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martes, 28 de septiembre de 1993
Editorial:

Acariciar la paz.

GERRY ADAMS, líder del partido irlandés Sinn Fein, rama política del movimiento terrorista del IRA, y John Hume, jefe del partido norirlandés Partido Social-Demócrata y Laborista (SDLP), de tendencia moderada, y uno y otro, de seguimiento casi exclusivamente católico, se han reunido de forma reservada en los últimos seis meses. Y el pasado domingo anunciaron que el IRA podía estar dispuesto a abandonar la violencia si el Reino Unido declarara que no tiene "interés a largo plazo" sobre las provincias del Ulstér y reconociese el derecho de autodeterminación de los irlandeses. Al exigir la autodeterminación de la isla, ese planteamiento otorgaría a todos sus habitantes la decisión final sobre la integración en la República de Irlanda de un territorio británico cuya mayoría -minoría en la isla- quiere seguir en el Reino Unido.Nunca en el pasado cuarto de siglo ha parecido más posible la paz. Ello no quiere decir, naturalmente, que la solución al intratable problema esté al alcance de la mano, sino sólo que uno de sus protagonistas asegura estar dispuesto a deponer las armas. La violencia en las provincias británicas del Ulster comenzó en su época más contemporánea en 1969 y ha costado desde entonces más de 3.000 vidas. El problema es sencillo de explicar y, hasta ahora, imposible de resolver. Irlanda del Norte tiene 1.600.000 habitantes; casi los dos tercios son protestantes y quieren que el Ulster siga formando parte del Reino Unido. El otro tercio está compuesto por católicos, que quieren integrarse en la República de Irlanda. Ambos grupos defienden sus opciones por las armas.

Y éste ha sido precisamente el problema: cómo negociar una solución política para dar salida a un problema imposible. En el Acuerdo Anglo-Irlandés de 1985, Londres y Dublín acordaron intentar dar al problema una solución conjunta. Ello provocó violentas protestas y gritos de traición por parte de los unionistas protestantes. En 1991 y 1992, las conferencias a varias bandas (entre ambos Gobiernos y entre unos y otros con los principales partidos norirlandeses) no consiguieron hacer que se progresara` en el camino de la paz. Pero sí había en el acuerdo un doble germen de solución: para Londres, negociar implicaba que el IRA depusiera las armas, al tiempo que reiteraba su oposición a permitir una alteración del estatuto de Ulster mientras no se contara con la aquiescencia de la mayoría de la población.

La- declaración conjunta de Adams y Hume es sólo un paso en la buena dirección, pero no puede olvidarse que Londres es siempre reticente a buscar soluciones políticas pragmáticas si no le vienen impuestas por una fuerza imbatible, como en el caso de la descolonización de Hong Kong. La República de Irlanda no es China. Y el eventual cese de la violencia del IRA nace precisamente del buen entendimiento entre Londres y Dublín. Si el IRA está dispuesto a deponer las armas, sería gravísimo- que los dos Gobiernos no encontraran una fórmula transaccional que termine con la violencia y garantice los derechos de todos a vivir en paz en su tierra. Más odio y más muerte ha habido en Palestina.

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