López Obrador consolida su estrategia contra la oposición al nombrar exgobernadores del PRI como embajadores

Carlos Joaquín González, cuarto exdirigente estatal de un partido distinto al del Gobierno, designado como responsable del servicio exterior en Canadá

Carlos Joaquín González, entonces gobernador de Quintana Roo, con Andrés Manuel López Obrador, en 2018.
Carlos Joaquín González, entonces gobernador de Quintana Roo, con Andrés Manuel López Obrador, en 2018.Elizabeth Ruiz (Cuartoscuro)

El presidente del Gobierno ha propuesto al gobernador priista de Quintana Roo para embajador de Canadá. Carlos Joaquín González consolida así la tradición de Andrés Manuel López Obrador de situar en las legaciones internacionales a dirigentes de partidos políticos que no son el suyo. Este es el cuarto caso que se da en el sexenio, como si tratara de una estrategia política bien reflexionada. Los anteriores nombramientos fueron enfadando a la oposición, que veía cómo sus dirigentes de ayer eran mañana altos cargos del Gobierno morenista. Tan evidente se hizo la jugada que en conversaciones de pasillo, el PRI insinuaba que portarse bien, es decir, no estorbar a Morena en las elecciones, garantizaba un jugoso puesto al gobernador saliente.

El priista Quirino Ordaz fue enviado en marzo a la embajada mexicana en España, una vez concluida su gubernatura en Sinaloa. Le costó la expulsión de su partido. También priista, la que fuera gobernadora de Sonora, Claudia Paulovich, es desde enero de este año cónsul en Barcelona. Asimismo, el PRI respondió con la expulsión. Y la misma suerte corrió Miguel Aysa, que marchó como embajador de República Dominicana tras ser gobernador priista de Campeche.

Carlos Joaquín González visitó este lunes el Palacio Nacional, supuestamente para tratar asuntos de Hacienda, pero le vieron salir por la puerta por la que el presidente despide a sus visitas. Un día después, López Obrador confirmó que será su hombre en Canadá. González gobierna bajo las siglas del PRD, es decir, pertenece a la alianza de partidos forjada para competir contra Morena, un bloque opositor que el presidente mexicano agrieta con estos nombramientos.

Con la expulsión de Paulovich, a finales de junio, el PRI mandaba un mensaje inequívoco a los correligionarios que tuvieran la tentación de sucumbir a las diplomáticas propuestas del presidente. González llegó al Gobierno de Quintana Roo impulsado por el PRD y en alianza con el PAN. Ya no milita en el PRI, y aunque así fuera, el partido no amedrenta a nadie, sumido como está en una fenomenal crisis interna.

Los movimientos de López Obrador pueden ser desconcertantes para la oposición. Hace ahora un año, el presidente invitó a Antonio Echevarría a colaborar con el Gobierno federal en algún puesto entonces por determinar. “Toño”, como le llamaba, dejaba entonces la gubernatura de Nayarit, bajo las siglas del PAN, y el presidente alabó el trabajo desempeñado por el panista para pacificar uno de los Estados más violentos del país.

Mover las piezas del ajedrez exterior con fines de política interna no es algo propio de México -lo hacen muchos países en el mundo- ni solo de este Gobierno. “Se ha dado en todos los sexenios anteriores. Lo verdaderamente triste es que López Obrador prometió lo contrario”, dice Martha Bárcena, que inauguró el sexenio como embajadora en Estados Unidos. Diplomática de carrera, explica que es común que un colega de gobernanza que se vuelve un estorbo en casa, por la razón que sea, alcance ese retiro dorado en el exterior de la noche a la mañana. “O que se paguen favores políticos con esos nombramientos. Como si ser miembro del servicio exterior pudiera improvisarse, como si se pudiera aprender a ser embajador en tres meses”, dice Bárcena.

La diplomática aclara que estos recién llegados no tienen por qué ser malos embajadores, “dependerá de cada caso”, pero alguno quizá sí corrupto, porque otra de las razones del intercambio de favores es conseguir la impunidad: yo te ayudo en tu propósito político y tú me concedes un cargo que me libra de la justicia al menos por unos años. “En algunos casos solo hay que leer la prensa local, ¿verdad? Habría que probarlo, pero como se dice, si el río suena…”, apunta Bárcena.

En esos casos, ¿cómo reciben los países a estos políticos que no han sido precisamente diplomáticos en su anterior quehacer como gobernantes? “Bueno, España tardó en conceder el beneplácito, también hubo problemas en Panamá. A buen entendedor, pocas palabras bastan. Pero ninguno de los países tiene, finalmente, interés en alargar el conflicto. Después de todo es una práctica común en todo el mundo”, asegura Bárcena.

Los gestos del presidente López Obrador con dirigentes de otros partidos, sin embargo, no se compadecen con el día a día de su política, donde manifiesta un alejamiento de sus adversarios políticos del que estos se quejan. Por ejemplo, la dirigente panista de Chihuahua, Maru Campos, lamentó que ningún gobernador que no fuera de Morena hubiera recibido invitación al informe de Gobierno que leyó recientemente el presidente. Tampoco se reúne el inquilino del Palacio Nacional con los líderes de los partidos. Ni viaja al extranjero. Pero sí manda a esos países a priistas, lo que apunta a una estrategia de desgaste de la oposición. “Eso destroza la solidaridad interior de los partidos políticos, porque les desposeen de sus buenos cuadros, dado que fueron gobernadores”, sugiere Bárcena.

Castigos y premios. Así explica esta política la anterior embajadora mexicana en los Estados Unidos. “Hay países que pueden permitirse jugar de ese modo, y se lo comenté al presidente [López Obrador] en alguna ocasión. Porque se trata de países grandes, como Estados Unidos, con un servicio exterior donde los segundos y terceros niveles cuentan con gente muy preparada”. O quizá también pueden actuar así en países pequeños, sin gran trascendencia geopolítica. “Pero naciones como México, emergentes, de tamaño medio, que deben conservar una imagen, una seriedad en el extranjero, han de defender estas instituciones, asentarlas en méritos”, sostiene Bárcena, a quien le parece un despropósito nombrar a un joven filósofo, por más brillante que sea en su disciplina, como embajador en Rusia, cuando su carta de presentación diplomática, afirma, es “ser afín ideológicamente al presidente”. Como ocurrió en el caso de Eduardo Villegas, recientemente nombrado el más alto diplomático mexicano en Rusia.

Bárcena cree, finalmente, que el mensaje político que lanza el presidente con nombramientos arbitrarios es uno solo: “El único que manda soy yo, y no pasa nada”. La diplomática, ahora jubilada, se pregunta, sin embargo, qué papel está jugando el Senado en esta partida, cuando es en la Cámara alta donde se deben aprobar dichos nombramientos. Esa pregunta es de respuesta fácil: Morena tiene la mayoría.

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