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Cuando el agua mata

Desde junio han fallecido en piscinas o en ríos 14 niños, ocho de ellos en solo una semana

El ahogamiento es la segunda causa de accidente mortal tras el tráfico

Usuarios de la piscina del polideportivo de la Casa de Campo (Madrid), el pasado 28 de mayo.

David tenía 14 años y de mayor quería ser médico. No se cansaba de aprender, de ponerse a prueba y de superarse. Se entrenaba en kung-fu. Un día de casi verano, pegó un salto en el río y el agua se llevó sus sueños de adolescente. Murió el 7 de junio pasado en Pou Clar, una zona de baño del río Clariano, cerca de Ontinyent, una ciudad de unos 40.000 habitantes a una hora en coche de Valencia. Un corte de digestión mientras estaba nadando provocó, supuestamente, su ahogamiento. En lo que va de verano, desde junio hasta hoy, ya son 14 los menores de edad víctimas de este tipo de traumatismo no intencional.

En la misma franja de edad a la que pertenecían estas últimas víctimas, es decir hasta los 14 años, en 2010 y 2011 fallecieron ahogadas 31 y 23 personas respectivamente, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Al cobrarse alrededor de 450 vidas al año entre personas de todas las edades (461 en 2011 y 432 en 2010), el ahogamiento es, en España, la segunda causa de mortalidad en accidentes después de los siniestros de tráfico, afirma el director de la escuela de la Federación Española de Salvamento y Socorrismo (RFESS), Alberto García.

La mayoría de estos percances en menores no se producen en el mar, sino en las piscinas, sobre todo las privadas. No importa cómo sean de profundas, sino la edad del menor. “Los niños, sobre todo los que tienen menos de seis años, pueden ahogarse incluso en una cantidad mínima de agua”, asegura Fernando Panzino, coordinador de urgencias pediátricas del Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona.

“Era una piscina de estas de plástico, tenía como máximo 25 centímetros de agua”, relata Juan Antonio Miranda, alcalde de Campo Nubes, de unos 200 habitantes en la provincia de Córdoba. En el patio de la casa que fue del profesor del pueblo y que el Ayuntamiento prestó a una familia en situación de desamparo, encontraron el cuerpo de Noelia, una niña de apenas 17 meses. Flotaba boca abajo en su piscina hinchable.

No se puede dejar a los niños sin vigilancia en un espacio acuático

“La madre había subido a la primera planta a por una toalla, mientras que el padre había entrado en el salón, dejando a la niña en el patio con su hermana de tres años”, recuerda Miranda, quien aquel 2 de julio fue avisado de los hechos y se fue a la vivienda de Noelia.

Desde que conoció el resultado de la autopsia practicada al cuerpo de la niña —“muerte súbita”, afirma— Miranda dice estar convencido de que la pequeña no estaba jugando en la piscina cuando murió, sino que cayó en su interior de repente, tras un paro cardíaco.

Cualquiera que haya sido la dinámica exacta del siniestro, la falta de vigilancia por parte de los padres o de los tutores del menor es uno de los factores que multiplican el riesgo de que este sufra un accidente en el agua, según un estudio publicado en la revista Anales de pediatría en 2012. En el 80% de los 53 casos de menores atendidos con síntomas de ahogamiento en 21 hospitales españoles entre junio y septiembre de 2009 y de 2010, las personas que tenían a estos jóvenes a su cargo se habían ausentado o habían relajado la vigilancia.

“A los niños se les debe vigilar siempre, en cualquier lugar”, afirma Panzino, autor de este informe. A pesar de ser muy común, la costumbre de prestar menos atención a los niños cuando se tiran al agua en una piscina respecto a cuando lo hacen en el mar es un error, asegura este médico.

Un socorrista no puede supervisar a todos los bañistas en cada momento

Vallar las piscinas, también las privadas, para que los niños no puedan entrar, uniformando al mismo tiempo la legislación de las diferentes comunidades autónomas al respecto, es otra de las recomendaciones de este experto, junto con otras medidas que pueden reducir el riesgo, como aprender a nadar en una edad muy temprana y utilizar flotadores.

“Mi piscina tiene valla, pero los chicos abrieron la verja y entraron con una colchoneta”, recuerda Manuel García con tristeza. García es propietario de Vergilia, un complejo turístico de Cabra de Santo Cristo (Jaén), donde el pasado 30 de junio perdió la vida un niño de ocho años. “Cuando el accidente ocurrió, los padres estaban comiendo con la abuela del niño en el restaurante”, declara. “Pero no quiero acusar a nadie”.

En los seis días posteriores, fallecieron ahogados siete menores, tres de ellos en el mismo 5 de julio. El día 1, los padres de un niño de cuatro años de Godella (Valencia) dejaron a su hijo en la piscina del colegio privado Los Olivos. El pequeño nunca volvió a su casa. Sufrió lo que este centro de primaria ha calificado como “accidente”, a pesar de la presencia de dos monitores. “Si estaban allí, ¿por qué le ha pasado esto al chiquillo? Es una injusticia”, se desespera Esperanza Alcañiz, su abuela.

“No podemos dejar sin supervisión a un niño en un espacio acuático, por mucho que haya monitores. Es imposible que un socorrista vigile individualmente a todos los usuarios de una piscina en cada momento”, insiste García de la RFESS.

Si bien la gran mayoría de los últimos casos de ahogamiento de menores ocurrieron en piscinas —seis privadas y dos municipales— los baños o las caídas de menores en los ríos provocaron cinco víctimas. Dos de estos chicos se ahogaron en el Miño el 4 de junio: eran un niño de ocho años y su hermano de 12, quien se lanzó al río para rescatarle y cuyo cadáver fue encontrado el día siguiente. “La señalización de posibles riesgos en las zonas de baño fluviales deja bastante que desear”, admite García.

Joaquín Olcina, policía y uno de los entrenadores del club de kung-fu al que acudía David, el chico de 14 años que murió cerca de Ontinyent, recibió un aviso de emergencia sobre las doce del 7 de junio: un chaval se encontraba inconsciente en la orilla del río Clariano. Se fue a Pou Clar y se percató de que el joven que los médicos intentaban reanimar era David.

“Cuando llegó al club era agresivo, revoltoso, pero cambió muchísimo, hasta el punto de que le pedí dar clase a los más pequeños. Era un buen chico, amable”, no se cansa de repetir Salvador Albert, su maestro de kung-fu. “Quería aprender, quería ser médico”.

 

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