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LOS GRANDES SUCESOS DEL ARCHIVO DE EL PAÍS

La dulce Neus o cómo matar al mal padre

El 28 de junio de 1981 Neus Soldevilla hizo el amor con su abusivo marido y luego orquestó su asesinato a manos de una de sus hijas, mientras sus hermanos miraban

Neus Soldevilla y su abogado, Emilio Rodríguez Menéndez, en 1986. Ampliar foto
Neus Soldevilla y su abogado, Emilio Rodríguez Menéndez, en 1986.

Neus, Barcelona, febrero del 96

¿Sabes? Yo aborrezco eso de la dulce Neus. Es un mote horroro­so con el que no me identifico lo más mínimo. A decir verdad, a ve­ces me siento como una extraterrestre. Soy una mujer de 50 años, de carne y hueso, como las demás. Que sufre. que ríe, que llora, que quiere ser feliz. Pero noto siempre un batallón de ojos que se clavan en mi espalda. Tengo la extraña sensación de que soy dos personas en una: la Neus auténtica, que lucha por vivir y por sus hijos, y la perversa Neus del sistema, la de las películas, la de los libros, la de la televisión. Palpo esa malicia cuando voy por la calle. No, no sólo en Barcelona. Eso me pasa en Huelva, en cualquier punto de Espa­ña y hasta en América. Lo sé: mi figura y mi historia invitan al mor­bo. Eso hace daño. La dulce Neus... Me bautizó así un periodista. Bueno, quizá tengas razón, tal vez no lo hiciera con mala leche. Es verdad que era peor el de Mantis religiosa. La verdad es que en mi casa siempre decían que yo era la más dolça [dulce en catalán] de las primas por ser la más cariñosa de todas. Quizá también influyó en algo el timbre de mi voz. Pero, para ser francos, todo es muy de­safortunado. Los Soldevila, siempre ha sido y siempre será así, so­mos gente de bien.

Los sucesos de EL PAÍS

La dulce Neus o cómo matar al mal padre

Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al secuestro de Melodie.

Me sobra el tiempo. Paso las horas en mi celda leyendo y escribiendo. Sobre todo escribiendo. Tengo ya buena parte de mis me­morias redactadas. Me ha ayudado bastante Neus, mi hija mayor. Ingresé en prisión en 1981 y sigo en ella. Estamos en 1996. Se dice muy pronto. Pese a los más de 20 meses que estuve en Sudamérica tras huir durante un permiso carcelario, 13 años enclaustrada siguen siendo una eternidad. La verdad es que he perdido la cuenta y no sé cuánto tiempo más durará esta tortura. La justicia fue cruel conmi­go: me impusieron una condena de 28 años por inducir a mis hijos al asesinato de mi marido, Joan Vila. Nunca se ajustó la sentencia a la realidad. Con todo el respeto, creo que se dedicaron a recomponer un puzzle hasta que la historia les cuadró, hasta que colocaron la úl­tima de las piezas, hasta que tuvieron el paisaje completo. No lo ne­garé: mi casa era un infierno y estábamos aterrorizados. La convi­vencia flirteaba siempre con la tragedia. Jamás impulsé a mis hijos a que apretaran el gatillo. Fue al final Marisol, una de mis hijas pe­queñas, la que mató a Joan. Ella tenía entonces 14 años y era muy decidida, muy espabilada. Pero yo no les convencí. Eran sólo unos niños.

No es fácil encarar esta vida a la que no ves fin. No he podido vol­ver a sentar a mis seis hijos en torno a mí. Estuve a punto de hacer­lo la última Navidad. Neus, la mayor, vive en Canarias y tiene ya un niño; los gemelos están en Huesca; Marisol, en Andalucía, con tres preciosos hijos; Ana se fue a Florida tras casarse con un militar. Conmigo queda Dolors, otra de las pequeñas, a la que veo más. Sólo conozco a mis nietos por fotografía. Pero no de­sespero: supongo que algún día saldré en libertad. Rezo para que un cáncer no me visite en la recta final de mi existencia.

Atesoro un dudoso privilegio: soy quizá la reclusa de este país que ha pasado más tiempo sin ver el sol. Más de cinco años. Desde abril del 1989 hasta agosto del 1994. Desde el verano del año pasado, me per­miten ya salir los fines de semana. Ni siquiera los terroristas o los narcotraficantes han soportado un encierro tan cruel. El cielo se me abre los jueves por la noche. Ése es mi momento, el más esperado de toda la semana. Me ilusiono como una jovencita porque al día si­guiente saldré de prisión. Me instalo en este piso de Barcelona, don­de viven mi hermana, mis sobrinas y Dolors, mi hija. Los sábados, en cambio, me invade la depresión. El tiempo se me acaba y me mentalizo para regresar a la celda. Es un shock muy fuerte, muy di­fícil de resistir.

No tengo demasiada relación con mis compañeras de cárcel. Mu­chas son chicas que han caído en la droga. Les tengo respeto y mu­cho cariño, pero ya no quiero más líos. Intento mantenerme al mar­gen. Mi única obsesión es procurar no dar la menor excusa que pueda prolongar innecesariamente este horror. Ahora mismo tengo el tiempo justo. A las 17.00 horas debo estar en la cárcel de mujeres, en Wad-Ras. Me esmero en no llegar tarde, salgo de casa con mucha antelación para evitar que una inoportuna avería o un atasco im­previsto se transformen en más días de encierro.

España es mi país y España será mi cárcel. Cuando sea definiti­vamente libre, haré las maletas y me instalaré en el extranjero. Vol­veré sólo de visita. No sé dónde residiré. Quizá me quede cerca, en Europa, pero lo más seguro es que regrese a Sudamérica. Allí los es­pañoles somos los reyes del mambo, gozamos de buen crédito. Aho­ra, cuando puedo, me dedico a la bisutería. Quiero abrir el mercado a otros artículos complementarios, como sombreros, cinturones ¡qué sé yo! Tengo un pequeño negocio con una clientela fija. Pero real­mente es muy difícil gestionarlo con esta vida que llevo, tan partida en dos.

Jesús J., Zaragoza, febrero del 96

Yo iba para médico, pero no aprobaba demasiadas asignaturas.

Así que mi padre me dijo un día: «Jesús, hijo mío, es hora de que despiertes». Yo tenía entonces 23 años y él tenía razón. Decidí hacer oposiciones. Se convocaban dos: o para Hacienda o para policía. Los números no eran lo mío y me metí en lo segundo. He estado casi 30 años en la investigación criminal. Nunca me gustó la brigada políti­co-social. Un jefe me destinó a ella pese a que le advertí que no me entusiasmaba, que no quería. Ni caso. Acabé allí, pero sin trabajar demasiado, sin rellenar los informes. Me castigaron con la guardia ma­ñana, tarde y noche, hasta que, desesperados, me devolvieron a ho­micidios. No he salido casi nunca de la pringue [término de la jerga policial que define a la policía judicial] hasta hace dos años, cuando me retiraron. Soy ahora, con 58 años, un jubilado. Pronto nos reti­ran, ¿no? Doy clases y sigo estudiando. Ahora grafología.

He llevado cientos de casos en mi carrera, y no lo digo por de­fraudar, pero creo que el de La dulce Neus fue uno de los más fáci­les. No sé por qué os interesa este caso. Sí, es cierto, fue una histo­ria morbosa. Pero es que muchas veces no concuerda el interés periodístico con el estrictamente criminal. Casi desde el primer día, el caso de La dulce Neus estaba clarísimo: intuíamos que la familia era culpable. Pasa en infinidad de ocasiones: sabes quién es el ase­sino, pero te faltan las pruebas. He conocido a muchos acusados que incluso tras quedar en libertad me han venido a ver. Eso no pasó ja­más con Neus. Creo, y siento decirlo, que es una de las peores per­sonas que he conocido en mi vida.

Neus, Barcelona, febrero del 96

No sé por qué me casé con Joan Vila. Bueno, sí lo sé: fue por una apuesta ... Sí, como lo oyes. Él tenía entonces 29 años y yo 18. Tenía una novia y le dije a una allegada mía que la dejaría. Quizá por mí. Fue así. De muy niña me quedé huérfana y me fui a vivir con unos tíos en Vic (Barcelona). Me trataron muy bien: recibí una buena educación en un colegio de monjas. A ellos no les gustaba Joan. Era un hombre trabajador, de una familia muy humilde, pero muy vio­lento. Una de esas personas hechas a sí mismas. A mí entonces me gustaban las personas mayores y luchadoras. Si te digo la verdad, creo que Joan me daba algo de lástima.

Mi marido entró en casa por primera vez el 5 de agosto de 1962 y nos casamos un mes después, el 17 de septiembre. Fuimos de luna de miel a Valencia y allí surgieron los primeros problemas. Quería que asara un conejo en la playa y hacía mucho viento. Yo me opu­se, le dije que no se podía, que la arena volaría. Empezó a gritar y me pegó: me hizo daño en una oreja. Menos mal que apareció una patrulla de la Guardia Civil y se calmó.

Tardé justo nueve meses en tener a mi hija Neus. Joan era un pa­yés, pero pusimos un bar en Vic y un día entró como un loco, muy ex­citado. Me dio miedo. No sé con quién se había peleado, pero ame­nazó con poner un letrero que rezara: «Prohibida la entrada a los castellanos». y eso en plena dictadura. «j Virgen Santa!», pensé, «vamos a acabar todos en el calabozo». Fui a pedir auxilio a mis pa­dres y me advirtieron: «O te quedas con nosotros o te quedas con él». El ultimátum estaba ahí, encima de la mesa. Ellos estaban dispues­tos a hacerse cargo de la niña. Era complicado acoger a una mujer separada y con una cría en aquella época pero eran gente muy abierta. No sé ... Pensé en la pequeña. Y me fui con él a Granollers, donde dejó el arado para meterse en la construcción.

J. J., Zaragoza, febrero del 96

El marido encarnaba, con todos mis respetos, la sabiduría del ig­norante. Procedía de una familia muy numerosa, que trabajaba la tierra de sol a sol. Gente dura, muy curtida. Era de esas personas que piensan que los demás tienen que seguir el mismo camino que ellos. Un hombre de 47 años que se forjó a sí mismo, duro, inflexi­ble. No le gustaba que sus hijos estudiaran. Él apenas sabía leer y escribir, pero amasó una pequeña fortuna construyendo bloques de pisos gracias a los permisos que logró en los ayuntamientos fran­quistas. Quería que los chicos fueran como él. Cuando se cometió el crimen, su patrimonio se calculaba en unos 17 pisos y en unos 150 millones de pesetas.

Era una familia burguesa, bien situada. Tenían criada y se la lle­vaban los fines de semana a la casa de Esplús, en Huesca, donde precisamente se cometió el crimen. La casa era fantástica: dos plan­tas, un buen número de hectáreas de regadío. Hoy esa finca vale mu­chos millones. Puede que no menos de 70. Sin embargo, él daba a Neus muy poco dinero para pasar la semana. Algo así como unas 10.000 pesetas. El ambiente debía de ser muy duro. Prueba de ello es que obligaba a sus hijos a comer solos en la cocina. Pero también es cierta una cosa: jamás les puso la mano encima. Era el típico ma­cho hispánico: presumía de su mujer, pero jamás la engañó. Y eso que tuvo muchas oportunidades: cuando llegó la democracia, tuvo problemas con el Ayuntamiento por razones de permisos de obras. Se radicalizó y se fue a la extrema derecha. Tuvo muchos amigos de Fuerza Nueva que iban a menudo de putas a Barcelona. Joan jamás fue con ellos. En cambio, interrogamos a varios de los que fueron amantes de Neus.

Neus, Barcelona, febrero del 96

Nadie sabe lo que yo pasé. Yo era una mujer agradable, bien ves­tida, bien situada, educada, pero jamás salió de mi boca ni una sola palabra sobre el infierno de mi hogar. ¿O sabe la gente que Joan una vez me puso la pistola en la boca? ¿Y que dormía con un arma bajo la almohada? ¿O sabe cómo se puso una vez cuando le pedí 1.000 pe­setas para una canastilla? ¿ O que obligaba a los gemelos, con sólo ocho años, a hacer pasta de cemento? ¿O que impedía a los niños presentarse a los exámenes? Un horror. Al final, ya casi ni trabajaba.

Era un fanático: se pasaba el día leyendo libros de política y de reli­gión. Creo que especialmente la Biblia. ¿Que si yo soy religiosa? Hombre, pues lo normal, pero sin pasarme. He perdido el hilo ... Sí, eso: Joan iba sólo los viernes a la empresa; subía a la oficina y ni si­quiera paraba el motor del coche. ¡Imagina lo que trabajaba! Me gustaría, aunque fuera sólo por un instante, que alguien intentara co­locarse en mi lugar. ¿Separarme? ¡Pero qué dices! ¡Imposible! ¡Me hubiera matado!

J. J., Zaragoza, febrero del 96

Es cierto que el ambiente debía de ser muy férreo. Tenía a la fa­milia muy oprimida económicamente. Ella siempre iba muy justa. Trabajaba vendiendo pisos y sintió la necesidad de independencia económica. Asumió la representación de una firma de cosméticos y empezó a tocar dinero. Las cosas le fueron mejor y quiso tener más. Creo que se compró dos pisos. Empezó a llevar una doble vida. Se le ocurrió poner en práctica la típica rueda de talones. Consiste en pe­dir un préstamo de 500.000 pesetas a un amigo con el compromiso de que a los seis meses se lo reintegrará más el 30% de intereses. Lle­gó a mover 17 millones de pesetas, pero en realidad se quedó con po­co porque siempre tenía que devolverlo. El agujero final era de los intereses que debía, no sé si seis o siete millones de pesetas. El gran problema que tuvo Neus fue que el círculo de amigos se le agotó y ya no tuvo a quien pedir más.

Ella no planeó el asesinato para cobrar el seguro que había fir­mado su marido. Fue por algo más simple. Sintió pánico de que Joan supiera lo que había hecho. No hay nada gratuito: el crimen ocurrió un domingo, 28 de junio, y al día siguiente, el lunes 29, los bancos querrían saber qué ocurría con esa deuda. Su marido, irremedia­blemente, se iba a enterar de su despilfarro. Estaba acorralada.

Neus, Barcelona, febrero del 96

Ese fin de semana fuimos a Esplús, a la finca de Huesca. Era ve­rano. ¿Sabes? Neus, la mayor, de 18 años, tenía un examen, pero su padre no la dejó presentarse. Muy en su su línea. Pero, de todas formas, en esa época se ensañaba especialmente con Marisol. Ella lloraba mu­cho, tenía miedo de que yo me fuera. Joan siempre tenía que meter­se con alguien, hacerle la puñeta a uno de los chicos. Yo incluso me puse un poco dura. Recuerdo que repetía: «¡Sólo las prostitutas van a la universidad!». Un asco. Él, por la tarde, se fue a hacer la siesta al dormitorio. Dormía siempre con una pistola bajo la almohada. Mi casa, por entonces, era un arsenal. Había tres escopetas y cuatro pis­tolas, por esos rollos que tenía con Fuerza Nueva. Yo le di una de las armas a Marisol para que hiciera prácticas de tiro contra una bala de paja del jardín. Estaba con los gemelos. Preparé las maletas pa­ra volver a Barcelona ese mismo domingo. Siempre regresábamos en dos coches: el Ford Granada y el Chrysler.

Recuerdo que yo estaba en la cocina cogiendo carne del congela­dor para llevármela a casa. Oí un disparo. Pensé que procedía de la tele, de aquella serie que hacían que se llamaba La casa de la pra­dera. Cuando él dormía había que bajar el volumen, y fui a pulsar el mando. Entonces vi a los niños bajar corriendo por las escaleras. Por sus caras, imaginé qué había ocurrido. Todos nos metimos corriendo en el coche. ¿Que por qué? Es que yo creí inicialmente que era Joan quien había disparado y por eso huimos muertos de miedo. ¡Si era como un ogro! Cuando ya habíamos avanzado bastantes kilómetros, le dije a la niña: «Marisol, pero cariño, ¿le has dado?». Ella me dijo que creía que sí porque el flequillo de Joan había hecho una especie de brrfffff hacia arriba despejando la frente. Detuvimos el coche y lanzamos la pistola por la autopista. Luego me explicaron que Ma­risol subió a la habitación y les dijo a los gemelos, mayores que ella, con 17 años ya: «Si no tenéis cojones, yo sí».

Cuando llegamos a casa, llamé al puesto de la Guardia Civil de Binéfar. Dije que pensaba que le había ocurrido algo a Joan, que ha­bía pasado algo malo con unos hombres que querían algo. No sé ni qué se me ocurrió para salir del paso. Me dijeron que irían a la fin­ca. Yo cogí una bolsa con ropa por si Joan la necesitaba para ir al hospital. Me acompañó en el viaje el alcalde de Montmeló. ¿Por qué cogí la ropa? Es que yo no sabía si estaba vivo o muerto. Bien es ver­dad que durante el viaje el alcalde detuvo el automóvil y llamó por teléfono. Me parece que entonces ya le comunicaron que no había nada que hacer, aunque él a mí no me lo dijo.

J. J., Zaragoza, febrero del 96

Pues entonces aún vivía. La agresión se cometió sobre las 16.00 horas y ella llamó cuatro horas después. Joan Vila falleció sobre las 23.00. Estuvo agonizando no menos de siete horas. Sí, fue una muer­te muy cruel. Ella llamó diciendo que dos hombres encapuchados habían secuestrado a su marido y que mientras subían las escaleras hacia el segundo piso la familia aprovechó para escapar. No tenía el menor sentido. Ciertamente, la historia era rocambolesca.

Neus, Barcelona, febrero del 96

Cuando llegamos a Esplús, Joan ya había muerto. La casa esta­ba llena de guardias civiles y uno de ellos me dijo: «Señora Neus, es­to es obra de profesionales y necesitaremos toda su ayuda para esclarecer el caso». En aquel momento el cerebro me empezó a hervir y tomé una determinación. Descubrí que no lo sabían, que no sos­pechaban de la niña. Decidí que jamás delataría a Marisol. Ni pude ni quise. Normal, claro. ¿Cómo iba a acusar a mi propia hija? [La noticia no trascendió hasta 10 días después. Fue un pequeño breve de 15 líneas en El País titulado «Industrial asesinado por dos enca­puchados» . ]

J. J. Zaragoza, febrero del 96

Yo asumí el caso un mes después de ocurrido el crimen. Al princi­pio, la investigación corrió a cargo de la Guardia Civil. Las diligen­cias apuntaban ya que los principales sospechosos eran los familiares. La juez, acompañada de la Guardia Civil, hizo una reconstrucción de cómo ocurrió el asesinato. Relataron que habían visto cómo los enca­puchados irrumpían en la casa. Dijeron que los vieron entrar, pero tal y como estaban sentados era imposible. Los cristales eran ahumados. No había duda. Luego hubo otra cosa más: cuatro días después de la muerte de Joan, se registró una llamada en un periódico de Aragón para reivindicar el atentado en nombre de los GRAPO. La voz que habló tenía un marcado acento sudamericano. Neus se veía entonces con un hombre de allí. Empezamos a atar cabos.

Neus, Barcelona, febrero del 96

No es verdad. Jamás sospecharon de la familia. Estuvieron a pun­to de dar carpetazo al caso. Joan tenía muchos enemigos: dijeron que habían encontrado a más de 200 personas con móviles suficientes para matarlo. Sólo mi marido sabía las turbias relaciones que tenía con la extrema derecha.

J. J. Zaragoza, febrero del 96

Eso de las 200 personas es un cuento, aunque es cierto que él es­taba muy obsesionado por su seguridad y por eso tenía tantas armas en casa. Las cosas no le iban demasiado bien y me da la impresión de que quería enfocar su vida hacia la casa de Esplús.

Pero la criminología está para algo. Es una ciencia que sigue una regla de oro: siempre hay un antes del crimen, un durante y un des­pués. Tú puedes pactar con los afectados qué has hecho en los dos primeros tiempos, pero no lo que ocurre tras el asesinato. ¿Por qué? Pues porque es imposible obviar su existencia. No ignoras que has matado a alguien, sabes lo que ha ocurrido. El comportamiento del ser humano cambia indefectiblemente. Siempre pasa igual. La men­te difícilmente logra actuar con la misma naturalidad. El asesinato sigue ahí presente y lo condiciona todo. Y eso es lo que ocurrió con uno de los gemelos. Dijo que el domingo, tras regresar de Huesca, se fue a ver a un amigo, con quien charló de motos, chicas y cosas de su edad. Buscamos a ese joven y, efectivamente, la conversación era cierta. Pero, curiosamente, el gemelo no le contó nada de lo del se­cuestro de su padre. Eso es imposible ocultarlo. ¿Cómo un chico de 16 años esconde a su mejor amigo que su madre está denunciando ante la Guardia Civil algo atroz que le ha ocurrido a su marido? Na­da. No había duda: la versión de los encapuchados era falsa.

Investigamos durante dos meses, en los que ella fue pagando ca­prichos a sus hijos. Ella se compró un coche y les regaló nuevas mo­tos. Nosotros fuimos estrechando el círculo, conocimos la doble vida de Neus y dimos con su problema de dinero. Ésa fue la pista defini­tiva. Curiosamente, Inés Carazo, la criada, había participado en la rueda del talón y Neus le debía una cantidad. Inés montó un cirio en el banco: quería recuperar su dinero. Vimos que teníamos el hilo, pe­ro necesitábamos pruebas y no las encontrábamos. Sabíamos que Inés Carazo estaba al corriente. Tenía en Barcelona un único hijo, estudiante de Medicina, por el que habría dado la vida. Fuimos a ver al chico a la universidad y le sugerimos que su madre debía hablar. Por la cara que puso el muchacho, estoy convencido de que sabía qué había pasado en la finca. La criada no tardó en confesar. Dijo que Neus había embrujado a toda la familia, explicó lo de los pla­nes, lo de la instigación al asesinato.

Los detuvimos a mediados de octubre, menos de cuatro meses después del crimen. Es horroroso arrestar a niños. Eso sólo lo sabe quien ha tenido hijos. Fuimos a buscarlos. Neus estaba cada día peor: más delgada, más pálida. Cuando la arrestamos estaba poniéndose unas inyecciones. Nos los llevamos a todos: a la madre, a Neus, a los gemelos, a Marisol y a la criada. Las dos niñas pequeñas, Ana y Do­lors, se quedaron a cargo de una vecina. En las declaraciones, salió que una de ellas, mientras se estaban deshaciendo del padre, llegó a decir: «¡Pero cuánto tardan en matar a papá!».

Neus, Barcelona, febrero del 96

Lo peor fue cuando me separaron de mis hijos. Fue como si me arrancaran el corazón. Pero te diré algo: para mí, entrar en el cala­bozo me supuso una profunda liberación. Qué cosas: entre rejas me sentí libre por primera vez en mucho tiempo. La familia de mi ma­rido se portó fatal. Uno de sus hermanos, el mismo día del arresto, vino a mi casa a pedirme la mitad del dinero que teníamos. Sin co­mentarios...

J. J., Zaragoza, febrero del 96

Neus lo negó todo en Jefatura. Ella no sabía que Inés Carazo ha­bía cantado y yo tampoco quería decírselo. Un interrogatorio es un poco eso: tirar de la cuerda, tensarla, medir las palabras que dices hasta que la otra parte cae. Neus no cayó. Fría, calculadora, se con­tuvo. Pero los niños no dejan de comportarse como tales. Pensaron que su madre ya había confesado. Primero interrogamos a Marisol y lo explicó todo con pelos y señales, sin el menor remordimiento. La niña contó que sus padres se acostaron –hicieron el amor – y luego a él le dieron un valium que le provocó un profundo sueño. Los cinco presenciaron el crimen. La madre tomó la pistola. Neus, la hija ma­yor, quiso mantenerse al margen; los gemelos tampoco tuvieron va­lor. Marisol sí. Fue cuando dijo la frase famosa de los cojones... Aho­ra pienso que debía de estar algo trastornada por todo lo ocurrido. Era una niña poco responsable. Hubo algo que me removió el estó­mago. Tras uno de los interrogatorios, dijo, refiriéndose a un policía: «Mamá, ¿verdad que este señor se parece a papá?». Todo quedó atado. Los gemelos, unos chicos educadísimos y muy agradables, nos acompañaron a la autopista, al lugar donde habían enterrado la pis­tola. La encontramos gracias a un detector de metales de un aficio­nado a monedas antiguas en un descampado paralelo a la autopista entre Zaragoza y Barcelona. Poco más.


El juicio contra Neus Soldevila, la criada y sus cuatro hijos se ce­lebró en mayo de 1982, en la Audiencia Provincial de Huesca, en medio de una enorme expectación. La familia no tuvo excesiva suer­te con el fiscal del caso. Tiene fama de ser uno de los más duros de la carrera. El fiscal pidió más de 100 años para la familia. Marisol negó haber matado a su padre y dijo que su madre le pidió que con­fesara el asesinato para que, al ser menor de edad, el castigo queda­ra impune. El tribunal fue implacable: Neus Soldevila fue condena­da a 28 años de prisión como coautora de un delito de parricidio; Neus, la hija mayor, fue castigada por un delito de complicidad en el parricidio a 26 años de cárcel, y a 10 y 11 años de prisión los dos gemelos por el mismo motivo. «El fallo me pareció durísimo para los hijos», subraya Jesús J., el hombre que dirigió la investigación. El Tribunal Supremo, un año después, confirmó el veredicto de la Au­diencia de Huesca, excepto en el caso de la hija mayor, a la que se consideró sólo cómplice. Sus 26 años de prisión se redujeron a 12. La actuación de Neus la calificó de «prolongada y refinada labor de ins­tigación o inducción sobre sus hijos que queda demostrada por ser ella la que sugirió la idea de deshacerse del jefe de la familia pre­textando que así estaría más libre y más unida».


Neus, Barcelona, febrero del 96

No fue así: lo acato, pero no es real. Jamás hubo ningún plan, no se programó nada. Cuando te tienen aterrorizado hay días que puedes decir «cortaremos los frenos del coche» o «lo haremos con éter». Eso se explicó en el juicio. Eran comentarios reales, hechos en mo­mentos de extremo nerviosismo, pero sin la menor intención de eje­cutados. Si los unes y les das una línea de continuidad, puede pare­cer que esté todo estudiado. Neus [la hija mayor], en la vista, llegó a decir que prefería vivir un montón de años en el calabozo antes que seguir conviviendo con su padre. ¿O es que de eso nadie se acuerda?

Sigo teniendo una excelente relación con todos mis hijos. Tam­bién con Marisol. Ella, tras el asesinato, estuvo viviendo con fami­liares de mi marido y la pusieron en contra mía. Una vez vino a ver­me y me pidió una cantidad para independizarse; no la dejé. Le advertí que tendría todo el dinero que quisiera para estudiar, para comida y para ropa, pero no para vivir sola. También me visitó en la cárcel una monja del colegio que me amenazó reclamándome di­nero. Marisol ha sufrido mucho en su vida.

El Supremo confirmó este suplicio, pero afortunadamente me concedieron en 1986 el régimen abierto. Sólo tenía que ir a dormir a prisión. En sólo ocho meses volví a levantar la familia: abrí un ta­ller, me moví con los bancos, seguí con el negocio de los pisos. En mi ca­sa tenía servicio para que se hicieran cargo de las dos niñas peque­ñas. Todo, más o menos, funcionaba. Regresaba a la vida y llegó el mazazo. Me denegaron el régimen abierto y me enviaron a la ruina. No lo pensé dos veces: cogí a las pequeñas, me metí en un coche y me escapé. Vamos a ver: no era una fuga normal, era una huida pa­ra sobrevivir, para escapar de este infierno. Me teñí el pelo para que no me reconocieran y me fui a Colombia. Después a Ecuador. Todo fue muy bien. Me metí en el negocio de las piedras preciosas y estu­ve allí viviendo 19 meses perfectamente.

Abogados y periodistas me tendieron una trampa y aquí estoy. No se trataba de que yo hubiera delinquido con el tráfico de bisutería. No me sentía bien en Sudamérica. Tenía lejos a mis hijos. Mi familia estaba al otro lado del Atlántico y la echaba de menos. Quería sen­tirlos cerca. Hasta los policías ecuatorianos se prestaron a ser sobor­nados, pero yo me negué. Deseaba estar otra vez en casa y regresé a España. Y aquí estoy.

J. J., Zaragoza, febrero del 96

No pensé nada cuando ella escapó de España. No era mi caso. In­tento archivar las historias. De verdad. ¿Qué hacen los hijos ahora?

Neus, Barcelona, febrero del 96

Es mucho tiempo casi seis años sin salir a la calle. Ni siquiera me llegaron a juzgar por quebrantamiento de condena porque ese deli­to no existe en Ecuador. Me extraditaron a cambio del subgoberna­dor del banco de ese país, Juan Manuel Fornell, que estaba en Es­paña. Mi caso está en Estrasburgo pero no tengo demasiadas esperanzas. Me he sentido humillada y maltratada por el sistema. Recelo de todo el mundo. Confío en no necesitar nunca más los ser­vicios de un letrado. Quiero tranquilidad y que nadie se meta con mis hijos. Sobre todas las cosas pido eso.

La dulce Neus. Todo es repugnante. Hasta hicieron una película bochornosa en la que se explicaba cómo habíamos matado a Joan. Presentamos una denuncia y el juez ordenó prohibir su difusión. Uno de mis chicos vio en un videoclub una cinta del filme, la alqui­ló y ya no la devolvió. Hizo bien. No dejo de ser una prisionera de esta industria carcelaria. No, no creo que esté pagando el haber im­plicado a mi familia en el asesinato de Joan porque, sencilla y lla­namente, no lo hice. Sí, ya sé que hay muchos maridos o mujeres que han matado a sus cónyuges o viceversa. Pero eso no se pena co­mo un simple homicidio, es un parricidio y se castiga más. Todo es más retorcido. Soy una especie de cabeza de turco del sistema.

De todas formas, eso es verdad: mi vida jamás hubiera sido tan excitante. He tenido la suerte de vivir grandes aventuras. ¡Pobre de mí! Ni soñando habría imaginado protagonizar tantas cosas. ¿Sabes que incluso los jueces en Ecuador escribían mi nombre en las dili­gencias como el de La dulce Neus? Hay anécdotas e historias diver­tidísimas. ¿Sabes por ejemplo que hay niñas bautizadas en Sudamérica con mi apodo y mi nombre? O sea que se llaman Dulce Neus. Yo soy un personaje muy famoso. Me han escrito cartas gente de pri­mera línea de todo el mundo. Y con todo lo que he vivido, con todo lo que he pasado, cuando oigo a dos mujeres de mi edad comentan­do cosas domésticas, de la comida o de la ropa, o por ejemplo ha­blando de eso que dices, de cómo se plancha una camisa, yo me pre­gunto: «Pero ¿de qué puñetas están hablando?».

Qué fue de la Dulce Neus

La dulce Neus o cómo matar al mal padre

En la entrevista “Moriré con las botas puestas”, publicada en 2012, Neus Soldevilla, que cumplió su condena en 2012, explica que dedica su tiempo a escribir y que no tiene contacto con sus hijos. Este relato está basado en dos entrevistas realizadas tanto a Soldevilla como al guardia civil que practicó su detención.