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miércoles, 2 de enero de 1991
Tribuna:

Ni leyenda negra ni leyenda blanca

Es ya cierto que hablar del descubrimiento de América puede ser considerado, desde el punto de vista de los impugnadores, como una despectiva denominación eurocéntrica, como si las grandes culturas indígenas no hubieran existido hasta ese momento. Pero deja de serlo si se considera que los europeos no las conocieron hasta esa fecha, 0 sólo un exceso de amor propio puede tomar esa expresión como peyorativa. Lo que sí es reprobable es que se siga utilizando hasta nuestros días, cuando aun en aquel tiempo los espíritus europeos más elevados manifestaron su admiración por lo que habían encontrado en el Nuevo Continente.Desde esta legítima perspectiva, sería mejor hablar del "encuentro entre dos mundos", y que se reconocieran y lamentaran las atrocidades perpetradas por los sojuzgadores. Reconocimiento que debería venir acompañado por el inverso reconocimiento de los acusadores, admitiendo las positivas consecuencias que con el tiempo produjo la conquista hispánica. Bastaría tener presente que la literatura de lengua castellana ha producido en América, con una inmensa cantidad de mestizos, una de las literaturas más originales y profundas de nuestro tiempo. Si la leyenda negra fuera una verdad absoluta, los descendientes de aquellos indígenas avasallados deberían mantener atávicos resentimientos contra España, y no sólo no es así, sino que dos de los más grandes poetas de la lengua castellana de todos los tiempos, mestizos, cantaron a España en poemas inmortales: Rubén Darío en Nicaragua y César Vallejo en Perú.

Esa leyenda siniestra fue comenzada por las naciones que querían suplantar al más poderoso imperio de la época, entre ellas Inglaterra, que no sólo cometió en el mundo entero atrocidades tan graves como las españolas, pero agravadas por su clásico racismo, que aún perdura, cometido hasta hoy por el imperio norteamericano; no únicamente contra los indios, sino, luego, contra los llamados despectivamente hispanos, y fínalmente contra los italianos, en virtud de una doctrina según la cual Reagan es superior a Julio César, Virgilio, Horacio, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Galileo y tantos que hicieron por la cultura universal algo más que ese actor de tercera categoría. No, aquí no hubo esa inferioridad espiritual que es el racismo: desde Hernán Cortés, conquistador de México, cuya mujer fue indígena, hasta los que llegaron en aquella formidable empresa hasta el Río de la Plata se mezclaron con indios, y gracias al misterio genético tengo una hermosa nieta que sutilmente revela rasgos incaicos. Para no hablar de las notables creaciones del barroco ibérico en América Latina, que sutilmente difiere del de la metrópoli, de la misma manera que sucedió con nuestra lengua común: la ilustre lengua de Cervantes y Quevedo.

Vamos, todas las conquistas fueron crueles, sanguinarias e injustas, y bastaría leer aquel libro de un sacerdote belga en que narra los horrores, los castigos, las mutilaciones de manos y a veces hasta de manos y pies que sus burdos y viles compatriotas infligían a los negros que cometían un robo de algo que en el fondo les pertenecía. Y lo mismo podría repetirse con siniestra simetría con los alemanes, holandeses e ingleses. ¿Quiénes son ellos, qué virtudes tuvieron y hasta siguen teniendo, para haber forjado y seguir repitiendo la leyenda negra?

Es tina injusticia histórica olvidar los nombres que lucharon por los indígenas y por la conservación de sus valores espirituales, como fray Bernardino de Sahagún, la escuela de Salamanca con "derecho de gentes", y el nobilísimo dominico Bartolomé de las Casas, que defendió encarnizadamente a los indios y que, lejos de propiciar la trata de negros, como afirma una de las tantas falsedades de la leyenda, luchó por ellos en nombre de una religión que considera sagrada la condición humana. En fin, no se tiene presente que fueron hijos de españoles y hasta españoles que lucharon contra el absolutismo de su propia tierra los que insurgieron contra España, desde Bolívar en el norte hasta San Martín en el sur, nacido aquí, que combatió como coronel, heroicamente, contra la invasión napoleónica en la tierra de su padre, el capitán Juan de San Martín. Con razón, Fernández Retamar pone el caso de Martí, uno de los hombres más esclarecidos y nobles de nuestra independencia, orgulloso de sus padres españoles, que, al propio tiempo que defendía la legitimidad de una cultura nueva y propia, se declaraba heredero del Siglo de Oro hispánico. Para no referirnos a tanto mestizo ilustre, como Bernardino Rivadavia en mi país, con negros en su pasado y quizá hasta con indios, y a mi amigo Nicolás Guillén, el cubano que en un conmovedor poema se refiere a su abuelo español y a su abuelo africano, ejemplar síntesis de nuestro mestizaje.

Todo este asunto está vinculado al problema de la famosa "identidad de una nación", problema bizantino por excelencia. Se habla mucho de "recobrar nuestra identidad americana". Pero ¿cuál y cómo? Al decir ya nuestra, gente como yo, que se considera entrañablemente argentino, quedaría eliminado porque mis padres fueron europeos, como la mayor parte de los miembros de nuestra nación. ¿Cuál identidad, pues? ¿La de los indios nómades y guerreros que recorrían nuestras inmensas llanuras casi planetarias, donde ni siquiera hubo antiguas civilizaciones como la de los incas, mayas o aztecas? Una tierra que se ha hecho con el hibridaje de españoles, indios, italianos, vascos, franceses, eslavos, judíos, sirios, libaneses, japoneses y ahora con chinos y coreanos, ¿Y qué idioma reivindicar? Es curioso que buena parte de los que se proponen esta recuperación de nuestra identidad hablan en buena y longeva lengua de Castilla, y no en lenguas indígenas. Paradójica forma de reivindicar lo autóctono.

Y aun dejando de lado las inmigraciones que hemos tenido en este siglo, quedarían, como bien escribe Uslar Pietri, tres protagonistas: los ibéricos, los indios y los africanos, pero sin duda sería la cultura Ibérica la dominante, desde el momento en que esas tres sangres entraron en esos complejísimos procesos de la fusión y el mestizaje, dejando de ser lo que habían sido, en usos y costumbres, religión, alimentos e idioma, produciendo un nuevo hecho cultural originalísimo. No como en la América anglosajona o en el coloniaje europeo de Europa y Asia, donde hubo simple y despreciativo trasplante.

Hablé antes de bizantinismo, porque estos falsos dilemas nos traen a la memoria los céle

bres sorites, en que se preguntaba cuántos granos de trigo hacen un montón. Falsos problemas que se agravan cuando se pone en juego a seres humanos y no a simples granos de trigo, porque nada que se refiera a los hombres es esencialmente puro, todo es invariablemente mezclado, complejo, impuro. Pues sólo en el reino platónico de los objetos ideales existe la pureza, ya sea la de un triángulo rectángulo o de un logaritmo. Si retrocedemos en el tiempo, en cualquier parte del planeta, no sabríamos dónde detenernos en la búsqueda de esa ilusoria identidad. Pensemos en los propios españoles, que ahora son el centro de esta polémica: no sería, sin duda, en los reinos visigóticos, ya que no se habla en la Península una lengua germánica; habría que retroceder, entonces, hasta el dominio de Roma, que produjo una cultura tan entrañable que se sigue hablando y escribiendo un idioma derivado del latín, no del ciceroniano, claro, sino en el de la soldadesca, porque ni en esto se encuentra jamás algo elevado. Pero ¿por qué detenerse en lo románico? Los puristas querrían entonces descender hasta los íberos, misterioso pueblo cuya lengua ignoramos, pero que, al parecer, algo tenía que ver con los africanos o, y quizá, hasta con el vascuence; pero que, en todo caso, invalidarían automáticamente el derecho a la verdadera identidad hispánica en que surgieron y vivieron después dominaciones tan profundas y viscerales que pudieron producir un gran escritor latino como Séneca. Y todo se complica aún más si reflexionamos en los reinos moros del Ándalus, donde quizá se dio el más grande y emocionante ejemplo de convivencia de árabes, judíos y cristianos. En la catedral de Sevilla está el sepulcro de Fernando el Santo, llamado "el gran señor de la convivencia", y la inscripción, a cada lado, en latín, árabe, hebreo y español, que lo enaltecen.

España estaba empapada de sangre judía a partir de la Inquisición, que también la derramó en la entera Europa cristiana. Ese tenebroso periodo, sin embargo, no debe hacernos olvidar que en aquella tierra ibérica, en épocas más tolerantes, el pueblo hebreo había alcanzado tan grande respeto que su sangre se mezcló hasta con la sangre real. Y que un filólogo de la talla de Menéndez Pelayo escribió: "El primer poeta castellano conocido es, probablemente, el excelso poeta hebreo Yehuda Haleví, de quien consta que versificó no solamente en su lengua, sino en árabe y en la lengua vulgar de los cristianos". Este hombre, que nació hacia 1087, fue considerado el más grande poeta lírico del judaísmo, pero, en cuanto a su modalidad, tan característicamente castellano como su amigo Moisés Ibri Ezra, andaluz.

Y aún hay algo más importante: el centro cultural morojudaico, heredero de la gran cultura de Bagdad, tanto en Córdoba, "la novia de Andalucía", como en otras ciudades del mismo reino, desarrolló el puente entre la cultura helénica, que los musulmanes habían recogido en el Asia Menor y en Alejandría, y la Europa bárbara, tarea en la que no se debe tampoco olvidar la Escuela de Traductores de Toledo, fundada en el siglo XII. Avicebrón, nacido en Málaga en 1020, conocedor de la filosofía neoplatónica, influyó sobre san Buenaventura y la orden de los franciscanos, que polemizaron con Alberto Magno y santo Tomás. Y en cuanto al gran filósofo judío Maimónides, nacido en Córdoba en 1136, influido por el neoplatonismo, recibió la doctrina aristotélica a través del mayor de los pensadores árabes, Averroes. Y ambos crearon el puente entre la filosofía griega y la Europa de los bárbaros, hasta culminar en Bacon, santo Tomás, Descartes, Spinoza y Kant. ¡Vaya identidad cultural!, Y ya que todo esto comenzó con el problema de la identidad hispanoamericana, no será ocioso recordar que matemáticos, geógrafos y astrónomos provenientes de aquella época trascendente de la cultura árabe-judaica hicieron posible el viaje de Cristóbal Colón, casi seguramente judío. Como tres de los poetas más excelsos de nuestra lengua: fray Luis de León, san Juan de la Cruz y santa Teresa.

Hechos parecidos, podrían enunciarse de diferentes regiones europeas donde el degüello, la peste, la violación y la tortura fueron inevitables, ya que la condición del hombre es así: capaz de los mayores portentos y de las más atroces ferocidades, como con otras palabras lo dijo Pascal. Aceptemos, pues, la historia como es, siempre sucia y entreverada, y no corramos detrás de presuntas identidades. Ni los olímpicos dioses helénicos, que aparecen como arquetipos de la identidad griega, eran impolutos: estaban contaminados de deidades egipcias y asiáticas.

Por otra parte, la historia está hecha de falacias, sofismas y olvidos. Yo mismo, sin ir más lejos, no recuerdo quién era el preso que en la aciaga torre de Londres, esperando su acostumbrada decapitación, dedicaba su menguante existencia a escribir la historia de Inglaterra, cuando, a través de los criados que le traían su bazofia cotidiana, le llegaron noticias de una gran pelea que había habido al pie de su prisión, informaciones tan confusas y contradictorias que dejó de escribir la historia de su país, ya que ni siquiera, caviló, era capaz de saber a ciencia cierta qué diablos había pasado ahí abajo.

 

Ernesto Sábato es escritor argentino.


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