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martes, 30 de julio de 2002
GUIÑOS

Figuras difuminadas

En su línea habitual la sala del Archivo de Alava nos ofrece un ejemplo atrevido de fotografía actual. No se trata de fotografía documental, ni tampoco me atrevería a denominarla creativa. Atraviesa en diagonal las artes plásticas y trata de eliminar los tabiques que las separan. Plantea numerosos interrogantes. Incita respuestas encaminadas a la deconstrucción de esquemas rígidos. En este caso ayuda a replantearse el concepto del retrato ya que partiendo del mismo, como primera referencia, termina por conformar figuras difuminadas. Personajes cuya identidad se encuentra en una gama cromática y una geometría evanescente.

El autor de estos trabajos es Guido Anderloni (Milán, 1966). Su formación inicial proviene de la pintura. Luego se interesó por las instalaciones, la fotografía y el vídeo. Su obra ha recorrido numerosas galerías de España e Italia. Lo suyo, más que temas son reflexiones. De esta manera ha trabajado sobre las formas de comunicación o en la denuncia política. Lo que ahora se puede ver en Vitoria indica una preocupación por el cuerpo humano a través de vestigios o huellas poco definidas. Son quince retratos y un vídeo que mantiene los mismos criterios de realización que las fotografías. Son exposiciones largas en las que los cuerpos situados frente al objetivo de la cámara pierden nitidez por su movimiento. Así, Se envuelven de un halo confuso y poco descriptible. Es una manera de huir de los conceptos expandidos por la industria mass-mediática donde la nitidez y claridad de lenguaje es premisa exigida, un abandono que para algunos supone entrar en el universo de la creación.

Sin duda, esta práctica artística encaja dentro de las corrientes contemporáneas. Se deja llevar por un formalismo abstracto que revienta la representación humana tal y como se entiende desde las escuelas realistas.

Las inquietudes despiertan a través del color, la escasa definición de las formas y una extraña sensación de movimiento que llega simplemente por una convención para la lectura de las imágenes, no porque realmente esté presente. Con todo, las imágenes están lejos de alcanzar emociones conmovedoras. Por momentos se convierten en algo impersonal, sin contenido, sin trastienda ni misterio alguno. Simplemente color y sombras. Una belleza vacía, simple, donde al espectador le faltan signos suficientes para dar rienda suelta a sus fantasías.

En cualquier caso su oferta debe aceptarse como una practica artística que incita nuevas búsquedas. No sirve definir su trabajo por la tan manida frase 'desmitifica la representación humana' son miles los autores a los que se podría otorgar esa virtud o quizás carencia. Sus valores son menos perecederos de lo que indican las frases hechas. Evidentemente, no están del lado de la representación, concebida como un producto acabado de cierta actividad relativamente realista, figurativa, óptica o 'retiniana', según diría Marcel Duchamp. Es autocomplaciente, parece más bien que cabalga hacia la creatividad en si misma, hacia el proceso generador del acto y la idea, donde las obras no son objetos terminados sino procesos en curso. Pero este recorrido es largo y complicado y no siempre se acierta con la buena dirección.

Pero más allá de unos y otros conceptos de reflexión sobre el arte, lo que estos días puede verse en el Archivo Histórico de Alava es prueba de interés para mejor entender la situación actual de la fotografía y las transformaciones a las que se presta el proceso y uso de la cámara oscura.

Es un punto a considerar porque nos ofrece otra ventana más del mundo. Otra forma de observar que se añade a las inquietudes de un medio cuya historia está marcada por su mutabilidad y adecuación a los tiempos para multiplicar sus posibilidades expresivas. En fin, sean para uso privado, intimo o para incorporar en el mercado, jueguen un papel económico, simbólico o mitológico dentro de un grupo sean siempre bienvenidas las fotografías que se construyen con la esperanza de renovar y abrir otras vías de pensamiento.

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