La crisis del coronavirus

Dentro de los ensayos clínicos de CanSino en México: “Soy una rata de laboratorio, una parte necesaria para encontrar la vacuna”

Desde la pérdida de un familiar hasta la esperanza de acabar con la pandemia: cuatro voluntarios cuentan por qué participan en las pruebas de la empresa china contra el coronavirus

Un voluntario participa en un ensayo clínico de la vacuna de CanSino, en Oaxaca (México).
Un voluntario participa en un ensayo clínico de la vacuna de CanSino, en Oaxaca (México).JORGE LUIS PLATA / Reuters

Tras nueve meses de pandemia, la pregunta que intriga a millones de personas en el mundo es cuándo estará lista la vacuna contra el coronavirus. Aunque hay cientos de prototipos, solo un puñado ha llegado a la recta final de la fase de pruebas antes de que puedan comprarse y repartirse. México ha hecho una serie de convenios con laboratorios para ofrecer participantes que ayuden a superar el obstáculo de los ensayos clínicos y tener más posibilidades de asegurarse las dosis para inmunizar a 127 millones de habitantes. Entre 10.000 y 15.000 personas están llamadas a participar en los tests de la vacuna china de CanSino, en las que están depositadas gran parte de las esperanzas del país porque es la única entre el portafolio que se ha tanteado que solo necesita una aplicación: hasta 35 millones de mexicanos quedarían protegidos. Desde la pérdida de un ser querido hasta el deseo de recobrar la normalidad, cuatro voluntarios cuentan cómo es y por qué decidieron participar en los experimentos que pueden marcar el rumbo de los meses y años que vienen.

“Lo vi como una oportunidad para obtener la vacuna”

Cuando Denise Zavala vio que una amiga compartió los requisitos en un grupo de WhatsApp no lo pensó dos veces. “Me impulsó el deseo de estar protegida”, explica Zavala, una profesora de bachillerato de 32 años. “Consideré que iba a haber incertidumbre por las dosis que estén disponibles y lo vi como una oportunidad para obtener una vacuna por adelantado”. Menos de dos días después, el 10 de noviembre, un taxi pagado por la farmacéutica china ya la esperaba afuera de su casa en Oaxaca para llevarla a la clínica. El “sujeto 22”, el perfil que le asignaron, llegó a una sala amplia con pequeños cubículos y fue integrada a un grupo con una docena de personas que rondaban los 25 y los 35 años.

Lo primero que le pidieron fue una muestra de orina para asegurarse de que no estuviera embarazada. Uno de los requisitos más importantes, le dijeron, es que no se embarazara en los próximos cuatro meses. Los organizadores proyectaron después un vídeo sobre el ensayo: no les pedían ningún cuidado ni alimentación especial y les recalcaron que era un proceso estrictamente voluntario, no había ninguna obligación ni paga por medio. Firmó el consentimiento y después le hicieron un chequeo de rutina: su talla, peso, saturación de oxígeno, niveles de glucosa, ritmo cardíaco, presión y todos sus antecedentes médicos. Más adelante, le sacaron sangre para tener un primer parámetro de sus anticuerpos y comparar cómo evolucionaba en 29 días tras recibir la vacuna. Finalmente, vino el piquete.

“Lo que más me preocupaba era que me tocara un placebo, yo quería que me pusieran la vacuna”, agrega Zavala. Le dijeron que los efectos secundarios más comunes eran náuseas, dolor de cabeza, temperatura y molestias en el brazo por la inyección. Un día después solo sintió como si le fuera a dar una gripe, pero no tuvo ningún otro problema. “Esperaba que todos mis amigos se apuntaran como yo y luego me di cuenta de que fui la única, creo que eso te dice el recelo que tiene la gente sobre estas pruebas”, cuenta. Se prometió a todos los participantes que recibirían una vacuna si se aprobaba, aunque el seguimiento durará, al menos, un año.

“Mi madre me dijo que estaba loco”

Juan Ramón López recuerda la impotencia que sintió en los momentos más duros de la primera ola de la pandemia. Faltaban médicos en los hospitales y él, aún un estudiante de medicina de 19 años, no podía hacer nada para ayudar. “Te quieres dedicar a esto y es el momento en el que la humanidad necesita más a los doctores y no podía hacer nada”, narra. Poco después falleció su abuela, una de las más de 100.000 víctimas de la covid-19 en México. Vio su oportunidad para aportar en el ensayo que se hacía en Coahuila, contactó con una de las doctoras de su escuela que trabajaban en el proyecto y se convirtió en el primer voluntario de Saltillo.

A su familia no les pareció una buena idea. “Reaccionaron como todos los padres: mi madre me dijo que estaba loco y mi padre me corrió de la habitación”, relata entre risas. Sin embargo, al ver en las noticias que se trataba de la fase final del proyecto y que ya había sido probada en otros países accedieron. Su madre fue una de las testigos necesarias para inscribirse al procedimiento y le acompañó a inyectarse el pasado miércoles.

López recuerda que al llegar había pocos voluntarios. Lo que más le sorprendió de la explicación fue la medida de no tener relaciones sexuales sin protección para evitar contagiarse de VIH. Además, en el caso de embarazo, se desconoce qué efectos puede tener la vacuna en el feto. Asegura que no tuvo miedo durante el proceso, salvo cuando al día siguiente tuvo mareo y dolor en el brazo. “Me habían dicho que en el 10% de los casos había efectos secundarios leves como cuando te aplican la vacuna de la influenza”, dice con tranquilidad. Usó el termómetro que le regalaron para comprobar su temperatura y se tranquilizó. El dolor duró unos días y desapareció. “No estoy orgulloso de ser voluntario, tampoco hice la gran cosa. Soy solo una rata de laboratorio, una parte necesaria para encontrar la vacuna”, sentencia. “Se me dio la oportunidad y pensé que era mi momento para ayudar”.

“Me siento contenta, pero también tengo temor”

Ismael Pacheco Fernández se sacó la licencia de aviación comercial poco antes de la pandemia. Cuando buscaba trabajo, el coronavirus ya había mermado las aerolíneas y tuvo que quedarse desempleado en Guanajuato con su familia. “Decidí participar en el estudio porque varios conocidos han tenido esta enfermedad y al ver que ellos estaban mal, me motivé a buscar una solución porque ahorita no hago nada y quiero aportar algo”, expresa. Su madre, una médica jubilada de 55 años, decidió ser su testigo y acabó participando como voluntaria. “Me dio miedo, pero me dije que si ya es un laboratorio que está en fase 3 y es beneficioso, no pasaba nada”, recuerda Ana María Fernández, quien padece de hipertensión y diabetes.

Madre e hijo fueron a la clínica de Aguascalientes y les sorprendió que no hubiera más gente. “Me dijeron que esperaban alrededor de 1.000 voluntarios y solo llevaban 200 o 300 tras varias semanas de estudio”, cuenta Pacheco indignado. “Le diría a la gente que se animara, que no pasa nada. La vacuna ya está prácticamente lista”, asegura.

Su madre estaba asustada y le salió la presión alta, un impedimento para continuar en la prueba. “Fue por el temor a lo desconocido, pero un enfermero me dijo que comiera fruta y me calmé”, recuerda. Al terminar la inyección aguardaron en una sala durante 30 minutos, el tiempo necesario para vigilar si aparecen reacciones adversas. Pacheco empezó a sentir mareos, malestar en el cuerpo y sensación de falta de aire. “Nos contaron que el estudio es a ciegas y no saben a quién dan la vacuna y a quién es el placebo, pienso que a mí me pudo tocar la vacuna porque a los demás no les causó ningún efecto”, detalla.

Fernández insiste en que su carrera en Medicina no la motivó tanto como la decisión de su hijo de participar y espera que el estudio haya servido para algo. “Me siento bien contenta, pero también tengo temor. Tengo fe de que me haya tocado la vacuna y haya quedado protegida”, admite.

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