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Los socialistas votan entre intentos de coacción

El gran dispositivo policial no evita que los críticos sufran insultos y empujones

Protesta ante la sede del PSOE en la calle Ferraz.

Cuando Pedro Sánchez dimite, en la calle Ferraz se hace el silencio. Cientos de personas aguardan frente a la sede madrileña del PSOE acompañadas por un continuo murmullo. Nadie grita. Los carteles contrarios al PP andan por los suelos. Se oye más a los periodistas que a los manifestantes. Entonces, casi 20 policías se colocan frente al garaje del partido, preparando la salida de sus dirigentes, y de nuevo se desatan los gritos. “¡Manos arriba, esto es un atraco!”, chillan los tres centenares de gargantas que por la noche multiplican a la decena de personas que aguantan desde las ocho, cuando convirtieron en un infierno la llegada de los opositores a Sánchez.

Desde primera hora, hasta la zona se desplazan más de una decena de antidisturbios de la policía nacional, pertenecientes a las unidades especiales de intervención (UIP) y de prevención y reacción (UPR), según un portavoz. A estos efectivos se suman también integrantes de la policía municipal de Madrid y agentes de movilidad que cortan el tráfico en la calle Ferraz. En conjunto llegan a sumar cinco furgonetas policiales, dos todoterrenos y una ambulancia del Samur. Un dispositivo a la medida de las dificultades del día.

Alrededor de las nueve de la mañana, los policías intervienen para separar a los manifestantes de la entrada de la sede del PSOE, formando un cordón policial que parte la calle por la mitad. Por la tarde protegen la puerta estableciendo un pasillo de seguridad que deja libre la acera. Para entonces, sin embargo, hace ya mucho que han entrado la mayoría de los 300 convocados. Nadie les separa ni de sus admiradores ni de sus agresores. Tampoco del enjambre de periodistas.

Decenas de miembros del Comité Federal del PSOE entran a la sede enfrentándose a gritos, insultos y empujones. Eduardo Madina, diputado y víctima de ETA, entra en el edificio entre gritos de “¡traidor!” y “¡fascista!”. José Blanco, exsecretario de organización, es zarandeado y tiene que abrirse paso a empujones. Antes de que arranque la reunión, el intento de coacción profundiza la herida abierta entre los partidarios de Pedro Sánchez y sus opositores. Franquear la puerta no garantiza su tranquilidad: durante la reunión, escuchan el continuo murmullo de los gritos de la calle —“¡No es no!”—, según fuentes presentes en el cónclave.

Ninguna de las dos corrientes de opinión que divide al partido reivindicó ayer como propios a los manifestantes. El PSOE, de hecho, pidió el viernes a sus simpatizantes que no se concentraran ante la sede. Y los escraches con los que los asistentes persiguieron de cafetería en cafetería a los representantes socialistas no distinguieron entre quienes están a favor de permitir un Gobierno de Mariano Rajoy y los que se oponen rotundamente.

Los críticos de Sánchez, en cualquier caso, vieron el origen de la concentración en el discurso pronunciado la víspera por el secretario general, que consideraron una incitación a la movilización, según fuentes del gabinete de uno de los presidentes autonómicos socialistas.

“No solo se decide si cambiamos el voto de los militantes por una gestora, sino algo más importante, el rumbo del PSOE”, dijo Sánchez el viernes. “Siempre he defendido la hoja de ruta del comité federal pero el que se va a celebrar puede cambiarla y cambiar a la abstención”, añadió. “Si el comité pasa a la abstención, no puedo administrar una decisión que no comparto”, remató, anunciando su posible dimisión.

Según los dirigentes socialistas críticos con Sánchez, eso habría impulsado a viajar hasta Madrid a decenas de simpatizantes socialistas de otras comunidades autónomas, que aprovecharon la noche para trasladarse hasta la capital. Junto a ellos se reunieron un puñado de votantes de Podemos e Izquierda Unida. Juntos subieron la temperatura de un Comité Federal que dejó al PSOE partido en dos y al propio Sánchez, dimitido.

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