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sábado, 1 de mayo de 1999
Tribuna:

LA CRÓNICA Los tres Goytisolo difíciles ENRIQUE VILA-MATAS

Dice Juan Goytisolo que él siempre ha procurado hacerse el muerto. De José Agustín, el hermano muerto, no quiere hablar. No estuvo en el entierro porque -tal como le ha contado a Miguel Dalmau en Los Goytisolo, libro de próxima aparición- desde el 64, cuando murieron su padre y su abuelo con poca diferencia de meses, se prometió no volver a ver el horrible panteón familiar de Montjuïc, que es una copia pretenciosa y relamida del Duomo de Milán y, además, simboliza todo el horror de la clase burguesa y explotadora en la que nació. Luis, el otro hermano, no estuvo en el funeral, pero sí en el entierro: no quiso dejarse ver en la capilla ardiente para no robar protagonismo al muerto: viejos ecos de antiguas competitividades fraternales. Los desencuentros entre los tres hermanos difíciles siempre han sugerido una novela. Miguel Dalmau, tras largos años de infinitas indagaciones, ha escrito un libro sobre ellos y ha contado, a pesar de las resistencias iniciales, con la participación de los tres. Los Goytisolo ha quedado finalista del Anagrama de ensayo y pronto estará en las librerías, y puede que sea, si se me permite un símil porno, Goytisolo duro. No cabe esperar menos, los tres hermanos se han explayado a gusto. El primero en hacerlo fue, tal vez por su condición de más asequible de los tres, el ahora muerto. El segundo en hablar fue el que procura hacerse el muerto. Y el tercer hombre fue Luis, que, viviendo en Madrid, está ya burlando al destino de un horrible panteón en la montaña de Montjuïc. Ayer fui con Miguel Dalmau al 41 de la calle de Pau Alcover a ver las arrasadas ruinas de la memoria familiar de los Goytisolo. Y allí donde antaño se alzaba el palacete de la familia, recordé a Borges cuando dice que sólo es nuestro lo que perdimos, lo recordé frente al desolado espacio de la memoria de los Goytisolo del barrio de las Tres Torres y me dije que no hay otros paraísos que los perdidos y que los tres hermanos difíciles han perdido tantos que ya sólo pueden contarlos y que esas perdiciones ahora son lo que es suyo. Lo que es suyo, el motor de la historia de sus vidas, es su expulsión del paraíso a raíz de la bomba que mató a su madre en el 38 y del abandono del palacete de aire francés del barrio de las Tres Torres. Ahí ayer, frente al lugar donde estuvo su paraíso, y como si de un adelanto del libro se tratara, empecé a saber de las zozobras, alegrías y terrores de los tres hermanos, empecé por enterarme de que no eran tres sino cuatro y de que la muerte del mayor, Antonio, asesinado por la meningitis en el 27, desmontó la armonía entre hermanos, porque se produjo ese fenómeno que conocemos por cadenas alteradas: José Agustín, el nuevo heredero, fue destronado por el padre, que entronizó a Juan. "José Agustín", cuenta Juan en Los Goytisolo, "fue puenteado, sus ojos oscuros fueron comparados con los ojos claros de Antonio, y a José Agustín se le impidió ser el primogénito. El trato de mi padre hacia él, un trato de indiferencia y de no reconocimiento, explicaría las dificultades y tropiezos psicológicos con los que mi hermano se encontraría a lo largo de su vida". La expulsión del paraíso determinaría la vocación literaria de los tres hermanos, convertida la familia en unos "nuevos pobres" en término acuñado por Juan para contrastarlo con los estraperlistas y nuevos ricos que ocuparon el barrio. De las tres vocaciones literarias, Dalmau considera que la más brillante es la de Luis, el menos conmocionado por las cadenas alteradas, el cual muy pronto se revela como niño prodigio y con el paso del tiempo construye la espectacular Antagonía, que brilla con fuerza sobre la sombría y esforzada obra del trabajador Juan, quien a partir de la muerte de Monique Lange comienza a vivir como los místicos, sin esperar nada y sin temer nada (viviendo su propio Barjaj, el purgatorio islámico), y abre las puertas de su casa de Marraquech al biógrafo de los tres Goytisolo. Con sus revelaciones, da el empujón decisivo para que el libro pueda ser una realidad, y aquellos que quieran saber sobre el campo de batalla de los tres hermanos sepan que su memoria se volvió ácida y triste, cargada de pérdidas, pero que es hoy también la estela de un fuego que se aleja, allí arriba, en lo alto de la montaña de Montjuïc, más allá del oscuro panteón donde unos ojos oscuros descansan.

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