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Susana Díaz, en un acto en Sevilla.
Susana Díaz, en un acto en Sevilla. EFE

Vienen esquinados desde arriba de Despeñaperros, supuestamente a apoyar a los candidatos de su partido. Circulan desconfiados por la tierra extraña, una Andalucía de ERES y pateras. Hablan de los niños del subdesarrollo, andaluces retrasados, paniaguados. Como vienen se van y dejan el muerto a sus compañeros locales, que después de la visita de sus santos líderes deben levantar la losa apelando a las esencias de la tierra. Vienen a congraciarse con esta plebe árida y socarrona, bulliciosa pero en el fondo distante. Inaprensible. Quieren congraciarse y arengan desde el púlpito del mitin: “Levántate y anda, pueblo”. Notándoseles la frustración, la mala digestión por tanto desaire. Andar es votar a otra cosa que no sea socialista, porque ese es un voto cautivo, hijo de la incultura. Cuando en Cataluña gobernaba una década tras otra la extinta Convergència i Unió nadie lo achacaba al analfabetismo político de los catalanes. Era seny,prudencia, ciencia europeísta. Aquí es distinto.

 Aquí todo es distinto. El nacionalismo, después de aquel canto de sirena ronca de Alejandro Rojas-Marcos y sus cinco diputados nacionales, empezó a desmoronarse. Los 325.000 votos de aquella Andalucía blanquiverde se fueron convirtiendo en migajas. No podía ser de otro modo. Desde el arranque de la Transición, el PSOE era nuestro partido. Era el partido andaluz porque era el partido de Felipe y de Guerra. Ellos abanderaron al mismo tiempo la izquierda, es decir, la encarnación del desquite histórico, y el nacionalismo o pseudo nacionalismo andaluz. Era el partido de aquí. Eran los nuestros. Esa identificación caló muy hondo. Y sigue pesando. Chaves fue un heredero directo de aquella comunión mental, anímica. Susana Díaz es la nieta lista. Pizpireta, proletaria, hija de currante y mujer de currante, carne del pueblo. Bautizada a sí misma como “roja y decente” por más que le salga un eczema cada vez que se roza con la ortiga de Podemos y por más que su cuna política estuviera mecida con la nana de los ERES, esa cruz.

Ese es el muro de las lamentaciones al que cada cuatro años ha estado yendo a hacer pucheros el PP. Cuando este partido era la única alternativa de gobierno se movía entre la resignación y la pataleta, siempre viendo la llegada al poder como un espejismo que se diluía al posar en él la yema de los dedos. Y ahí están de nuevo, ahora acompañados por Ciudadanos y la marca blanca de Podemos más IU, de nuevo ante ese muro que deben sobrepasar o demoler. Un muro que para muchos representa el mal endémico de los andaluces. Empecinados en tropezar con la misma piedra. Una debilidad que supuestamente define su falta de criterio y su ciudadanía de segunda. Así les va.

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