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Entrevista:

Fernando Claudín: "Desde la muerte de Franco, la dirección del PCE ha estado divorciada de la realidad del país"

Desde que fue expulsado del Comité Ejecutivo del PCE en 1964, Fernando Claudín se ha dedicado a investigar y escribir, en particular sobre el movimiento comunista y los países del Este de Europa. El autor de La crisis del Movimiento Comunista (1970), Marx, Engels y la revolución de 1848 (1975), Eurocomunismo y socialismo (1977) y La oposición en los países del Este (1981), se encuentra actualmente ultimando una biografía política de Santiago Carrillo. Fernando Claudín analiza en esta entrevista la situación de la izquierda tras las elecciones del 28 de octubre.

Pregunta. La situación de la izquierda española está bastante más clara tras las elecciones de 1982. Un partido socialista con mayoría absoluta, prácticamente solo como fuerza de izquierda en el plano parlamentario, y un PCE con sólo cuatro diputados y con una crisis interna todavía abierta. ¿Cómo se explica esta distribución de fuerzas y cómo habría que evaluar esa situación?Respuesta. No tiene una explicación precisamente simple. La cuestión es que se ha configurado una realidad en la izquierda española, independientemente de posibles evaluaciones abstractas. El punto de partida no es otro que la izquierda que emerge a la muerte de Franco, es decir, durante el primer período de la transición, que concluye con los resultados del voto popular el 15 de junio de 1977. Y este punto de partida ya marcó bastante el futuro posterior, aunque a ello hay que agregar el desarrollo siguiente de la estrategia de ambos partidos y, algo que a mí me parece interesante, la suerte corrida por los grupos de extrema izquierda que había entonces.

En cuanto al punto de partida, la recomposición de fuerzas en la izquierda fue fruto, sobre todo, de una actitud muy generalizada entre las clases populares, que los partidos antifranquistas, y muy especialmente el PCE, no percibieron en la clandestinidad. Los datos que se tienen sobre las actitudes y deseos de cambio de la población española a la muerte de Franco, apuntan a exigencias de cambio democrático, que sintonizaban mucho más con la imagen del PSOE, que, sin embargo, era entonces un grupo orgánicamente reducido. Y eso no fue sólo por razones de memoria histórica, transmitida de forma molecular, a través de las familias, por los militantes del gran partido socialista de antes de la guerra, sino también porque el grupo dirigente del PSOE estaba objetivamente en mejores condiciones para sintonizar con esa realidad.

La organización de¡ PCE era muy cerrada, con una dirección exiliada, particularmente prepotente a la hora de imponer a todo el partido su verdad sobre la realidad española. Esa dirección en el exilio tenía como experiencia vital la correspondiente a la República y la guerra civil, y por ello, difícilmente comprendía los cambios que se producían en España. Eso se puso claramente de manifiesto ya en 1964, pero incluso después, cuando se dio una evolución en los análisis y parecía que se entendían los cambios, tampoco era tan así. No hay más que ver los materiales del partido en 1975, y leer las cosas que Carrillo decía entonces, que nada tenían que ver con el país.

P. ¿Puedes poner algún ejemplo?

R. Por ejemplo, le dice a Oriana Fallaci, en vísperas de la muerte de Franco, primero, que Juan Carlos no tiene nada que hacer en el futuro democrático, porque es una criatura de Franco, que después de ser entronizado por el franquismo duraría unos meses. Después, también dice que en torno a esa entronización, poco antes o poco después, en el llamado día H, toda la sociedad española se sublevará, saldrá a las calles y proclamará la constitución de un Gobierno provisional. Es decir, una política mimética de la crisis del 14 de abril.

P. ¿Y el partido socialista?

R. El PSOE tuvo la suerte de poder librarse del grupo equivalente al de Carrillo. Una dirección también en el exilio, con actitudes también divorciadas de la realidad española, que fue sustituida con tiempo, en 1972, por un grupo dirigente interno, nuevo, con no demasiada experiencia partidaria, pero con la enorme ventaja de estar profundamente integrado en la realidad existente.

Yo me acuerdo, por ejemplo, de conversaciones con Felipe González antes de la muerte de Franco en las que, aunque él tampoco veía el papel enorme que el rey Juan Carlos había de jugar en la transición, sin embargo, a diferencia de esas declaraciones de Carrillo, no descartaba la posibilidad de que la democracia en España pasara por la alternativa monárquica. Y no creo que se tratara de que, en abstracto, Felipe tuviera más inteligencia que Carrillo, sino más bien producto de que eran miembros de generaciones diferentes, con una vinculación con la realidad muy distinta.

Todo esto tuvo después consecuencias cuando ambos partidos tomaron contacto con la situación interior y se prepararon para la campaña electoral de 1977. El PCE hizo un espectacular giro de 180 grados y pasó de esa visión irreal que he mencionado a ser más moderado que nadie. Durante la misma campaña, la dirección del PCE piensa que esa población -que, según Carrillo, estaba dispuesta a sublevarse e implantar el Gobierno provisional- tiene ahora el peligro, no ya de votar a UCD, sino de votar a Fraga. Mientras que el PSOE lo que hace es tratar de diferenciarse de esa derecha que se construye desde el Estado, el PCE parece coincidir con ella en sus ataques a Fraga y al PSOE. Como luego fue público tras las elecciones, esa situación se profundizó, estableciéndose una connivencia entre Suárez y Carrillo contra su común adversario político: el PSOE.

P. ¿Se podría afirmar que ese fue también el origen de la creciente divergencia táctica que desarrollaron después ambos partidos?

R. En efecto. Y creo que esa diferencia conduce, en buena medida, a la situación de 1982. La estrategia de Carrillo, como se sabe, consiste en afirmar que la única solución a la situación creada por la distribución del voto el 15 de junio es la opción de Gobierno de coalición UCD-PSOE. Aunque hay que decir que esa posición no sólo fue patrimonio del PCE. En todo caso, eso resultaba, por un lado, un mimetismo histórico respecto de los Gobiernos antifascistas salidos de la segunda guerra mundial, que el propio Carrillo citaba como precedente. Pero, además de ese mimetismo, hacía también un análisis simplón de la transición española: creía que todo se resolvía conjuntar aritméticamente dos fuerzas políticas diferentes, una de las cuales, UCD, era ya un complejo de contradicciones. Añadir a ese complejo la fuerza del PSOE, naturalmente, bajo la hegemonía de UCD, sólo podía suponer el aumento de las presiones populares como exigencia de la participación PSOE en el Gobierno y, por otro lado, el aumento de las presiones de los poderes fácticos sobre Suárez. Eso suponía, incluso en el caso de que no hubiera acabado rápidamente en catástrofe, un desplazamiento centrífugo de fuerzas en ambos partidos: el ala derecha de UCD, hacia Fraga, y el ala izquierda del PSOE, hacia la radicalización. Lo que, en definitiva, suponía una polarización política y social. Y una polarización diferente a la que se da hoy, puesto que no sólo liquidaba el presente, sino que hipotecaba el futuro...

Por el contrario, la estrategia del PSOE consistió en continuar marcando la diferencia con ese supuesto centro, UCD, y presentarse como la esperanza de futuro, mientras que, al mismo tiempo, contribuía a la gobernabilidad de¡ país: la política de consenso para elaborar el marco constitucional y para discutir los problemas urgentes de carácter económico, autonómico. Y esa política atravesó un camino muy difícil, de crisis social, de lo que se dio en llamar el desencanto, etcétera, pero que, al final, ha supuesto que se mantuvieran las esperanzas en un posible cambio de la situación.

P. Pero esa perspectiva de cambio se ha dado implicando la desaparición brutal del centro político, lo que ha producido una polarización entre el PSOE y la derecha dura, que Carrillo entenderá como anunciada por él durante toda la transición.

R. Sí, Carrillo podrá decirlo, pero, en primer lugar, repito que es una polarización distinta de la que podía haberse producido con su famoso Gobierno de coalición, que no tenía ninguna cobertura posterior. Pero además, hoy, uno de los polos de la actual polarización política es el PSOE, un partido mucho más maduro que en 1977, y que, aunque todavía le queda mucho camino por recorrer hasta convertirse en un partido más orgánico, más estructurado y mejor relacionado con los movimientos sociales, es una formación con una experiencia política mucho mayor, que también ha pasado por la gestión de los ayuntamientos.

Así, el factor negativo hoy es sólo el polo opuesto, es decir, el hecho de que la alternativa al PSOE no sea el centro, que se ha hundido políticamente. Pero en la tesis de la coalición, la polarización habría tenido como consecuencia la crisis del PSOE y, por tanto, la negatividad de los dos factores.

Todo esto no puede ocultar el dato de que, efectivamente, lo más negativo de la actual situación es la liquidación del centro como oposición pero ese peligro hay que compararlo con el que presentaban otras posibilidades y que, a mi juicio, eran aún mayores.

P. En el fondo, yo creo que al centro lo han destruido más bien desde la derecha y, fundamentalmente, desde la derecha social y los llamados poderes fácticos.

R. Yo no sé si fundamentalmente. El hundimiento de UCD se ha debido, sobre todo, a que se ha enfrentado con problemas muy difíciles, muchos de los cuales sólo ha resuelto a medias, y por ello la sociedad le hace responsable de la insatisfacción general. Es decir, un proceso complejo que la ha desgastado profundamente, teniendo consecuencias no sólo ante la opinión pública, sino agudizando las contradicciones internas del conglomerado político que era. Algo que ha multiplicado la actuación de las otras alternativas de derecha y, lógicamente, la de Fraga.

Pero es cierto que, además de esas tensiones en la esfera política, se ha producido un bloqueo de UCD desde las fuerzas sociales de la derecha, sectores del empresariado, militares involucionistas, etcétera. Y no tanto de UCD como de su símbolo personal, porque ese también es un factor a tener en cuenta en la transición española: la extrema personalización de las fuerzas políticas. Y Suárez, que era la personalización de UCD, suponía para todas las fuerzas procedentes del franquismo el gran traidor que, un día u otro, tenía que ser eliminado.

P. Bien, la liquidación política de Suárez como símbolo de UCD destapó las contradicciones que le paralizaban, destruyendo el centro y fragilizando la representación política de la derecha. Lo que no es un peligro pequeño. De hecho, la historia de este país muestra cómo siempre que sucede una descomposición de las representaciones de la derecha ha surgido un Bonaparte unificador como alternativa a una mayoría de izquierdas.

R. Eso es cierto, pero no ha sucedido sólo en España, sino en muchos otros sitios. Pero mi punto de vista es que, en el pasado, esa crisis de representación de la derecha se ha combinado con crisis sociales generalizadas que ahora no se presentan en la realidad española. Es decir, yo creo que ante un hipotético fracaso del Gobierno PSOE, hoy la derecha tiene la salida de la alternancia constitucional, sin ninguna necesidad de acudir a soluciones golpistas. Y creo, además, que es precisamente mediante esa alternancia como la derecha va a terminar cuajando sus representaciones políticas.

P. Pero el fracaso del PSOE es sólo uno de los peligros. ¿Y si, por el contrario, el PSOE tiene éxito y consigue seguir sumando apoyos sociales para su proyecto de cambio?

R. Entonces el futuro es mucho .mejor. Porque eso significará que no sólo ha resuelto un mejor reacomodo del país en la crisis económica, sino que ha comenzado a resolver otros factores de la actual situación política; entre ellos, la cuestión militar. Porque, efectivamente, sin resolver esos problemas no habrá consolidación posible del Gobierno PSOE. Y eso permitirá que, a la postre, se creen las condiciones para que la derecha tenga que actuar dentro del terreno constitucional y para que, si intenta salirse de esos límites, haya mejores condiciones para derrotarla.

P. Esa reacción ante un posible éxito socialista va a estar presente desde el principio, incluso como respuesta a su victoria electoral...

R. Yo también creo que existirá una respuesta negativa ante la victoria del PSOE por parte de algunos sectores de la derecha social y los poderes fácticos, pero el problema consiste en saber cuál será la magnitud de esa respuesta. En principio, esa derecha social no es precisamente homogénea, y el PSOE puede hacer que una parte de esa derecha no tenga interés en enfrentarse al proyecto socialista, y eso no sólo respecto del empresariado, sino del Ejército, la Iglesia y todos los grupos de poder.

Al decir esto podría parecer que yo tengo una visión excesivamente optimista, cuando lo cierto es que creo que el proceso va a estar lleno de dificultades...

P. Sin pelos en la lengua: ¿dificultades que podrían preparar una salida traumática del PSOE de la Administración?

R. Bueno, me parece que es precisamente en torno al tema de 1 a salida donde se puede presentar la mayor de las dificultades. Porque si hay algo más difícil que vencer es saber retirarse a tiempo. Siempre se ha dicho que en política, como en la guerra, lo más difícil es el tema de la retirada. Y con esto quiero decir lo siguiente: en la hipótesis optimista de que se crease a plazo medio un nuevo desencanto con la experiencia de gobierno PSOE, porque sus resultados no se correspondieran con las expectativas de cambio creadas (dándose lugar a un divorcio entre la fuerza parlamentaria y sus bases sociales de apoyo, que es lo que ha pasado más brutalmente con UCD) tendría lugar una situación en que se planteara abiertamente la cuestión de cómo retirarse. Más aún, es posible que se den un conjunto de factores (ese divorcio con las bases sociales, la reacción de la derecha dura, que reclame el poder, un Ejército que, aunque haya sufrido los cambios que es de esperar que el PSOE introduzca, tenga todavía deseos de reconducir el proceso) que obliguen a plantearse la posible retirada. Y entonces cabrán dos posibilidades: la de seguir adelante, a pesar de todo, y la de adelantar un recambio político siempre dentro del cauce constitucional. Y para un partido en el poder no es más fácil lo último.

En todo caso, yo creo que por un éxito completo del PSOE o por un acto de inteligencia política, que le lleve a retirarse a tiempo si no alcanza sus objetivos, hoy -a diferencia del pasado- están dadas las condiciones sociales, económicas y políticas para que una experiencia del PSOE tenga una salida completamente constitucional.

P. Una experiencia que, en la perspectiva de la izquierda, parece que el PSOE va a hacer prácticamente en solitario, a la vista de la grave crisis del PCE. ¿Qué dimensión puede tener esa crisis?

R. Es una crisis muy profunda. Y, sin embargo, una crisis que ha ido produciéndose, paso a paso, durante toda la transición. Si se analiza la evolución del PCE en estos años, es posible ver una fase de gestación subterránea, que pasa luego a otra clara y abierta, que conduce al desenlace actual.

En la fase de gestación, yo creo que el factor principal es el enorme trauma que significó el desencanto del PCE ante los resultados de las elecciones de 1977, cuya explicación reside en lo que hablamos un poco antes: su visión errónea de la realidad española, sus características como partido, y creo también que el hecho de que el PCE no lograra que la población le viera como algo distinto del mundo comunista de la Europa del Este.

La situación creada por los primeros resultados electorales motivó que dentro del partido se crearan grupos, fundamentalmente de profesionales y de intelectuales, que empezaran a preguntarse si ése era el partido que hacía falta en la España actual. En parte, por esa necesidad de cuestionamiento, y, en parte, porque se estaba en un proceso general de democratización interna. Y, como es lógico, ese proceso puso en movimiento fuerzas que, por su desarrollo, chocaron con las estructuras tradicionales del partido, que, pese a esa democratización, se conservaban en lo esencial.

La otra manifestación de la crisis procedió del factor autonómico. De hecho, el único partido que recogió resultados aceptables fue el PSUC, la única organización del PCE que había operado con cierta autonomía desde hacía algunos años. Este hecho, junto al crecimiento de las exigencias autonómicas que se da en toda España, provoca en otras organizaciones, en el País Vasco, en Valencia y en otras, la aspiración de alcanzar una fisonomía propia. En realidad, los primeros conflictos abiertos se dan en referencia con este problema autonómico. Por ejemplo: en el congreso del PISUC de octubre de 1977 y en el congreso del partido comunista en el País Vasco, donde Ormázabal es sustituido por Lerchundi, que aspira a una autonomía al menos como la del PSUC.

Más tarde se produce un conflicto de tipo ideológico: la cuestión del leninismo. Que, por la forma burocrática en que se plantea, supone que el IX Congreso se centre en ese tema (como luego sucedería en el PSOE), pero que, al mismo tiempo, acaba convirtiéndose en un cuestionamiento por unos y otros de los métodos de la dirección. Eso dará como resultado el acceso a los procesos de crisis abiertos en las distintas regiones del partido.

Sin embargo, todavía no estaba claro el espacio del partido: si iba a quedar reducido a lo que las elecciones de 1977 habían determinado o si, de acuerdo con la explicación de la dirección, ese resultado era el producto de unas circunstancias anormales de apertura.

Pero llegan las elecciones de 1979 y el resultado se reproduce. Entonces ya quedan pocas dudas de que la posición del partido comunista es de total subordinación en el campo de la izquierda al partido socialista, de forma estable y cristalizada. Y esto supone la aceleración de la crisis interna.

La tendencia prosoviética afirma que todo es producto de una política entreguista, en la que se han abandonado las esencias y las referencias. Y puede hacerlo con la comodidad que le da el hecho de que la cuestión de los países del Este no haya ;sido nunca tratada en profundidad. dentro del Partido. Apoyada claramente por la propaganda soviética, esa tendencia adopta una crisis izquierdista. Y esa actitud encuentra algún eco en sectores de la base obrera, que no ven ninguna salida a la actual crisis económica y que se refugian en la idea de la revolución mundial conducida por la Unión Soviética.

Pero, por el lado opuesto se genera la idea de que lo que se necesita es ir más lejos en la línea eurocomunista y en la democratización y renovación del partido. Es decir, la necesidad de un partido capaz de hacer una nueva política, algo imposible sin sustituir al actual grupo dirigente.

Y en esas condiciones de crisis llega el partido comunista a las elecciones de 1982 y recibe la derrota que hemos presenciado.

Ahora bien, algunos se preguntan si es buena o mala esa configuración de la izquierda: un PCE tan reducido y un PSOE, no sólo mayoritario parlamentariamente, sino que, a diferencia de Francia o Portugal, tiene detrás una fuerza sindical como UGT, que alcanza el mismo nivel de Comisiones Obreras. ¿Es una catástrofe que no haya un partido a la izquierda del PSOE? Bueno, primero, no hay duda de que el partido comunista no ha estado a la izquierda del PSOE. Pero, en términos más abstractos, cabe decir que un partido comunista junto al PSOE en t la izquierda puede ser un hecho positivo, dependiendo de cómo sea ese partido comunista. Si es como el actual PCE, no creo que sea cuestión de llorar porque ese partido desaparezca.

P. Y en ese sentido, ¿qué puede significar la dimisión de Carrillo Y su sustitución por Gerardo Iglesias?

R. Yo creo que la dimisión de Carrillo es la culminación de todo este proceso que acabamos de analizar. No es frecuente que un secretario general de un partido comunista dimita, más bien es un fenómeno muy raro. En general, desaparecen por muerte natural, o por una conspiración de palacio, o, como en este caso, cuando su gestión ha llegado a ser tan catastrófica que el propio grupo dirigente plantea que no hay otra opción. Incluso aunque él mismo no se convenza de ello hasta el último momento. Hay que recordar que pocos días antes Carrillo había dicho a la Prensa que él no tenía ninguna intención de dimitir. Pero se ha encontrado con que el propio grupo carrillista, al analizar la derrota, concluía que la única solución eran cambios profundos. Ante esa situación extrema, ha optado por la dimisión. Ahora bien, ¿con qué propósito?

Eso ya es mucho más difícil de dilucidar. La sustitución por Gerardo Iglesias tiene toda la apariencia de un continuismo carrillista. Pero puede ocurrir también que Gerardo Iglesias, una vez en el cargo, con todos los poderes que tiene, no sea tan fiel a esa continuidad. Por otro lado, es muy probable que el mismo nombramiento de Iglesias agudice aún más la lucha dentro del grupo dirigente. Es evidente que, de un lado y otro, había toda una serie de candidatos con más méritos que el nuevo secretario general: Nicolás Sartorius, Jaime Ballesteros y, yendo un poco más allá, el propio Jordi Solé Tura, que ha tenido una actuación parlamentaria brillante. Eso acumulará tensiones.

Está por delante, y para eso se convoca la conferencia nacional, el debate sobre las causas de la derrota electoral. Yo creo que entonces se manifestarán abiertamente todas las tensiónes. ¿Qué va a salir de ahí? Quizá la convocatoria de un congreso extraordinario, porque la conferencia nacional no tiene autoridad para cambiar el grupo dirigente. Y no puede hacerlo Gerardo Iglesias a dedo, porque eso sería demasiado.

Ahora bien, el estado en que se encuentra el partido, o mejor, el estado en que lo deja Carrillo, tiene a priori una dificil recuperación.

Se podría parafrasear al Tenorio y decir: "Imposible, señor, la habéis dejado para vos y para mí". Ni para los renovadores, ni para los prosoviéticos queda un partido con muchas posibilidades.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de noviembre de 1982

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