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lunes, 24 de junio de 1996

La técnica sin bisturí resuelve ya el 90% de las taquicardias

El sistema requiere miníma hospitalización

"Nunca he fumado, nunca he bebido, lo único que he hecho en la vida ha sido trabajar y criar cuatro hijos", relata Dolores Ruiz, una mujer de 46 años que hasta pasada la treintena no había sentido nada parecido: "un día, cuando venía de recoger a mi hija del colegio, noté que el corazón se me aceleraba como si se me fuera a salir".Las taquicardias, una dolencia que se manifiesta a cualquier edad y sin previo aviso, se caracterizan por el aumento repentino del ritmo del corazón que puede superar los 200 latidos por minuto. Tratarlas suponía abrir el esternón, parar el corazón y cortar por la zona lesionada. Otra alternativa era, según el caso, medicarse de por vida. En la actualidad, se llega al corazón con catéteres y se quema el origen de la arritmia. No es una operación convencional. No hay sangre ni bisturí y en 24 horas el paciente está en su casa y se han eliminado los riesgos derivados de abrir el tórax. El sistema "es muy eficaz porque trata con éxito el 90% de los casos de taquicardia", señala Julián Villacastín, especialista del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, centro pionero en este tratamiento desde 1990.

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No todas las anomalías en el ritmo cardiaco tienen el mismo índice de peligrosidad. Si el impulso eléctrico se dispara en la parte superior del corazón, "se ha nacido con un cable de más y produce un cortocircuito" se trata generalmente de una arritmia supraventricular que "nunca mata a nadie", precisa Villacastín, y afecta a un 80% de los casos. Algunas taquicardias, que se originan en el ventrículo y pueden ser mortales, también se resuelven en un 90% de las veces. En cambio, las arritmias adquiridas a raíz de un infarto, igualmente peligrosas y que ocupan el 20% en las estadísticas, tienen un éxito al someterlas con radiofrecuencia -la energía que quema la lesión- del 60%.

"Notaba como un vuelco, entonces el corazón se me paraba y perdía el conocimiento", cuenta A. C. M., una mujer de 40 años que sufría taquicardias malignas. "Me daban unas taquicardias que en una de ellas me podía haber quedado". Su taquicardia derivaba en parada. "Pero como tenía un corazón muy fuerte por hacer deporte, era lo que me aguantaba". Tras dos episodios, esta mujer, que jamás había tenido ningún síntoma, se trasladó a Madrid para someterse a esta intervención que en su ciudad aún no se practica. En tres días acabó con el problema. "Ahora mi vida está muy tranquila y no tengo alteraciones".

Dolores Ruiz tenía la suerte de cara. Sus taquicardias eran benignas y no le impedían trabajar en el bar de su propiedad durante 10 horas diarias. Cada vez que se le desbocaba el corazón iba a urgencias, le daban una pastilla y a casa. "Últimamente me faltaba la vida y después de cada episodio era como si me hubieran dado una paliza".

Esa angustia, que ataca a un 40% de la población sana sin ningún tipo de consecuencias, es un problema cuando se trata de una patología. La intervención, en jerga médica ablación, no deja señales. Tampoco hay dolor. Tanto Dolores Ruiz como A. M. C. coinciden en que sólo se nota "una punzada en el pecho durante unos segundos", el tiempo que se tarda en quemar la lesión. En el corazón queda una cicatriz de un centímetro que se trata durante dos meses con aspirina. En la piel, durante unos días, quedan un par de marcas en los brazos e ingles, que es por donde se introduce el catéter, no más evidentes que la huella de una grapa. "Me ha cambiado la vida", concluye Dolores Ruiz. "Ya no estoy pendiente todo el día en si me da o no me da y por la noche ya no me siento el corazón".

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