De generaciones
Da vergüenza tener que sostener que sigue habiendo clases sociales, pese a los intentos de simular que no existen
Últimamente, hablamos tanto de generaciones —y resulta que todos tenemos por lo menos una—. Quizá la culpa es de la democracia. Hubo tiempos en que solo per...
Últimamente, hablamos tanto de generaciones —y resulta que todos tenemos por lo menos una—. Quizá la culpa es de la democracia. Hubo tiempos en que solo pertenecían a una generación los que habían hecho algún mérito: hablábamos de la generación —de narradores y pintores— del 98, de la generación —de poetas— del 27, por ejemplo. Pero llegó el populismo y trajo generaciones para todos. Dicen que la precursora fue una periodista neoyorquina, Sylvia F. Porter, que notó, a principios de los cincuenta, que el Central Park rebosaba de nenes y entendió que eran el resultado de la euforia amable de la posguerra, cuando el Mundo Libre estaba en pleno boom de coches y neveras y bombas atómicas. Entonces se le ocurrió llamarlo baby boom, y el concepto fue un boom tamaño baño —recuerdo de unos días, como estos, en que Estados Unidos lo resolvía todo a fuerza de bombazos—.
Así, las personas nacidas entre 1946 y 1964 en los países ricos fueron boomers, y profundos entomólogos les dibujaron rasgos bien superficiales. Y cuando el negocio ya se acababa supieron rescatarlo: alguien inventó la generación X, que iba del 1965 al 80 y también tenía sus bemoles. Y después los mileniales (1981-1996), y después los centeniales o generación Y (1997-2012), y los que están naciendo ahora y los que nacerán: todos tienen su lugar en unos casilleros cronológicos que supuestamente los definen. Fue curioso ver cómo un verbo radicalmente activo —generar, engendrar— terminó en un sustantivo que define a personas sin más acción que la de haber nacido en tal o cual año, esfuerzo escaso.
Sorprende. Es difícil creer que alguien pueda pensar que un obrero de la construcción nacido en Cali en 2001, inmigrado a Alcobendas, tiene mucho en común con una banquerita nacida en Santander en el mismo 2001, a punto de terminar su tercer máster en Harvard. Los ejemplos son expresamente extremos: en el medio hay cientos de millones de personas que comparten fechas, quién sabe unas canciones, quizás algún héroe juvenil, unos peinados, un modo u otro de la desesperanza, tantas diferencias.
Pero volverlos generación es útil. Es el penúltimo intento de simular que no existen las clases sociales: de buscar otros recortes que reemplacen ese concepto que nos generó tantos disgustos, el muy degenerado. Es cierto que la clase obrera, la clase por excelencia, la que fundamentó los análisis de su explorador —un tal Karl Marx—, ya no tiene el peso que tuvo y es casi una pena: era cómodo adjudicarle la obligación y el privilegio de cambiar la historia.
La clase obrera occidental se fue disolviendo entre fábricas chinas y repartos en moto y ahora, con la dispersión de empleos y funciones, las clasificaciones se hacen más laboriosas. Pero, de todas formas, es más que obvio que sigue habiendo clases: me da hasta vergüencita tener que sostenerlo. Está muy claro que, aun si tú y tú a veces compartís músicas o modas o incluso alguna idea de la vida, todo es absolutamente diferente según si tu papá tiene en sus manos callos o millones, si has podido estudiar, si has nacido en las Tres Mil Viviendas de Sevilla o en la Concha de San Sebastián.
Pero si ese intento de agrupar a personas tan radicalmente diferentes según sus edades ya era un poco flufli, ahora se le agrega el de culpar a —la generación de— los mayores por las penurias de —la generación de— los jóvenes. Que si gastamos demasiado en sus pensiones, que si tantos viejos desequilibran la ecuación, que si tardan mucho en morirse y dejarnos el piso. Sí, es cierto que los dueños de los grandes bancos y corporaciones son más bien mayores, pero también eran mayores los 7.291, por ejemplo.
Las portaestandartes de esta tristeza argumental tienen un lema, digno del In hoc signo vinces o del No pasarán: “Viviremos peor que nuestros padres”, piten y repiten. Lo cual plantea por lo menos dos problemas. El primero es, claro, qué significa “vivir peor”. Duele decirlo pero hay sospechas de que consistiría en la dificultad de asegurarse un empleo para aburrirse durante el resto de sus vidas y, por lo tanto, no poder sacar una hipoteca para el piso ni cambiar el coche cuando huele. Vidas peores. Que las mujeres sean autónomas, los gais personas, las elecciones habituales, la energía solar, muchas escuelas laicas y las vidas 15 o 20 años más largas no parece pesar en sus evaluaciones. Así es la vida.
El otro problema es que, pobrecitos, un viejo malo y primitivo les diría que si quieren cosas salgan y peleen como tantos salimos y peleamos, que se junten con otros más allá de edades, más acá de clases y necesidades. “Somos una generación derrotada, que salió a las plazas para nada”, decía aquí mismo, hablando de unos días de hace 15 años, una de sus portavoces, Estefanía Molina. Yo no creo que lo sean. Me parece temprano para darse por vencidos, pero, aun si lo fueran, ¿no son un poco grandes para decir que la culpa es de papá y mamá?