_
_
_
_
Cosa de dos
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Bombay

Juan Cruz

En la geografía del miedo está Bombay, también. Los terroristas han vuelto a señalar la ciudad y es otra vez un punto rojo, encendido, en el mapa. Una mujer de Bombay, Mahruk Tarapor, directora adjunta del Metropolitan Museum de Nueva York, dijo que para ella la paz era el aire contra su cara al bajar del avión que la devolvía a su tierra. Basta una brizna de fuego para romper la belleza de un recuerdo.

Las metáforas nacen de la infancia, y las rompe el tiempo, y en este caso el terror. La paz es el aire de Bombay. Pues ahí tienen el aire, cubierto de sangre y cascotes. Lo más tremendo del terrorismo es la muerte, claro, pero lo que queda en la retina es la desolación. La televisión no reproduce el instante peor, todavía no, o no siempre, pero repite hasta el infinito los cascotes, la sangre, la presencia del miedo. Gente huyendo, desconcierto, el fuego en el hotel.

El terror es una bandera roja que lleva dentro una calavera; y la muerte que produce es un telegrama fatídico y obsceno; cualquier reivindicación envuelta en asesinato es un crimen y una desvergüenza. Desde que se produjo el atentado de Bombay vi esas imágenes como la transposición de las que nosotros mismos sufrimos. La televisión produce una cercanía paradójica; el cuarto de estar amortigua el drama, lo hace ajeno. Hay que ver esas imágenes, estimo, como si nos estuvieran ocurriendo, para que sean inolvidables.

El terror es universal. El 11-S, el 11-M, este 25-N no ocurrieron en Nueva York, en Madrid o en Bombay. Brecht decía que el sufrimiento de uno es el sufrimiento de todos, ya te tocará si no te das cuenta, no mires para otro lado; parece que lo acerca más, pero la televisión ayuda a amortiguar el dolor convirtiéndolo en una imagen que acercas o alejas a voluntad. Las imágenes concitan cercanía catódica, pero olvido sentimental. Uno le da al botón del aparato, cambia de canal y ya entra en otra realidad, como si uno se quitara de delante del espejo para no ver la herida. No preguntes por quién doblan las campanas, escribía John Donne, doblan por ti. Y nuestro José Hierro decía que cuando moría un español se mutilaba el universo. La metáfora de la sangre nos cubre a todos.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_