20 minutos de terror en la residencia

Una superviviente del incendio del geriátrico donde murieron ocho personas relata el pánico desatado con el fuego. Algunos residentes estaban atados con correas a sus camas

Carmen Garza, superviviente del incendio de la residencia.Foto y vídeo: David Asensioundefined

A Carmen Garza la salvó del fuego la televisión. Siempre le ha gustado estar delante de la pantalla hasta bien tarde. Por eso, cuando su compañera, que se llama igual que ella, le dijo a las 22.45 que subieran juntas a acostarse, ella no se movió del salón. La Garza, como la llamaban todos en la residencia de ancianos Santa Fe, se quedó abajo con la cuidadora un rato más viendo una peli infantil de perros. Pero al cabo de 15 minutos comenzó a llegar aquel olor a humo. Tenía que ser el Pardos, un señor mayor que fumaba a veces a escondidas y andaba en el baño en ese momento, pensaron. Pero cuando la responsable subió, el primer piso y el segundo estaban ya ardiendo. La otra Carmen, la que había subido a acostarse, "bajó de nuevo mientras la residencia se quemaba y se sentó tranquilamente en el balancín del porche a ver el incendio", según cuentan algunos testigos. Cuando llegaron los bomberos y la Guardia Civil, la cuidadora, según algunos supervivientes, no paraba de gritar: “¡Ha sido ella, ha sido ella!”.

Entrada de la residencia Santa Fe, incendiada el sábado pasado.
Entrada de la residencia Santa Fe, incendiada el sábado pasado.David Asensio

El fuego, originado en un colchón de una habitación que llevaba vacía cuatro meses, mató la noche del sábado a 8 de los 19 internos de la residencia Santa Fe (a 8 kilómetros de Zaragoza). Algunos estaban atados a sus camas con correas y cierres de imán. Otros, completamente dormidos o sedados, no pudieron darse cuenta de lo que pasaba y se ahogaron con el tremendo y pegajoso humo negro sin llegar a despertarse. La residencia no tenía sus licencias en regla y, según familiares de las víctimas, tenía un embargo de Hacienda, a quien tuvieron que pagar directamente algunas mensualidades (unos 1000 euros más IVA). Ni los bomberos, ni los vecinos que saltaron la tapia y consiguieron rescatar con vida a 11 personas, lograron llegar hasta el segundo piso.

Los residentes señalan a una mujer recién salida de la cárcel como presunta autora

Bárbara, Carmen, Elena, Jerónima, Pilar, Rogelio, María Elena, María. Todos murieron. Algunos llevaban más de 7 años en la residencia, otros hacía menos que habían ingresado. Todos tenían entre 70 y 95 años. Nadie pudo hacer nada. Cuando llegaron ya se había quemado el sistema eléctrico y estaba todo a oscuras.  “El fuego rebotaba, el tejado comenzaba a caerse. Oíamos los gritos de la gente pero no podíamos hacer nada. Hubo un momento, con los mayores a cuestas, que pensaba que no encontraría la salida. Era el horror. Te quedas con remordimientos de no haber podido salvar al resto”, recuerda Pedro Marco, camionero de 39 años y vecino puerta con puerta de la residencia, que saltó la tapia del geriátrico con su padre y un amigo para socorrer a los mayores.

Durante los 15 minutos que estuvieron entrando y saliendo, salvaron a Carlos, un hombre de 62 años sin piernas al que tuvieron que dejar encima de una mesa mientras sacaban a otros internos y que ayer, ya recuperado, veía un concurso de Antena 3 tumbado en el cuarto de su nueva residencia. Los vecinos sacaron a Dominica, que cumplirá 100 años el día del Pilar o a José Luis, que todavía está ingresado en el hospital con pronóstico grave. También sobrevivió Carmen A., a la que todos señalan como la persona que provocó el incendio -fuentes de la investigación creen que el incendio fue provocado-, aunque por el momento no hay nadie imputado en el procedimiento penal abierto.

Pedro Marco Soriano (izquierda) y su padre, Pedro Marco Martínez, en el jardín de su casa, junto a la residencia.
Pedro Marco Soriano (izquierda) y su padre, Pedro Marco Martínez, en el jardín de su casa, junto a la residencia.David Asensio

“Ese día discutió con su hijo [su tutor legal, ya que ella está incapacitada legalmente]", recuerda Carmen Garza en la nueva residencia de Alfamén donde se han instalado los supervivientes –todos en silla de ruedas menos ella-. "Quería salir de la residencia como fuera y ser la madrina en su boda, y él se había negado. Le dijo que iba a salir de ahí de la manera que fuera. Se fue a dormir muy disgustada. Hasta que comenzó el fuego no la volvimos a ver”. La gerente de este centro, Yolanda Uría, explicaba ayer que les han acogido de forma gratuita y que desde el primer momento quisieron que todos pudieran permanecer juntos.

Todos menos una. Al parecer, la mujer a la que ahora señalan los implicados, de 62 años, tenía problemas psiquiátricos y había estado seis meses en la cárcel. Fue justo antes de ingresar en la residencia, según contó a sus compañeros. También lo sabían en el geriátrico desde el comienzo, puesto que una trabajadora social llamó para contárselo y solicitar la plaza, explica uno de los letrados de la residencia.  “Nunca nos dijo por qué la habían encerrado. Solo que ella no había hecho nada”, recuerda Garza. Actualmente la mujer se encuentra en un hospital bajo observación psiquiátrica, pero nadie entiende cómo pudieron ponerla a compartir casa con el resto de ancianos.

Se quedó sentada en un balancín mirando cómo ardía todo”, recuerda Carmen

Garza, que hoy lleva la misma bata de flores azules y fucsias que del día del incendio –el resto de la ropa, por mucho que la lave todavía huele a humo-, aún se despierta sobresaltada en plena noche y no puede volver a dormirse. Hoy es la Virgen del Carmen, el día que iban a preparar unos pasteles y a divertirse un poco con su amiga Jerónima, que perdió la vida en el incendio. Ella tenía alzheimer y llevaba en la residencia desde hacía seis años. Todavía reconocía a su familia y desde que tomaba la medicación estaba mucho mejor. Toda su vida había trabajado en la panadería que montó con su marido hace 56 años en María de Huerva -se quedó viuda en 1989- y que ahora regenta su hijo, Jaime Maisanova. Ayer, este explicó a EL PAÍS que pedirán responsabilidades penales a quien corresponda. "La residencia no estaba mal ni sucia, quizá un poco descuidada. Pero el problema es que había una mujer que no estaba bien y no debía estar ahí".

El jueves por la tarde los familiares de la propietaria del geriátrico calcinado recogían algunos objetos del viejo caserón y los metían en una furgoneta blanca. “Aquí no queda nada, ya lo ves. Y hasta que un juez lo diga, aquí no se puede acusar a nadie”, decía uno mientras se remitía a su abogado para más información. Seguía ahí el balancín con almohadones a rayas donde se sentó Carmen A. durante el incendio. Y algunos restos del incendio. La residencia, asegura su dueña, no volverá a abrir.

Centro sin licencia

El problema es que el centro, según señalaron el Ayuntamiento y la DGA, no debía estar funcionando el día del incendio. Carecía de licencia de actividad y permiso de apertura favorable por parte del Gobierno de Aragón debido a la reiteración de infracciones leves. Y según cuenta, al ser preguntada, la gerente de la residencia donde se encuentran los supervivientes ahora, estos no llegaron en las mejores condiciones posibles. “Una mujer tiene una úlcera que le ha dejado el hueso al aire”, explica. Más allá de la fatídica noche, también faltaron cortafuegos de la administración.

A la espera de que la investigación judicial determine las causas del incendio que mató a ocho personas, resulta difícil de comprender que una persona con los antecedentes de la sospechosa estuviese internada junto al resto de ancianos sin una atención especial. ¿Fallaron los controles? El abogado de los dueños del geriátrico Santa Fe asegura que la guía para tratar de una forma u otra a los pacientes la establece la prescripción que hace el médico de cabecera o los especialistas a los que haya derivado al paciente. Es decir, que los controles se rigen por el informe médico con el que llega la persona.

Según la misma fuente, que hubiera estado en la cárcel o sufriera una dolencia psiquiátrica no habría sido un problema si hubiera estado bien tratada médicamente. Si todo se hace bien, defiende, no son necesarios protocolos específicos de seguridad. Desde la residencia no se precisa si en ocasiones rechazan a internos con padecimientos psiquiátricos por no poder atenderlos adecuadamente o por considerar que no se puede garantizar la seguridad del resto de los residentes. La investigación y la justicia tendrán que determinar ahora qué sucedió en Santa Fe y quién es el responsable.

Alrededor de 270.000 personas mayores de 65 años viven en residencias de ancianos en España. El triple que en 2001. El negocio para empresas privadas ha crecido al mismo ritmo y la ocupación ronda el 80%. Sin embargo, en los útlimos años ha empezado a bajar debido a la crisis y las residencias pelean las unas con las otras por llenar sus plazas vacantes. Una habitación doble donde murieron el pasado sábado ocho personas costaba 1.000 euros más IVA cada mes, según la web que todavía funcionaba el viernes por la mañana. La triple, cien euros menos. No era de las más caras. Algunos, como Carmen Garza, están contentos y se sienten muy bien tratados en estos lugares. Pero según una encuesta del Imserso de 2010, el 87% preferiría vivir su casa. Aunque fuera en soledad.

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