esta perspectiva, Shahak considera a los habitantes de los territorios ocupados las primeras víctimas de una "utopía cerrada" que, en una espiral cada vez más frenética, acabará por desestabilizar la totalidad de la región y por arrastrar a sus propios defensores. Por ello, Shahak estima que "el antisemitismo y el chovinismo judío sólo se pueden combatir de manera simultánea".

HISTORIA JUDÍA, RELIGIÓN JUDÍA. EL PESO DE TRES MIL AÑOS

Israel Shahak

Prólogos de Gore Vidal y Edward Said

Nota biográfica y traducción de Juan Aranzadi y Celia Montolío

Antonio Machado Libros Madrid, 2002.

251 páginas. 20 euros

Con este propósito doble pero

coincidente, Shahak emprende una indagación acerca de los orígenes de esa "utopía cerrada" y, al mismo tiempo, una sistemática denuncia de los mecanismos que han permitido ocultar, durante más de un siglo, su carácter exclusivista e, incluso, totalitario. Respecto de lo primero, Shahak subraya las concomitancias entre la utilización de la religión por parte del sionismo y la llevada a cabo por la comunidad judía clásica, caracterizada por un férreo control de los individuos hacia adentro y por el desarrollo, hacia afuera, de una intermediación entre el poder absoluto de los reyes y la totalidad de sus súbditos. El final de ese periodo clásico, consagrado por el sionismo como auténtica Edad de Oro a la que convendría regresar, tiene lugar a finales del siglo XIX, y Shahak comparte con las historias tradicionales del judaísmo la idea de que fueron las leyes antisemitas las que lo precipitaron.

Añade, sin embargo, que la comprensión cabal de lo que sucedió, decisiva para reconocer el marco ideológico en el que se inserta el sionismo, exige prestar atención a otro hecho sobre el que las historias tradicionales pasan de puntillas: la destrucción del omnímodo poder de los rabinos sobre los creyentes. Siempre según Shahak, el propósito último del sionismo ha sido más el de restablecer este poder, secularizándolo, que el de oponerse al antisemitismo en virtud de un rechazo taxativo de cualquier forma de discriminación. De ahí que el Estado de Israel haya vuelto a desempeñar, "en una forma acentuada, a escala global y en circunstancias más peligrosas", el mismo papel ambivalente que la comunidad clásica: según Shahak, construir una "Esparta judía" hacia dentro y actuar, hacia fuera, como "administrador de un opresor imperial".

Pero de ahí, además, que haya desarrollado unos mecanismos de ocultación de sus proposiciones más fanáticas, fuente de discriminación hacia los no judíos. Shahak denuncia que la traducción a otras lenguas de los textos y los debates mantenidos en hebreo es manipulada por sistema, de manera que nadie, salvo sus hablantes, sepan la realidad que se esconde detrás de frases en apariencia anodinas. El desigual valor que se concede a la vida de los judíos y los gentiles, que llega hasta la expresión de un crudo racismo contra los negros, es edulcorado en unos casos mediante la supresión de los párrafos comprometedores. En otros, se prefiere mantener los términos sin traducir, de manera que el lector gentil imagine que se trata de conceptos o realidades de la Antigüedad, sin continuidad en el presente. En otros, por último, se concede más valor a la interpretación sectaria de los textos que a su neutra literalidad, de manera que nada se adelanta con conocerla.

El extraordinario mérito de Historia judía, religión judía, de Israel Shahak, procede de la coherencia moral que atestiguan sus páginas; una coherencia moral que prefiere la crítica de los fundamentos de su propio país, entre los que destaca la manipulación de un credo religioso por el que él mismo fue perseguido, a la crítica de credos ajenos en cuyo nombre se persigue hoy a otros hombres y mujeres. "No hay nada más despreciable", escribe Shahak, "que el uso deshonesto de principios universales". Es precisamente esta convicción, esta defensa sin fisuras de los principios universales, la que convierte su ensayo en un alegato contra cualquier totalitarismo, y no en una manifestación de "auto-odio judío", como le recriminan sus adversarios.

La voz que llegaba del otro lado

NACIDO EN Polonia en 1933, recluido en el gueto de Varsovia junto a su familia, superviviente de los campos de Poniatowo y Bergen-Belsen, y emigrante en Palestina antes de la partición, Israel Shahak mantuvo su confianza en el sionismo hasta la guerra de 1956. Fue entonces cuando, según sus propias palabras, escuchó a Ben Gurion asegurar que, por encima de la guerra defensiva, el propósito del Estado judío era "restablecer el reino de David y Salomón". Shahak se sintió engañado.

A partir de entonces, la distancia con la clase política israelí, de un extremo a otro del espectro, no cesó de incrementarse, conduciendo a Shahak hacia un terreno de coincidencia con Gore Vidal o Edward Said, autores de sendos prólogos para esta Historia judía, religión judía: el terreno en el que los partidarios de cualquier causa, por distante que sea, pueden sin embargo estar de acuerdo en que la "respuesta ha de ser universal, aplicable en principio a todos los casos comparables".

Como escritor, como activista de los derechos humanos, Israel Shahak, muerto en 2001 a la edad de 68 años, honró siempre este compromiso. Su meticuloso trabajo de denuncia de las injusticias y los crímenes cometidos contra los palestinos hizo que muchos de ellos empezasen a entrever la posibilidad de derribar la frontera que les separaba de los israelíes, y a comprender, a su vez, el carácter injusto y criminal del terrorismo. Shahak fue para ellos la voz del humanismo y la piedad, y llegaba del otro lado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de marzo de 2003

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