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sábado, 24 de marzo de 2001
25 AÑOS DEL GOLPE MILITAR EN ARGENTINA

El cruento éxito de la 'Operación Aries'

Los golpistas acabaron con el Gobierno constitucional de Isabel Perón e iniciaron una orgía de sangre que duró siete años

CARLOS ARES 24 MAR 2001
La dictadura militar instaurada en Argentina tras el golpe de Estado del 24 de marzo de l976 marcó durante siete trágicos años la vida del país con una huella tran profunda que 25 años después aún muestra sus secuelas. La represión desatada por las Fuerzas Armadas que entonces asumieron el control total del poder bajo el lema de "combatir a la subversión" marca uno de los hitos históricos más tristemente célebres del último cuarto de siglo. El régimen cuyo primer presidente fue el teniente general Jorge Rafael Videla superó todos los antecedentes registrados en el país de intervenciones de las Fuerzas Armadas en la vida política. Miles de jóvenes desaparecidos, torturados, delitos aberrantes cometidos desde el poder del Estado, una balance económico empobrecedor, decenas de miles de argentinos empujados al exilio, definen la herencia de la dictadura.

Los implicados le conocían como Operación Aries. El golpe de Estado contra el Gobierno constitucional que presidía María Estela Martínez, Isabel, la viuda de Perón, y que se preparaba desde de octubre del año anterior debía darse entre 21 de marzo y el 20 de abril de 1976. El general Roberto Viola, secuaz del general Jorge Videla, cabeza de la conspiración, y su sucesor en la presidencia de la dictadura, sugirió el signo del zodíaco como clave. Sucedió al fin la madrugada del 24 de marzo de 1976, hace ya veinticinco años. Nadie podía siquiera imaginar entonces la tragedia que se avecinaba. Aquél no era uno más de los rutinarios y sucesivos asaltos al poder que intentaban los militares, alentados por minorías civiles de la ultraderecha. Ese módico crimen, en comparación con los que cometerían después, sería el primero y menos violento de la más sanguinaria dictadura entre todas las instaladas en Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo veinte. Nadie mató tanto y con tanta crueldad. Ningún otro régimen alcanzó jamás semejante grado de perversión, al punto de arrojar a los cautivos aún vivos al mar, hasta el extremo de inventar la desaparición como método de tortura continua, permanente, incesante para todos los familiares y sus descendientes, y los hijos de los hijos; la tortura que persiste de generación en generación. ¿Dónde están los desaparecidos?

Viaje en helicóptero

Miércoles 24, la una de la madrugada. Isabel, como se la conocía popularmente y como le llamaban los íntimos desde que adoptara ese nombre artístico en sus épocas de bailarina de danzas folclóricas, no comprendió de inmediato qué sucedía. Le llevaban en helicóptero desde la Casa Rosada hacia la residencia presidencial del barrio de Olivos, simularon una falla en el motor y le avisaron que tendrían que descender en el sector militar del Aeroparque, que está a mitad de camino. Cuando bajó en la base aérea tres representantes de las Fuerzas Armadas, el general Villarreal, el brigadier Lami Dozo y el almirante Santamaría, ejecutaron la operación bolsa y le comunicaron que estaba arrestada. Fue entonces cuando la frágil viuda, enferma de úlceras sangrantes que la habían obligado a pedir una prolongada licencia, la mujer que había llegado hasta allí sólo por haber conocido y amado en el exilio al general Juan Perón, sacó la voz quién sabe de dónde y le dijo a su captores, como si hablara el líder muerto: "Correrán ríos de sangre cuando la gente salga a defendernos".

Pobre Isabel, alucinaba. Desde hacía meses ya que a su alrededor el único debate era cómo sacársela de encima. Hasta el último día, el martes 23 de marzo, se negociaba con los jefes del golpe una salida constitucional. El Gobierno había anticipado las elecciones de 1977 a octubre de 1976, pero los planes políticos y económicos de los golpistas eran otros. Esta vez sí, decían, "arrancaremos el mal desde la raíz". En la Conferencia de Ejércitos americanos de 1975, realizada en Montevideo, Uruguay, poco tiempo antes de que los jefes de la región diseñaran el Plan Condor de colaboración para la persecución y el asesinato de los opositores políticos en cualquier país donde se refugiaran, el general Videla advertía públicamente: "Si es preciso en la Argentina deberán morir todas las personas que sean necesarias para lograr la seguridad del país".

En el libro El dictador, "la historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla", se recoge el testimonio del entonces ministro de Defensa, José Alberto Deheza, ex de Justicia y uno de los que mantuvo su lealtad a Isabel hasta el final: "La noche del 23 de marzo Videla me negó que estuviera en marcha el golpe. Parecía un gran pelotudo, pero era un gran simulador". En la mañana del 23 el ministro de Defensa convocó a los jefes de las tres fuerzas, los complotados, y les entregó un documento en el que se prometían ajustes económicos y se ratificaba la voluntad de adelantar las elecciones. Videla dijo que necesitaban tiempo para estudiar la propuesta, que contestarían por la tarde. Los desplazamientos de las tropas habían comenzado la noche anterior, el 22, pero esa tarde Videla le dijo al ministro que le esperaban hacia el mediodía del 24 en la sede del edificio Libertador para discutir el documento.

Ya el 17 de febrero, recuerda Deheza, el jefe de la Secretaría de Inteligencia del Estado, bajo presión militar, le había sugerido a la presidenta que presentara la renuncia para evitar que "corra sangre". Isabel convocó a Deheza en su despacho y le dijo: "Vea, doctor, yo no renuncio ni aunque me fusilen. Porque renunciar sería convalidar lo que va a venir después". En el Congreso, el senador Fernando de la Rúa impulsaba el juicio político en nombre del radicalismo, principal partido de la oposición. El vicario castrense, Monseñor Tortolo, confesor de la madre de Videla, también visitaba a Isabel para sugerirle la resignación cristiana del poder. El propósito último era demorar el derrumbe, prolongar la crisis hasta que fuera insostenible mientras se ajustaban las piezas de Aries.

La verdadera historia se escribía en la sede de la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires. Los 125 documentos de carácter "secreto" y "confidencial" redactados entre octubre de 1975 y mayo de 1976, desclasificados por el Gobierno de Estados Unidos en 1998, revelan que el embajador Robert Hill y el nuncio apostólico Pío Laghi eran informados paso a paso por los golpistas. El 13 de febrero de 1976, el secretario de Estado para Asuntos Interamericanos, William Roger, le escribe a Henry Kissinger: "Hemos tenido numerosos informes sobre los planes castrenses y de sus conspiradores civiles (...) cuando intensifiquen su lucha contra la guerrilla es casi seguro que el Gobierno militar cometerá violaciones a los derechos humanos que generen críticas internacionales(...)". Poco después, desde Buenos Aires, la embajada confirma: "...El nuncio papal le dijo al embajador Hill que tiene entendido que ella quedará detenida en un centro de descanso militar". El embajador Hill le anticipó a Videla el reconocimiento de Estados Unidos a su Gobierno "no sería un problema, de acuerdo con nuestras prácticas corrientes esperaremos un comunicado del nuevo régimen y, asumiendo que esté claramente en control efectivo, le enviaremos una nota de reconocimiento, preferiblemente luego de que varios Estados latinoamericanos lo hayan hecho".

El historiador Félix Luna cree que "la circunstancia central" del golpe fue "la falta de fe en la democracia". A su juicio, nadie creía en ella. Ni los guerrilleros, que fueron la excusa perfecta para los militares, ni menos las Fuerzas Armadas, "que cargaban con su larga tradición de autoritarismo y desprecio por lo político". Según Luna, la expresión del entonces general Leopoldo Galtieri, "las urnas están bien guardadas", le recordó la jactancia de Franco cuando dijo que todo estaba "está bien atado"; "Esas no eran manifestaciones circunstanciales sino una expresión de la esencia ideológica".

El reconocido historiador argentino no deja de señalar que "tomar el período de Gobierno de María Estela Martínez como un modelo de esa democracia que se cuestionaba, es un abuso: aunque formalmente mantuviera el Congreso y funcionaran los partidos políticos o hubiera libertad de expresión, el desmadre del organismo social era tan enorme que mal se podría calificar de democrático aquel lamentable período".

Cacería en la selva

Ahora se sabe: fue una cacería en la selva. Las organizaciones guerrilleras estaban sometidas al arbitrio de comandantes que se vestían de uniforme y obligaban a los subordinados a mantener una disciplina y un rigor cuarteleros. Desde el Gobierno, el Brujo José López Rega, sirviente de Perón, autoascendido de cabo a comisario general de la Policía Federal, ministro "de Bienestar Social", dirigía la siniestra Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) de la que participaban clandestinamente oficiales de la Policía y de las Fuerzas Armadas. En las sombras, sobre todos, desde sus fortalezas económicas, la oligarquía argentina contribuía con recursos y hombres a la planificación del exterminio social. Sobornaban políticos, corrompían burócratas sindicales y mantenían portavoces en los medios de comunicación. Con los militares ya instalados en el poder todo era más sencillo y más barato.

En el libro El dictador se cuenta: "Los comandantes le pidieron a Martínez de Hoz que preparara un plan económico detallado para el fin de semana previo al golpe y que se hiciera cargo del Ministerio de Economía. Puso una condición: necesitaba diez años para aplicar sus planes. Videla le prometió cinco seguros, con el total apoyo de las Fuerzas Armadas". José Alfredo Martínez de Hoz, abogado, ultraliberal, hijo y nieto de terratenientes, dirigía el Consejo Empresario Argentino un lobby que representaba a los dueños de la tierra y de las grandes empresas argentinas y extranjeras. Siempre trabajó para ellas o para los gobiernos militares. En su país sólo cabían "diez millones de argentinos". Sobraban casi quince millones.

Martínez de Hoz y el general Albano Harguindeguy, futuro ministro del Interior del Gobierno militar compartían la afición por la caza mayor: "Les daba placer herir a la presa para luego matarla a cuchillo, degollarla hasta sentir la lenta agonía de su muerte".

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