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jueves, 30 de mayo de 2002
Tribuna:

La cuestión nacional: rectificación o progreso

Con perspicacia intelectual y mesura expresiva, resaltaba Andrés de Blas (EL PAÍS, 15 de mayo) la 'rectificación' de actitudes intelectuales y políticas de la izquierda ante la cuestión nacional española. El próximo 15 de junio conmemoraremos el vigesimoquinto aniversario de las primeras elecciones democráticas. Dentro de un año, la Constitución de 1978 cumplirá su primer cuarto de siglo. El clima político e intelectual de entonces posibilitó la transición y su traducción jurídica en el texto constitucional. Este clima -al menos por lo que hace a la cuestión nacional- ha cambiado, según reseña Andrés de Blas con una cita de Edurne Uriarte. Se ha producido -al decir de Uriarte- un 'debilitamiento de las posiciones filonacionalistas' periféricas en la izquierda intelectual, que se ha deslizado -según señala la misma cita- hacia 'un neoconservadurismo'.

No cuesta percibir este cambio de clima. Algunos factores que lo explican son referidos acertadamente en el artículo del profesor de la UNED. Cabría añadir otros factores que no se mueven en la esfera académica o intelectual. Por ejemplo, las hábiles estrategias organizativas y mediáticas adoptadas por la derecha española para restaurar su discurso nacionalista. O las torpes tácticas políticas de los nacionalismos democráticos catalán o vasco que han dado pie a este cambio de clima.

Menos convincente es, sin embargo, la afirmación de que este cambio y la 'aceptación compartida de una idea de patriotismo constitucional' -retomada por el Partido Popular de algunas propuestas del ámbito socialista- permita ahora un 'terreno de entendimiento de la política española'. Para De Blas -si interpreto bien-, la concepción de la nación como sugestivo proyecto de vida en común -que tanto ha inspirado la rectificación que comentamos-, se convierte ahora en una 'cosmovisión nacional de signo global', en la que podrían encontrarse tradiciones políticas conservadoras y progresistas.

En este contexto, el abandono de las actitudes 'filonacionalistas periféricas' por parte de la izquierda equivaldría a la corrección de un desvarío temporal y el retorno a la tradición liberal de un nacionalismo español que la excelente obra de Álvarez Junco coteja con otras construcciones nacionalistas. En tal caso, la versión de este patriotismo constitucional no deja de ser una versión actualizada de lo que he denominado en ocasiones una concepción nacional-estatista: 'Cada nación, un solo estado; cada estado, una sola nación'. Y para cada nación-estado, una jerarquía de identidades colectivas debidamente articuladas en orden escalonado, donde -según el lenguaje tradicional- la 'patria grande' prevalece lógicamente sobre la 'patria chica'.

Por lo demás y pese a sus declaraciones sobre patriotismo constitucional, esta visión tradicional es la que se desprende de la política real desarrollada por el Partido Popular en los últimos años, tanto en el orden simbólico -tan revelador en este terreno- como en sus políticas sectoriales o en sus interpretaciones constitucionales. Baste señalar su oposición a la participación de las comunidades autónomas en las instituciones de la Unión Europea, una participación que el patriotismo constitucional a la alemana no tiene reparo en reconocer a los länder de aquel país. Si el patriotismo constitucional a la española no supera la vieja concepción nacional-estatista -en la que coincide con los nacionalismos conservadores que gobiernan hoy España, Cataluña y el País Vasco-, poco aportará al replanteamiento de la cuestión nacional española.

A mi juicio, lo que corresponde a los intelectuales progresistas es desarrollar categorías teóricas y constitucionales que sustituyan unos instrumentos cada vez menos aptos para entender y ordenar las realidades de nuestro tiempo. La vieja idea de la nación-estado -por remozada que se presente- vale poco para regular las relaciones culturales, económicas y políticas que se dan hoy entre ciudadanos cómodamente identificados en más de una dimensión y sin forzadas jerarquías. Europeos, vecinos de un barrio, españoles, catalanes, latinos, barceloneses: para muchos de nuestros conciudadanos. Estas y otras identidades no territoriales se acumulan y solapan en su vida cotidiana, sin rigurosa preeminencia formal.

Por esta razón, los llamados intelectuales de izquierdas no pueden quedar satisfechos con la 'rectificación' que señala De Blas. Ni siquiera en su versión más civilizada y dialogante. Deberían tener más ambición y aspirar a la elaboración de herramientas capaces de facilitar -en lugar de entorpecer- procesos complejos e inevitables: la compatibilidad de identidades entre las naciones de España, su dinámica relación con la identidad europea y su articulación con las identidades de los inmigrantes 'extracomunitarios' que han venido para quedarse entre nosotros.

Concluye De Blas señalando que no podemos quedarnos en un 'simple retorno al pasado' e invita a seguir reflexionando. Hay que aceptar esta invitación, si -en lugar de rectificar- se admite que hay que dejar atrás un arsenal ideológico elaborado en el siglo XIX. O incluso el que se utilizó hace veinticinco años, cuando ni la Unión Europea ni la globalización eran elementos de nuestro paisaje político. De contentarse con la mera rectificación y no avanzar de manera creativa, los intelectuales progresistas no harían honor al título que pretenden y el 'neoconservadurismo' que Uriarte señala dejaría de ser provisional para convertirse en definitivo.

Josep M. Vallès es catedrático de Ciencia Política de la UAB y miembro de Ciutadans pel Canvi.

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